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Juan Muñoz dialoga en el Prado con Velázquez, Rubens y Goya

Las piezas del artista madrileño se colocaron en un espacio concedido sólo a Picasso o Alberto Giacometti

Corresponsal
Periódico La Jornada
Jueves 19 de febrero de 2026, p. 3

Madrid. El madrileño Juan Muñoz, un creador contemporáneo considerado uno de los escultores más importantes de las últimas dos décadas del siglo XX, irrumpió en el Museo del Prado, en una exposición en la que ponen a sus singulares y oníricas obras a dialogar con el trazo clásico y virtuoso de Velázquez, Rubens o Goya.

Muñoz, que nació en 1953 y murió en 2001, se dedicó buena parte de su vida a “releer” la historia del arte, con especial énfasis en el estudio de la relación conceptual con el arte y la arquitectura renacentista y barroca, en especial en sus apuntes sobre la perspectiva, la composición y la puesta en escena, de las que se convirtió a la postre en uno de sus grandes renovadores.

Muy rara vez el Museo del Prado abre sus salas a artistas contemporáneos. Lo ha hecho de forma excepcional con artistas como Pablo Picasso o Alberto Giacometti. Y ahora es Juan Muñoz el elegido, no sólo por su condición de madrileño y porque dedicó muchas horas de su vida a recorrer las salas de esta pinacoteca en busca de inspiración, aprendizaje y luz, sino también porque, con el paso del tiempo, su obra se ha convertido en una fuente de renovación y que, además, permite una relectura sobre la historia del arte.

De hecho, la exposición en el Museo del Prado se tituló Juan Muñoz: Historias de arte, en la que mediante más de 200 piezas, entre instalaciones, esculturas, libros personales, gabinetes con pequeñas figuras, dibujos y grabados, se hace un recorrido por su forma de entender la tradición del Renacimiento, el Barroco y el manierismo.

La muestra está diseminada por todo el edificio del museo, con una parte dedicada sólo a sus piezas, pero también con otros objetos que se instalaron casi como invasores furtivos en algunas de las grandes salas del museo, por ejemplo la galería central, en la que habita junto a Rubens, y en la mítica sala 12, donde se encuentran algunos de los cuadros más celebrados de Diego Velázquez, como Las meninas. Asimismo, en el exterior del museo, en el paseo que hay entre la puerta de Goya y la de los Jerónimos, se instalaron tres esculturas de gran formato que también se mimetizan con el inmueble y el jardín que lo protege ahora con árboles otoñales y los propios visitantes.

El curador de la exposición fue uno de los grandes expertos en la obra de Juan Muñoz, Vicente Todolí, director de la Tate Modern entre 2003 y 2010, y quien, además de ser el responsable de la elección de las piezas, también lo es de situarlas en un lugar estratégico; por ejemplo, obras emblemáticas de Juan Muñoz como The Prompter, Conversation Piece o The Nature of Visual Illusion, se muestran como figuras silenciosas que parecen observar al espectador desde un universo suspendido entre la ilusión y la realidad.

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▲ Instalaciones, esculturas, gabinetes con pequeñas figuras, dibujos y grabados de Juan Muñoz permiten distinguir su forma de entender la tradición del Renacimiento, el Barroco y el manierismo.Foto Armando G. Tejeda

La propuesta del recorrido estuvo condicionada, según palabras de Todolí, por “el ilusionismo, la teatralidad y la arquitectura como espacio de ficción”. Y siempre buscando la influencia que en su propia trayectoria tuvieron creadores como Borromini, Bernini, Velázquez y Goya. “Muñoz creó escenarios donde el espectador se convierte en actor, testigo y protagonista de escenas cargadas de tensión sicológica y misterio”, señaló el curador durante la presentación.

Según la versión de la muestra, Muñoz adoptó de los artistas del Renacimiento una de sus principales preocupaciones: cómo situar al espectador en relación con la totalidad de la obra, mientras del manierismo y el Barroco experimentó con la distorsión de las formas, la manipulación del espacio y la tensión entre espectador y objeto. “Aprendió de Borromini y Bernini a concebir la arquitectura como un marco teatral, capaz de provocar tanto la creencia como la desorientación. Él mismo decía: ‘a los grandes artistas del Barroco se les pedía lo mismo que a los artistas modernos: construir un lugar ficticio. Hacer el mundo más grande de lo que es’”, explicó Todolí.

Clásico y renovador

A lo largo de la muestra sus figuras a escala humana –dispuestas en relación unas con otras en escenarios íntimos o deambulando en grupos– se intercalan con los cuadros clásicos del museo; también aparecen congeladas en actos misteriosos o con la boca entreabierta, como si se hubieran quedado mudas a mitad de una frase.

“Los avatares de Muñoz evocan la escultura griega clásica a la vez que dialogan con los textos absurdistas y existencialistas de Borges y Beckett”, añadió su curador, quien advirtió que a mediados de los años 80 el artista incorporó suelos ópticos en sus instalaciones, evocando los de Borromini, pero también estructuras minimalistas a la manera de Carl Andre, concebidas para ser recorridas.

De ahí que la llegada de su obra al Museo del Prado se haya vivido como un acontecimiento histórico, ya que, en palabras de Todolí, “Muñoz fue un gran renovador que trascendió la estética de su tiempo. Los ecos de sus maestros más admirados, especialmente Velázquez y Goya, resuenan en toda su obra. Para el artista, el presente debe necesariamente relacionarse con el pasado, el arte nuevo debe enseñarnos algo sobre su tradición. Muñoz fue un contador de historias, un narrador cuyos relatos serían contados mediante obras llenas de silenciosas sugerencias, con las que jugó al desconcierto e invocó la historia del arte libremente”.

La exposición se mantendrá hasta el 8 de marzo.