l régimen estadunidense está empeñado en situar a Cuba en la Edad de Piedra. El bloqueo, militar o arancelario, de las importaciones petroleras cubanas es devastador para cualquier economía, y más para la cubana, gravemente erosionada por décadas de embargo y de una agresividad imperial que se manifiesta en todos los terrenos. En esta circunstancia, la isla tiene una salida y sólo una: despetrolizar su sistema energético. Es un objetivo que parece irrealizable por su desmesura, por la escasez de recursos para consumarlo y por el poco tiempo disponible. Pero el país caribeño está a la altura del desafío; lo demostró a principios de los años 90 del siglo pasado, cuando el derrumbe de la Unión Soviética lo colocó en un escenario que parecía ser terminal y que, sin embargo, pudo ser superado a costa de enormes esfuerzos y sacrificios.
Ciertamente, la tarea titánica de remplazar los hidrocarburos como fuente principal y casi única de generación eléctrica para la red y como combustibles para la locomoción no puede hacerse en una semana, en un mes o en un año. Los tiempos (particularmente) duros serán de mediano y largo plazos. Se puede argumentar que el poner a la isla ante semejante operación es un chiste cruel. Pero la crueldad corresponde más bien a los halcones de Washington, con el secretario de Estado Marco Rubio a la cabeza, quienes se empeñan en imponer a las y los cubanos un castigo colectivo de esos que se catalogan como crimen de lesa humanidad.
De cualquier forma, no hay alternativa. Incluso si ocurriera en corto tiempo un colapso del trumpismo –escenario que no puede descartarse, por la brutalidad y la obscenidad de un poder mundial ejercido sin ningún contrapeso legal ni ético–, el sistema energético cubano seguiría dependiendo del exterior, porque en la isla no se han descubierto yacimientos petrolíferos significativos y aunque se encontraran, organizar su explotación tomaría muchos años. La transición energética es, pues, indispensable y acuciante.
Pero no hay que ver la necesidad sin la virtud: en Cuba están presentes en abundancia los factores que permiten generar energía sin hidrocarburos, como irradiación solar, corrientes de viento, yacimientos geotérmicos, corrientes submarinas, oleaje, biomasa y una cincuentena de ríos aprovechables para instalaciones microhidráulicas capaces de abastecer de electricidad a localidades ribereñas. Todo suma.
La red pública seguirá siendo indispensable, sin duda, y será necesario alimentarla con plantas de gran escala principalmente fotovoltaicas y eólicas; sin ello, todo lo demás sería meramente paliativo. Pero hay una infinidad de necesidades que pueden ser resueltas con generación distribuida, echando mano de los recursos disponibles en cada localidad para crear sistemas autónomos de generación. Los motores de combustión interna pueden ser modificados para que consuman 85 por ciento de etanol y sólo 15 por ciento de gasolina, a una pequeña fracción del costo de un vehículo eléctrico.
Para el resto del mundo, la situación cubana exige una colaboración activa y comprometida, no sólo por un elemental sentido de humanidad y como gesto de respaldo a la legalidad internacional, violentada por el gobierno de Estados Unidos, sino también porque lo que ocurre hoy en la isla ocurrirá, tarde o temprano, en todos los países, y sin necesidad de un Trump que corte de un machetazo el abasto de petróleo: los hidrocarburos se terminarán y existe el riesgo real y concreto de que algunas naciones no estén preparadas para enfrentar tal situación. Antes del plazo fatal, conforme se acerque la hora cero, los precios del crudo y del gas natural se irán a las nubes y las presiones geopolíticas por el control de los yacimientos se intensificarán. Países como Francia han avanzado mucho en su preparación para ese momento, con sus plantas de energía nuclear, pero en la mayor parte de África y América Latina la transición energética seguirá siendo una asignatura pendiente.
En el caso de México, con sus menguantes reservas de crudo, y en muchos otros, la situación cubana es un espejo en el que hay que mirarse. Las últimas décadas de disponibilidad de crudo deben ser aprovechadas para conseguir una diversificación energética basada en fuentes limpias y renovables y eso exige decisiones de Estado y planes para varios sexenios. La agresión imperial del momento exige acudir en ayuda de la isla. Por humanismo, por la necesidad de reafirmar la postura nacional de respeto a la soberanía y la autodeterminación y de promoción de la paz y la cooperación y porque entre los pueblos de Cuba y México hay vínculos históricos excepcionalmente largos, asentados y perdurables, hay que ayudar a la sociedad cubana a superar la amenaza existencial sobre su país que ha lanzado el trumpismo. Pero es también momento de emprender un esfuerzo sostenido y de gran escala para ir abandonando la quema de petróleo y gas como fuentes energéticas primarias.












