n los anales de la solidaridad entre México y Cuba guarda un especial recuerdo la visita del general Lázaro Cárdenas el 26 de julio de 1959. Las fotografías frente al capitolio habanero muestran de frente a la izquierda al michoacano y a su derecha al joven barbudo, comandante Fidel Castro. Sin embargo, como hemos escrito en La Jornada (2/02/2026), este episodio es uno de los varios que unieron al general mexicano con el hermano pueblo isleño.
En la columna de hace unas semanas evocamos el episodio ocurrido en la capital cubana, donde miles de personas se congregaron en el estadio de la cervecería La Polar para homenajear al pueblo mexicano en 1938, tras los hechos de la expropiación petrolera.
La imagen de un verano caribeño que atestiguó en el mes de junio aquel acto, hace comprensible que el mitin de saludo al pueblo mexicano se convocara a las nueve de la mañana. Según las cuentas festivas del órgano del Partido Socialista Popular, Hoy, se trató de una congregación de 70 mil cubanos que lograron recaudar miles de pesos, mismos que fueron enviados a México a fin de contribuir a la causa soberana. Más allá de ese acto que debe ser recordado y reivindicado en la actualidad, lo que llama poderosamente la atención es la profunda actualidad que los cubanos escucharon en la voz del general Cárdenas.
Aquel discurso vale la pena glosarlo, pues en breves líneas demarca con claridad y con sorprendente actualidad la situación en la que dos países han tenido que realizar sendas revoluciones para lograr su estatuto como naciones libres e independientes.
Cárdenas comenzó señalando los vínculos añejos entre ambas naciones: “La afinidad heroica de nuestras luchas de independencia, las fuentes comunes de cultura, las tradiciones sociales análogas y las mismas ansias de liberación y de progreso de nuestros pueblos, unidas a nuestra inolvidable gratitud para los grandes amigos de Cuba que compartieron con nosotros horas de tragedia popular”.
Pero aquella evocación no quedó ahí, pues reafirmó lo que hoy resulta tan vigente como en nuestros días: “Mutilada quedaría la autonomía política y espiritual de las repúblicas hispanoamericanas de no afirmarse un concepto de solidaridad entre sus pueblos, en la lucha por los ideales de reivindicación social”.
Pasó entonces el general a diagnosticar el estatuto de la política nacional revolucionaria en materia internacional: “Siempre hemos creído que nuestra revolución tiene un sentido humano, y no local, en cuanto significa, en el devenir histórico, la resolución de los problemas económicos que nos afectan en común a los pueblos de uno y otro continentes. Sabemos que cada nación tiene sus propias necesidades y que pueden ser distintos los caminos que sigan los pueblos para cumplir su destino, pero también sabemos que el amor a la justicia nos une y que juntos debemos defendernos contra toda posibilidad de imperialismo económico, político o moral, que quiera impedir o detener nuestro desarrollo como naciones celosas de su soberanía”.
Ese fue el paso para denunciar a la política imperialista: “Ante la amenaza constante que significa para las nuevas democracias de América la pretendida hegemonía de un sistema que, movido tan sólo por el afán de especulación y de lucro, desprecia todos los valores humanos y hace creer a unos cuantos privilegiados que son amos de las riquezas del orbe y árbitros de las instituciones sociales, se impone la unificación efectiva de todos los pueblos americanos”.
Finalmente delineo el sendero por el cual deberían de transcurrir los vínculos entre naciones, del cual debemos enfatizar su curiosa actualidad en relación con la denuncia de la guerra comercial y la necesidad de emprender procesos de industrialización: “Cumplamos celosamente las convenciones sobre No Intervención, sobre inviolabilidad territorial y sobre cooperación pacífica, y apresurémonos a estrechar las relaciones espirituales, económicas y políticas que ya nos unen. Desterremos las guerras de tarifas sin descuidar la industrialización de los productos regionales; busquemos el desarrollo de las comunicaciones que serán siempre de mutuo beneficio y estimulemos las inversiones que se identifican con el progreso de nuestros pueblos.”
Finalizó el discurso en un tono general, pero firme en su denuncia frente a los poderes imperiales: “en lugar de fronteras de odio, fomentemos una fuerte unión libre, a través de la solidaridad de todos los trabajadores y reprobemos, desde luego y sin reservas, el crimen expansionista de los enemigos de la libertad y de la soberanía de las naciones”.
Qué duda cabe, después de seguir la prosa ecuánime del general Cárdenas, de su indudable vitalidad, de su feroz actualidad y, sobre todo, de la necesidad de repasar los ejercicios históricos de soberanía no como arqueología de un mundo hoy inexistente, sino como inspiración para los combates del presente y el futuro. Como en algunos otros aspectos de la vida política, la firmeza en la defensa solidaria de la soberanía por parte de Cárdenas se presenta menos como un hecho del pasado y más como una lección que aguarda a ser comprendida para construir el porvenir.
* Investigador UAM y revista Memoria











