spaña está de precampaña electoral. Bien mirado, el PP nunca dejó de estarlo. El encadenamiento de elecciones autonómicas en Extremadura, Castilla y León, Aragón y Andalucía, con el que esperaba plantarse a las puertas de unos comicios generales con el PSOE a dos metros bajo tierra, va a acabar con la derecha tradicional española atada de pies y manos por Vox, su alter ego en la extrema derecha. El fracaso es antológico, lo cual no quiere decir que el PSOE esté mejor.
El partido del presidente sale más debilitado de cada contienda autonómica y sólo el fiasco del PP logra disimular lo que en otras circunstancias sería una crisis monumental. A Pedro Sánchez le quedan los golpes de efecto en la arena internacional y el botón rojo del adelanto electoral. De aquí al otoño de 2027, él elige cuándo acudir a las urnas. No es poco.
A la izquierda del PSOE, el ambiente está sobrexcitado tras la inconcreta propuesta de unir a todas las izquierdas lanzada esta semana por Gabriel Rufián, diputado de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), y Emilio Delgado, parlamentario de Más Madrid (parte de Sumar), en la Asamblea autonómica. Pero antes de entrar en harina, quizá convenga repasar el panorama. Cuando se habla de la izquierda del PSOE cabe diferenciar entre dos grandes bloques: las fuerzas soberanistas progresistas de las naciones sin estado (EH Bildu en el País Vasco, ERC en Cataluña y BNG en Galicia, principalmente), y los partidos españoles de ámbito estatal (Sumar, Podemos e Izquierda Unida, básicamente).
Hechas las presentaciones, dos apuntes: primero: aunque desde Madrid se acostumbre a hablar del primer bloque como de las izquierdas periféricas, de periferia no tienen nada. Son partidos nacionales que se deben a sus respectivos pueblos. Eso no quita para que hayan sido fieles aliados a la hora de cerrar el paso a la extrema derecha. Mantener la identidad no es incompatible con comprometerse con una unidad de acción. Pero decir que en el Estado español hay “14 izquierdas defendiendo lo mismo”, como hizo Rufián, no es serio. Segundo apunte: en términos generales, a las fuerzas soberanistas les va bastante bien en sus respectivas naciones y tienen una alta expectativa de voto. EH Bildu, BNG y ERC ya optimizan su voto sin necesidad de aliarse con las izquierdas estatales.
Es más, hacerlo podría llegar a restar votos. Por ejemplo, en 2023, Sumar y ERC obtuvieron en Barcelona cinco y cuatro escaños, respectivamente, pero en el caso de que una renunciase en favor de la otra, cuesta creer que el trasvase fuera automático, porque hay votantes de Esquerra que elegirían otras opciones catalanistas antes que a Sumar, y viceversa.
Proponer alianzas electorales generalizadas puede tener sentido en un sistema uninominal como el francés –un representante por distrito–, pero no es inteligente en un sistema proporcional caprichoso como el español, en el que cada circunscripción elige a varios diputados, con premio para las provincias pequeñas del interior español.
Un escaño cuesta 13 mil votos en Teruel y 70 mil en Barcelona. El sistema electoral es el que es y hay que saber jugar con él. Es en estas circunscripciones pequeñas del interior donde la división penaliza sobremanera. Regalar la tercera posición a Vox allí donde se reparten tres diputados es una negligencia imperdonable.
Es ahí donde las izquierdas españolas, Sumar, Podemos e IU, deben resolver sus incomprensibles divisiones, sin cargar la responsabilidad sobre el resto. Porque el problema de la unidad es un problema eminentemente español, igual que el problema de Vox, electoralmente, es también un problema español, por mucho que sus éxitos los suframos todos. País Vasco, Galicia y Cataluña eligen a 94 parlamentarios, de los cuales sólo dos –por Barcelona– son de Vox.
Por otro lado, el acto de Rufián y Delgado también dejó muchas dudas en cuanto a la estrategia política elegida para hacer frente a la extrema derecha, confirmando, de paso, que del comentario ingenioso en las redes a la articulación de un discurso político sólido hay un buen trecho. Rufián y Delgado son dirigentes muy solventes en redes y tertulias, pero los formatos más extensos y reflexivos sacan a relucir sus carencias.
En particular, aunque se comprende la angustia de la que parte la propuesta –la amenaza real de un gobierno de PP y Vox–, resulta preocupante el discurso con el que pretenden hacerle frente. Porque subrayar una y otra vez que la culpa del auge de la extrema derecha es en gran medida de la izquierda, que se ha dejado robar banderas, no nos deja en un buen lugar para empezar a recuperar terreno. El problema no es decir, como dijo Rufián, que el burka vulnera los derechos de las mujeres, el problema es asumir que la conversación pública de todo un país debe versar sobre un fenómeno marginal. Igual que comprarle a la derecha el discurso sobre la supuesta inseguridad que se vive en muchos barrios difícilmente va a servir para birlarle la bandera de la seguridad, como intentó hacer Delgado. La ecuación es sencilla y tiene forma de tuit: no se puede robar aquello que se compra.












