Sábado 21 de febrero de 2026, p. a12
Hay obras musicales que desde sus primeras notas y conforme crecen, crean un ambiente, cambian el estado de ánimo del escucha, establecen un antes y un después. Son poderosas por sencillas, o al menos por su magia, el de parecer simples cuando en realidad son portentos de prodigio, elaboraciones elevadas, una manifestación humana de lo divino.
Estamos hablando de las Variaciones Goldberg, de Johann Sebastian Bach. Es una obra de esas que nos acompañarán lo que nos reste de vida, en especial con la versión más importante de las muchas existentes, más bien las versiones, porque el pianista canadiense Glenn Gould (1932-1982) las grabó dos veces, la primera cuando tenía 22 años, en 1956, y la segunda meses antes de morir, a los 82 años, en 1981.
Celebramos hoy los 70 años de la publicación de la versión primera.
Glenn Gould, uno de los héroes del Disquero, es un personaje de novela. Mucha tinta ha corrido a su alrededor, por su persona tan singular, tan excéntrica, pero sobre todo por su genio. Es considerado uno de los mejores pianistas de la historia.
El libro de Bruno Monsaingeon, titulado Glenn Gould: No, no soy en absoluto un excéntrico, publicado por la editorial Acantilado, es un retrato amable y muy divertido de las cualidades artísticas y personales de Gould, en el tono que más gustaba al pianista: la ironía, visible desde el mero título del libro.
Para comenzar, Monsaingeon, quien realizó varios filmes biográficos con Glenn Gould, recoge la máxima que explica la vida y el trabajo de Glenn Gould, guiado por la siguiente convicción: “El objetivo del arte es la construcción progresiva en el transcurso de una vida entera, de un estado de asombro y serenidad”.
Y testimonios también definitorios: “Algunas personas me consideran excéntrico porque llevo conmigo mi propia silla, porque uso guantes en pleno verano, porque remojo mis manos en agua caliente antes de un concierto y porque uso guantes de caucho para nadar”.
Y la explicación: “Si poseo mi propia silla ajustable es únicamente porque mi estilo de interpretación me obliga a sentarme más bajo que la mayoría de los pianistas, unos buenos 20 centímetros”.
Esa silla se la regaló, en un cumpleaños de infancia y empezaba a tentalear el piano, su padre. Debido a su intenso uso, era un bello vejestorio remendado con trapos, anudados en las roturas y articulaciones. El ruido que producía era estruendoso y forma parte de la música en los discos de Glenn Gould, en contrapunto a su costumbre de canturrear las notas mientras las extraía del teclado.
La grabación de las Variaciones Goldberg fue el debut discográfico de Gould. El trabajo le costó cuatro días de intensas sesiones en los estudios de Columbia Records, que reconocía su talento y toleraba sus excentricidades: además de llevar su sillita desvencijada, ponía junto a los micrófonos frascos con medicinas y pesados ropajes de invierno, en pleno verano, además de una palangana con agua muy caliente, donde sumergía las manos durante veinte minutos antes de cada sesión de trabajo.
Las Variaciones Goldberg son un conjunto de 30 variaciones contrapuntísticas que comienza y termina con un aria.
Esa aria es la que llevamos prendada en el corazón y prendida como una flama invisible sobre nuestras cabezas.
Hasta el día en que Glenn Gould memorizó esa partitura, la interpretó en público y la grabó en disco, es considerada un referente para los pianistas en todo el mundo.
Además de la altura sobre el teclado gracias al uso de su pequeña silla, Gould estableció muchas otras técnicas de interpretación que quedaron para la historia y aprendizaje de sus colegas y seguidores en el teclado. Entre ellas, una digitación envuelta en claridad de articulación, parecido a un “staccatissimo desatado”, altas velocidades y golpes de las yemas de los dedos que le enseñó su maestro de piano, el chileno Alberto Guerrero.
Esa técnica creada por el mentor chileno requiere tentaleos lentos de la mano que activa las teclas, que recibe golpecitos de las yemas de los dedos de la mano que está libre.
La intención del maestro Alberto Guerrero es lograr una economía de movimientos musculares que posibilitan precisión a velocidades altas. Como parte de su rigor profesional, Glenn Gould practicó esa técnica de toques en la mesa con las yemas de los dedos, con las 30 Variaciones Goldberg y sus dos arias, lo cual le tomó 32 horas de trabajo.
La versión primera que grabó Gould es más corta que las habituales debido a que decidió eliminar muchas de las repeticiones (cada Variación está integrada por dos partes, que se repiten), de manera que la duración de sus dos interpretaciones es distinta en extremo: la versión de 1955 dura 38 minutos con 34 segundos, mientras la que hizo en 1982 dura 51 minutos con 18 segundos, lo cual establece una diferencia abismal en términos de música: ¡13 minutos!
Como dato interesante, la grabación que hizo años más adelante, en 1999 Angela Hewitt, también canadiense, dura 78 minutos con 32 segundos. Una gloriosa eternidad.
Gould era un hombre muy culto. Leía durante las madrugadas a Kafka, Thomas Mann, Tolstoi, Dostoievsky…
Escribió un hermoso texto en la contraportada del disco de 1955. Elijo un pasaje donde define así las Variaciones Goldberg: “Estamos frente a una música que no tiene inicio ni final, tampoco posee clímax ni resolución. Es una música que, al igual que los amantes que describe Baudelaire, reposa ingrávida sobre las alas del viento loco, porque posee unidad que atraviesa la percepción intuitiva, nacida del oficio del escrutinio, un diseño desde el subconsciente exultante sobre un pináculo de gran potencia”.
Cuando tenía 31 años, Glenn Gould decidió apartarse del mundo. Se recluyó en los estudios de grabación, que hizo su casa, sabedor que el futuro de la música está en los discos, mientras él se había hastiado del salvajismo del público de las salas de conciertos, que tosen, hacen crujir celofán de caramelos, aplauden ruidosamente cuando la obra ni siquiera ha terminado y además eso de lidiar con los penares de traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto.
También, porque percibió el potencial de los discos en su mejoramiento cotidiano del sonido. Por eso, antes de morir, volvió a grabar las Variaciones Goldberg para estrenar la tecnología en sonido estereofónico pero sobre todo para describir el estado de su alma en una interpretación bellísima por lenta, serena, reflexiva, con un fraseo delicado y sin ornamentaciones y procurando encontrar las proporciones rítmicas que enlazan una Variación con la siguiente y el resultado es conmovedor, hermosamente poético.
Las proporciones áureas, las respiraciones de clepsidra, el ímpetu espiritual escanciado en un estado permanente de serenidad. El asombro frente a lo bello, lo bueno, lo humano.
He ahí, en las dos grabaciones de las Variaciones Goldberg que hizo al inicio y final de su vida profesional el pianista Glenn Gould, la consecución de su anhelo: “El objetivo del arte es la construcción progresiva en el transcurso de una vida entera, de un estado de asombro y serenidad”.












