Trabajadores, estudiantes y “rebeldes” la fundaron hace 50 años
Desde Guanajuato, jóvenes llegaron a trabajar en la mina, a los que se sumaron integrantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Domingo 22 de febrero de 2026, p. 25
De un asentamiento de terracería, con chozas levantadas piedra sobre piedra y techos de cartón, emergió la colonia Cantera Puente de Piedra, en la alcaldía de Tlalpan, en la década de los 70 del siglo pasado. Un grupo de canteros “rebeldes” que limpió el terreno, marcó calles e hizo las viviendas se aferró al predio de lo que fue la minera a cielo abierto de donde se extraía la roca volcánica.
Estos jóvenes fueron parte de aquellos canteros que llegaron del estado de Guanajuato para dedicarse a la explotación de piedra y se juntaron con estudiantes de Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México para defender el predio, narra Miguel Ángel Salazar, vecino de la colonia.
Entre las brigadas de estudiantes de arquitectura los canteros se encontraron con integrantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, a quienes se sumaron. Así definieron el terreno, que todavía conserva un acantilado de piedra volcánica que marca el límite de la colonia con el Anillo Periférico, pero también es el muro de muchas de las viviendas que la conforman.
El nombre que adoptaron para la colonia es el recuerdo histórico de su origen, por la cantera que identificó a esta parte del sur de la Ciudad de México, que se formó de la lava arrojada por el Xitle. Puente de Piedra fue por el portal que aún conservan y que dividió a los trabajadores que extraían las rocas con los que manejaban los camiones, recuerda Miguel Salazar, quien también ha sido un activista en defensa de la comunidad.
Al Barrio de los compadres, como también se le conoció, llegaron a vivir familias de zonas marginadas de los asentamientos que se encontraban en los alrededores de los pedregales. Los lotes sólo se podían habitar si se trataba de personas vulnerables, porque a la par de la traza urbana empezó el acecho inmobiliario.
Sobrevivientes de la represión
De aquellos hombres de la Liga Comunista sobreviven tres; dos prefieren seguir en el anonimato, pero Víctor Manuel Mendoza cuenta lo sucedido en esa época de persecución que obligó a los habitantes originarios de la cantera a buscar refugio en otras partes del país.
El silencio que todavía mantienen quienes formaron parte de la Liga Comunista se debe al trauma que dejó la represión que llevó a Víctor y a otros más a estar presos en Lecumberri, algunos fueron liberados por la amnistía que lograron las madres del Comité Eureka en 1977, encabezadas por su fundadora, la fallecida Rosario Ibarra de Piedra.
Este episodio en la vida de los fundadores de la colonia marcó un periodo de invasiones y resistencia en defensa de las tierras que reclamaron ejidatarios de Santa Úrsula Coapa, políticos y hasta personas que recién llegaban.
Las canchas de fútbol llanero marcadas por los canteros se volvieron un símbolo de resistencia. El predio de 8 mil metros cuadrados que se ubica entre las calles Carrasco y Mecacalco ha sido motivo de disputas durante mas de tres décadas. “Llegaron a invadirlo Antorcha Campesina, priístas y el grupo de perredistas conocidos como Los Grimaldo, de Guillermo Sánchez Torres –delegado de Tlalpan de 2006 a 2009–”, sostiene Marisela Meneses, vecina y defensora activa de la comunidad.
La presión de todo tipo de desarrolladores inmobiliarios ha estado al acecho de los terrenos, que se ubican a 20 minutos del centro de Tlalpan, la pirámide de Cuicuilco, Ciudad Universitaria y el estadio Azteca.
Entre las empresas constructoras en busca de apropiarse del terreno los habitantes incluyen al Instituto de Vivienda, que en un momento trató de construir un proyecto; sin embargo, en la administración de la actual presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, en Tlalpan se hizo el compromiso de expropiar el predio para detener los conflictos.
El 1º de septiembre de 2023, en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México, se publicó el decreto de expropiación a favor del Instituto del Deporte y en beneficio de una comunidad que se resiste a desaparecer, como lo plasman la serie de murales que se hicieron en las bardas del terreno.












