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El inicio del CEPRO
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ace unos días, el ejemplar Ensamble del CEPROMUSIC que dirige José Luis Castillo, bastión inconmovible de la música contemporánea contra vientos huracanados y mareas procelosas, inició su temporada 2026 con un programa muy acorde a sus tendencias de programación y a su amplitud de miras. La selección de obras, tan atractiva como siempre, reflejó entre otras cosas la intención de señalar ciertas efemérides. Antes de mirar más de cerca las músicas del programa, un par de observaciones generales. Observación primera: aunque la Sala Ponce de Bellas Artes no es ni el más grande ni el mejor recinto para conciertos y recitales, siempre dará gusto particular mirarla muy llena, sobre todo para una sesión de música de hoy. Observación segunda: percibí en la conformación del ensamble una renovación casi total de sus miembros respecto a mi anterior contacto con el grupo. Por el momento, no sé si se trata de un recambio generacional lógico y estudiado, o si hay otras causas para ello.

A destacar en el programa, el recuerdo centenario del compositor estadunidense Morton Feldman (1926-1987), creador menos valorado de lo que su música merece. Sus Intermissions 1-3 para piano conforman una música aforística, disjunta y fugaz muy característica de algunas de sus constantes de estilo. De György Kurtág (2026), él sí vivamente centenario, su Hommage a R. Sch, para ensamble, en cuyo título hace referencia a Robert Schumann. Obra transparente que transita aquí y allá por inesperadas consonancias y que ofrece pinceladas de la influencia de Béla Bartók. Hay en esta pieza una sugestiva gama de intensidades expresivas y dinámicas que el compositor decora, literalmente, con un solitario toque de bombo.

Anagnórisis para corno solo, de María Hernández Villalobos está escrita con una orientación tímbrica evidente que pasa por el uso de variadas técnicas de producción sonora, incluyendo el bending de ciertas notas, el apagado de los sonidos, cambios de color a mitad de una frase musical, el empleo generoso del sonido del aire, el uso de la boquilla sola, la voz del cornista, todo ello cimentado en una intención estructural basada en retomar gestos, frases y motivos. De todo ello surge una obra en la que se percibe el equilibrio entre el sonido mismo y el cimiento formal.

La Suite efébica de Federico Ibarra está escrita para piano, celesta, flauta, fagot y violoncello. Partitura que se apega con fidelidad a ciertos rasgos importantes de la escritura del compositor, sobre todo sus elementos rítmicos y armónicos inconfundibles, y al imaginario fantasioso (subjetivo, si, pero presente) que suele caracterizar a mucha de su música. Con esta interpretación el CEPROMUSIC marca el aniversario 80 de Ibarra (1946).

Con motivo de sus 75 años, el Ensamble del CEPROMUSIC programó Lumbre 3, para violoncello solo, de Marcela Rodríguez (1951). Hay en la obra un bien equilibrado contraste entre pasajes vertiginosos y otros más contemplativos; en los episodios rápidos es posible percibir la presencia fugaz de referencias a expresiones populares que también habitan discretamente otras partituras de Rodríguez. (Favor de no leer aquí “nacionalismo”, porque no hay tal). El uso de las dobles cuerdas del violoncello llega a sugerir por momentos un diálogo de dos.

Para concluir en franco espíritu cíclico-conmemorativo, de nuevo Feldman, con Intersection 1 para ensamble mixto. De interés particular es el hecho de que Feldman haya elegido un ensamble grande para aludir a su parco y silencioso colega John Cage, a quien dedicó esta composición. Se trata de una pieza inserta cabalmente en la estética de su tiempo, en cuya escritura Feldman evade las complejidades superfluas y las rudezas sonoras innecesarias, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que se trata de una obra superficial o fácil. Con su diversificado ensamble, Feldman construye un contrastado discurso de colores, densidades y texturas, marcado por un bien distribuido uso de silencios, tensiones y distensiones.

Con su tradicional bonhomía y espíritu ligero, José Luis Castillo comentó que en este programa le tocaba dirigir poco, y así fue. Sin embargo, incluso en las obras sin director fue posible percibir su atenta mirada supervisora en la preparación de sus músicos. Al final del concierto reflexioné sobre mi escaso conocimiento de la obra de Morton Feldman, y me prometí remediarlo de manera drástica escuchando, para empezar, su Cuarteto No. 2. Dura solamente entre 4 y 6 horas, dependiendo…