Miércoles 18 de febrero de 2026, p. 5
Mal de río (Random House), la novela más reciente de Luisa Reyes Retana (Ciudad de México, 1979) es un relato que “flota en el aire”. La escritora nunca buscó una historia sobre la crisis ecológica ni el derecho –carrera que estudió, pero dejó de lado–; no obstante, con la escritura siente que los temas se le revelan, que sintoniza con ellos, gracias a cierta capacidad para “escuchar y tratar de percibir algo interesante de donde pueda jalar”.
Hace unos años, Reyes Retana acompañó a un equipo de artistas a un viaje que hicieron a Tenosique, ciudad ribereña en la cuenca del río Usumacinta, en Tabasco. No iba en plan de trabajar, sino de acompañar a su entonces pareja Emilio Chapela. Además de gustarle la experiencia, le sorprendió que “lo que imaginé y viví no estaban en el mismo registro”.
En el viaje conoció al activista Pedro Cervantes, quien le contó “las andanzas del activismo ribereño. Que habían intentado hacer presas muchas veces, pero que no había funcionado, por suerte, porque no se había podido. A partir de escuchar estas historias, me quedé encandilada con la brutalidad de lo que las presas son capaces de hacer”.
Tiempo después, Reyes Retana regresó a recorrer el río Grijalva –”hermano” del Usumacinta– y a conocer sus presas, “grandes obras de ingeniería”. Cervantes le compartió su carpeta de investigación, es decir, “todas las demandas que se habían puesto en contra de la posibilidad de las presas en el Usumacinta, las cartas y notas de periódico. Hice una fotocopia y así empezó la aventura”.
Respecto a esta sensación de leer un recuento de la realidad, la autora señala que “esto es lo más fascinante de las distopías, que se parecen tanto a como vivimos que nos cuesta trabajo pensar que no están por sucedernos en cualquier momento. A veces también es chocante pensar que sí hemos vivido en estas realidades. Me gusta mucho Margaret Atwood y le he aprendido mucho cómo copiar la realidad y llevarla a situaciones extremas en las que, me parece, casi siempre se confirman las reglas. Es decir, cuando las cosas están llegando al límite, éste se cruza y suele ser catastrófico”.
Ejemplifica: “Si pensamos en términos de consumo de energía, la humanidad va a requerir mucho más en los próximos cinco o 10 años que en los últimos 30, debido a la creciente demanda de servicios de la inteligencia artificial y de granjas de información que lo alimentan. Terminaremos con las energías fósiles, el petróleo. Evitamos hacer más presas porque sabemos que son muy dañinas para los ríos, pero, por otro lado, necesitamos más energía.
“¿Qué va a pasar? ¿Quién va a ganar? No quiero ni decirlo; sin embargo, por lo general la demanda de las necesidades humanas es la que tiene la voz cantante. El consumo es el que pone las reglas y lo demás se ajusta. En el caso del medio ambiente, este ajuste también significa un desgaste tal que podemos pronosticar una extinción, un final. Para mí, la palabra ‘muerte’ en muchos casos es sobredramatizar, aunque en muchos otros es exacta. Es la muerte de una forma de vida”.
–¿Mal de río también es una forma de protesta?
–Sí, claro. La escribí mucho desde la curiosidad, en alguna medida jurídica, porque en los últimos años me ha fascinado ver cómo nuestros derechos han incluido en sus derechohabientes a los ecosistemas. Cómo se ejercen estos derechos es muy complicado; no obstante, la simple concesión de que existe la vida y que merece protección, más allá de la especie humana, es un avance sustantivo para el derecho.
“Mucho era experimentar a quién favorece qué parte del derecho. También en qué medida los abogados, muchos legisladores, la gente que litiga, lo hace desde sus realidades y no tienen la posibilidad de enterarse a profundidad qué están haciendo, que es el caso de mi personaje Marcia, quien sabe lo que tiene que hacer para ganar. Claro que veo la novela como una protesta climática, pero también un reclamo al derecho mexicano”.
En Mal de río aparece el personaje Usuma, “una voz descolocada que representa al río. No sé si se puede decir que un río narra, pero lo intento, pues. Hay una experimentación literaria que disfruté mucho”.












