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Debilidades del mercado laboral
“E

n enero se perdieron poco más de 8 mil puestos de trabajo registrados en el IMSS respecto a diciembre (…) Sin embargo, como suele ocurrir con el empleo formal, el análisis de fondo exige mirar más allá del dato general (…) En términos anuales, el empleo formal creció en casi 197 mil plazas, equivalente a una tasa de 0.9 por ciento. No es una cifra despreciable, pero sí claramente inferior a la observada en años de mayor dinamismo económico. El mensaje de fondo –subraya Quintana– es que el mercado laboral sigue creciendo, pero lo hace cada vez con mayor debilidad”. (Enrique Quintana, “Nuestro complejo mercado laboral: más que una caída”, El Financiero, 10/02/26).

Comparto con Enrique Quintana la afirmación de que el mercado laboral crece con gran debilidad pero, en mi opinión, más allá de los porcentajes “a ras de suelo” que regularmente se reportan, lo más grave es la desatención que, desde hace años, han tenido el empleo y su impulso por parte de los diferentes gobiernos. Estas insuficiencias, que sobre todo revelan indiferencias, han sido “pospuestas” gracias a la migración y el enorme crecimiento del trabajo informal y precario, deplorables opciones a las que se enfrentan cotidianamente los miles de jóvenes y adultos jóvenes que entran a un mercado laboral donde “la neta” es que no hay futuro.

Las élites gobernantes siguen sin asumir que la generación de empleos de calidad debe ser uno de los objetivos primordiales de todo proyecto económico contemporáneo o moderno. De hecho, debería concebírsele como uno de los pilares de una economía a la que se le reclama su pobre generación de empleos dignos. Se necesita implantar una estrategia económica y productiva que cambie a fondo las condiciones del trabajo, una política integral que, al tiempo que considere los potenciales de las regiones, sea respetuosa con el medio ambiente y su cuidado. Sólo así podremos empatar dinámicamente la economía con una sociedad ansiosa de buen empleo.

Es verdad que nuestro presente está marcado por coyunturas que juegan en contra de estrategias integrales que impulsen el crecimiento de la economía. Hablamos no sólo de las tensiones geopolíticas, medioambientales y tecnológicas que arrinconan la globalización tardía que sufrimos, sino de carencias estructurales profundas que se expresan en una escasa inversión para la infraestructura, en las violencias caóticas y asesinas desplegadas por los grupos criminales y la falta de claridad de las reglas y el ejercicio del estado de derecho. Para decirlo con otras palabras, la permanente expresión de la debilidad e insuficiencia de nuestras instituciones de gobernanza, desatendidas y golpeadas sin tregua.

Poner en el centro la creación de más empleos formales supone no sólo voluntad política del Estado, los partidos y el capital organizado, sino de que se despliegue una estrategia que se proponga explícitamente reorientar la política económica, mejorar sus desempeños y atender el dañado tejido productivo y las desigualdades regionales. De ser el caso, vuelve a reclamar centralidad una política fiscal que dé efectiva importancia a la inversión pública y la creación –y mantenimiento– de infraestructuras. Implica también afinar la coordinación de los instrumentos de la política económica –monetaria, financiera, comercial– e involucrar a las voluntades empresariales en la definición de los objetivos y el propio alcance de los mismos.

Se trataría, entonces, de convocar a un gran acuerdo nacional que ponga por delante recuperar y sostener el crecimiento económico y el impulso a estrategias dinámicas de creación de empleos de calidad. No pocos hemos insitido en la urgencia de contar con un programa nacional de inversiones, públicas y privadas, que contribuya a diseñar una eficaz e integral política industrial que cuente con los recursos suficientes, eficientes y transparentes. Y que mire a las regiones de México.

México necesita (re)pensarse, modificar su política económica y poner en el centro de su agenda la creación de empleos “con adjetivos” (formales, suficientes, bien pagados); entender que la cuestión fiscal no es un tabú, sino una herramienta de la economía política que permite al Estado planear y diversificar los ingresos y los gastos atendiendo las prioridades y los derechos consagrados en la Constitución.

Nota bene: un buen amigo y lector atento me hace ver que Gerardo Estrada ocupó la dirección del INBA, no su dirección de Literatura.