Decepción ciudadana // Tiempo de reforma electoral // Sistema caro // El fin de un capo
as respuestas a las preguntas ¿por qué hay que reformar el sistema electoral mexicano y qué necesidad hay? son muy fáciles: la política le falló a la gente.
Quien suponga que la reforma es un capricho con el que la presidentA Claudia Sheibaum pretende imponer su forma de observar una parte importante del quehacer político en el país, se equivoca rotundamente.
Y no sólo se trata del costo de cada elección, una de las más caras del mundo, no. Se trata también de un sistema corrompido que tampoco le sirve a la democracia y que mientras más tiempo tarde en su reforma, más difícil será modificarlo por el bien de la población.
Desde que se hicieron los cambios al sistema electoral en el periodo de José Woldenberg (1996-2003) a cargo del entonces Instituto Federal, el costo del conteo, a veces limpio de los votos, fue altísimo: el resto del sistema político perdió sus valores, en casi todos los casos –izquierda y derecha– y destruyó los pocos vínculos de los organismos partidistas con la población.
Si bien es cierto que nunca se tuvo plena confianza en los resultados de los comicios, también lo es que para conferirles alguna credibilidad se dejó en las cifras finales de la elección todo lo que al quehacer político correspondía.
Es decir: los organismos partidistas quedaron en el olvido. Todo se perdonaba si el resultado de una elección era aceptado por las mayorías; el proceso de pudrición del resto del sistema político se aceleró y el Poder Legislativo y los partidos que lo integran han sido sus principales víctimas. Para que eso sucediera un requisito sine qua non era poner en el mercado todo el proceso, salvo la elección presidencial.
A la venta, desde un cargo municipal hasta los gobiernos estatales, el viejo dicho de Carlos Hank González (“un político pobre es un pobre político)” describe, sin duda, los anhelos de quienes están en el juego. Ocupar un espacio en los organismos partidistas o en las cámaras legislativas no se debía ni se debe a la voluntad popular, sino al dinero que respalda las candidaturas. El país es lo menos importante.
Lo que quedó al final de todo ese proceso de pudrición es que hoy, en la escala de confianza de la ciudadanía, un policía y un político están al fondo de la tabla. Mantener la corrupción y la ruptura del sistema político cuesta, sólo en las elecciones, arriba de 36 mil millones de pesos, el tinglado, el que se contabiliza y el que no, mucho más, mientras el voto ciudadano no vale nada. ¿Quedan claros los porqués?
De pasadita
Ningún capo, por poderoso que sea, puede suponer que la muerte le llegará en libertad y por causas naturales. El Mencho murió como capo. La reacción del grupo que él formó ha sido al tamaño del poder que logró concentrar en una entidad que se niega, así lo dicen sus elecciones políticas, a considerar que es el momento para la transformación.
Jalisco y Guanajuato son entidades que puntean en el listado de muertes por violencia, pero también en Sinaloa hace aire, diría el personaje que gobierna aquella porción del país y que no entiende ni entenderá lo que la 4T significa.
Como se ve, la muerte de El Mencho no significa que terminó la violencia, por el contrario, la gente de García Harfuch, el Ejército, pero sobre todo las fuerzas locales de la justicia, tendrán que apretar tornillos, en todos los sentidos, para que el estallido que genera el quehacer de la justicia no dañe durante mucho tiempo a la población.
La autoridad federal debe tener en cuenta que el CJNG era la organización delictiva más poderosa del mundo –sin tomar en cuenta a la DEA, la CIA y la FBI, desde luego–, se tienen datos de su actuación en Estados Unidos, Europa, Ecuador, Asia, Oceanía y África.
Pero lo peligroso del organismo ahora es la herencia, quién o quiénes serán los herederos de la organización. La guerra entre las fracciones del cártel llenará de balas y terror a la entidad y desde luego al pueblo mágico de Tapalpa, un lugar que no mide más de cuatro kilómetros y no rebasa los 23 mil habitantes, donde moraba el capo, eso no debe permitirlo la autoridad. Jalisco no debe incendiarse. En fin, la historia no ha concluido, aguas.











