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China: prosperidad compartida y horizonte multipolar
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ás allá de la arquitectura política y económica del modelo chino, su impacto se vuelve visible hoy en la vida cotidiana de millones de personas, fruto de un proceso histórico sin precedentes que ha transformado no sólo las ciudades y regiones, sino la manera en que la población experimenta la vida diaria.

Desde la movilidad urbana hasta el acceso a los servicios básicos de una vida tranquila y próspera, se percibe estabilidad y seguridad, lejos de las turbulencias políticas que caracterizan a Occidente, y se respira una atmósfera de calma y confianza que permite a la población desarrollarse con serenidad. El concepto de “prosperidad compartida”, creado y promovido por Xi Jinping, no es un eslogan, sino una política pública documentada en informes oficiales del Partido Comunista y en reportes del Centro de Investigación del Consejo de Estado. Esta política busca generar equidad y bienestar general a gran escala, con efectos visibles en la vida concreta de la población.

En 2021, Xi Jinping declaró erradicada la pobreza extrema en China, logro respaldado por el Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que describieron la reducción de más de 800 millones de casos de pobreza extrema como “el mayor logro de reducción de pobreza en la historia humana moderna”. Para dimensionar: equivale a casi el doble de la población de la Unión Europea.

También asombra la calidad de los servicios públicos, la digitalización total de los pagos, la limpieza de calles y parques nacionales, las estaciones de tren que parecen aeropuertos y la impresionante red ferroviaria de más de 50 mil kilómetros, que conecta más de 800 ciudades y moviliza diariamente a unos 16 millones de personas. Todo esto permite que los ciudadanos se beneficien simultáneamente del desarrollo económico y social, logrando estabilidad, bienestar y seguridad a gran escala.

Además, China mantiene niveles de criminalidad notablemente bajos, lo que contribuye a que la población pueda vivir sin miedo y participar activamente en la sociedad. Si pierdes un objeto en un taxi, regresará íntegro; si eres mujer, puedes caminar a cualquier hora sin temor; si eres anciano, el Estado protegerá tu salud mediante el seguro de vejez; si eres niño, tendrás nueve años de educación gratuita; si eres estudiante, podrás acceder a educación superior pública con costos mínimos. La mayoría de los ciudadanos son dueños de su vivienda y cuentan con cobertura universal de salud por apenas 300-400 yuanes al año, a diferencia de Estados Unidos, donde millones carecen de acceso a la salud pública y el sistema ha sido abandonado a su suerte. No se trata de un sistema perfecto, y hay muchos aspectos a mejorar. Existen temas controvertidos –vigilancia digital, libertad de prensa, gobernanza unipartidista–, pero, como decía Deng Xiaoping: “No importa si el gato es negro o blanco; lo importante es que cace ratones”. El fin es el bienestar colectivo: seguridad, educación, salud y prosperidad.

China vive una transformación tecnológica sin precedente: autopistas inteligentes, trenes de levitación magnética de supervelocidad, reactores capaces de reproducir soles artificiales para administrar energía limpia, supercomputadoras de nueva generación, redes satelitales de inteligencia artificial, granjas solares de escala continental, proyectos de ascensores espaciales, infraestructuras inteligentes y avances biomédicos que incluyen neuronas artificiales. Cada uno de estos avances no sólo transforma a China, sino que proyecta su influencia hacia el mundo, mostrando lo que una civilización en desarrollo puede lograr.

China ejerce su influencia principalmente mediante el poder blando, impulsado por la magnitud de su economía. Más de 140 países mantienen intercambios estrechos con China. Su vocación es pragmática: prioriza el desarrollo económico y evita intervenir políticamente más allá de sus fronteras. Prueba de ello es que mantiene una sola base militar en África, en contraste con las casi 800 instalaciones militares estadunidenses distribuidas por todo el mundo.

En América Latina, tal experiencia debería ser estudiada con rigor para identificar las políticas que han mejorado la vida de millones de personas y comprender las metodologías que han guiado el desarrollo chino contemporáneo. En ese gigante asiático hay un aprendizaje profundo sobre lo que puede lograrse cuando un país orienta su proyecto histórico hacia el bienestar colectivo. Este modelo muestra que es posible combinar crecimiento económico, estabilidad social y visión histórica, sin depender de hegemonías externas.

Hoy, el ejemplo de China abre al mundo la posibilidad de prosperidad compartida y clarifica la visión de una civilización multipolar. El tiempo de la hegemonía estadunidense comienza a desvanecerse. Este horizonte antes impensable permite reconciliarse con la idea de un nuevo proyecto de porvenir colectivo, que no remite a una utopía abstracta, sino a una realidad futurista para la humanidad.

* Creadora escénica, compositora y actriz