l pasado 14 de febrero, Marco Rubio, secretario de Estado estadunidense, asistió a la reunión anual de seguridad en Múnich, Alemania, donde expuso una visión clave sobre la política internacional contemporánea. Su discurso no sólo se centró en las relaciones exteriores de Estados Unidos, sino que también reflejó las crecientes tensiones globales y la necesidad de un enfoque coordinado para enfrentar los desafíos del siglo XXI. En un mundo marcado por una inestabilidad creciente y conflictos en diversas regiones, las palabras de Rubio resonaron con la urgencia de una respuesta colectiva y decidida.
Este discurso que por sí mismo y sus implicaciones es en materia internacional lectura obligatoria, es todavía más relevante justo en medio de realidades mundiales y en un contexto global, por decir lo menos, tenso y complejo.
Es un indicio muy interesante que la base de discusiones de política internacional recientes sean tres discursos pronunciados en el curso del último año. El primero lo dio JD Vance el año pasado, también en la conferencia de Múnich. El segundo, Mark Carney, en enero pasado en el Foro Económico de Davos, y este tercero, Marco Rubio hace apenas unos días.
Estos tres discursos son fundamentales para tratar de entender la compleja era que está en un proceso de redefinición y que cada parte interesada da pinceladas de sus propios intereses y nos indica cómo las potencias del orbe juegan y mueven sus piezas de ajedrez para tomar ventaja uno del otro en un dilema que nos afectará inevitablemente a todo el mundo.
No puedo soslayar y hacer notar que hay que entender que en la narrativa de Vance y Rubio, el común denominador de su narrativa es una idea de Occidente como faro del cristianismo en el mundo.
Si bien el discurso de Rubio en su tono y formas representa un aparente alivio diplomático por ser un discurso menos duro y extremo a los varios de su jefe Donald Trump y a los propios de Vance, no podemos dejar de observar que alude directamente en su discurso a Fukuyama, quien describe en su libro El fin de la historia y el último hombre, escrito en 1992, el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, donde los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en este tipo de batallas. Fukuyama trata de introducir un concepto político filosófico que supone que puede desarrollarse un sistema político, económico y social que constituiría el punto final de la evolución sociocultural de la humanidad y la forma final de gobierno humano. Fukuyama expone una polémica tesis: la historia, como lucha de ideologías, ha terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras el fin de la guerra fría.
Así, Rubio en su narrativa subraya que persiste una “profunda frialdad” estructural en la relación trasatlántica, y exige a Europa un mayor compromiso de defensa militar.
En su contexto, Rubio describe la desindustrialización y migración masiva adoptada por Europa después de la guerra como los dos síntomas centrales del fracaso del orden posguerra fría y es entonces que su discurso deja de ser sólo geopolítico y se convierte en una reinterpretación estructural del proyecto liberal de globalización. En síntesis, el liberalismo global produjo prosperidad agregada, pero erosionó la cohesión interna.
Sus palabras reflejan las realidades contemporáneas de la política internacional y la necesidad de un enfoque colaborativo para enfrentar las amenazas emergentes. A medida que el panorama global continúa evolucionando, es imperativo que las naciones trabajen unidas, no sólo para defender sus intereses, sino también para promover un orden mundial basado en principios de democracia, justicia y cooperación.
Éste no es un discurso más, es un documento que tiene que ser analizado más allá de estar o no de acuerdo con la nueva política internacional americana, ni como la de un secretario estadunidense que es obvio también le está hablando a los duros de su partido político, los republicanos, tiene que ser un referente de la redefinición de cómo Estados Unidos y Europa están debatiendo sus relaciones y por ende el impacto en las relaciones globales del mundo.











