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György Kurtág, la belleza del instante
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▲ György Kurtág al piano, en una imagen tomada del sitio web de la Ópera de Viena
Periódico La Jornada
Sábado 14 de febrero de 2026, p. a12

En unos días más, el 19 de febrero, cumplirá 100 años de edad uno de los grandes compositores de la historia: el maestro György Kurtág, quien nació en 1926 en Transilvania, de padres húngaros, y construyó una de las más colosales producciones musicales, cuyo potencia radica en la brevedad que se vuelve monumental.

Es autor, por ejemplo, de una partitura mínima pero intensa: Flowers We Are, Mere Flowers, que consta de apenas siete notas y dura 31 segundos y contiene el latido de la humanidad entera, el transcurrir de la historia de la música, toda la poesía que se ha escrito y la que está por ocurrir.

La traducción del título de esa obra es, como ella misma, interminable: Somos flores, puras y simples flores. O bien: Flores somos, nada más que flores. Otra: Somos flores, nada más.

Cuesta imaginar que semejante homenaje a la belleza que se escapa en un suspiro pudiera partir de un hombre sumido en la enfermedad, la depresión, hundido en crisis mentales que venció así: durante su primera instancia en París conoció a la sicóloga Marianne Stein, especialista en enfermedades mentales relacionadas con la creación artística.

El diagnóstico fue inmediato y breve y el tratamiento también: tranquilo, señor Kurtág, le dijo la doctora Stein, lo que usted tiene no es grave, es completamente normal, la desesperación forma parte de la condición humana; mire –continuó la terapeuta– luego de una respiración lenta y honda, concéntrese en usted mismo, piense de manera simple y pura y no utilice elementos complicados, busque usted los más sencillos. Vaya, tan sencillo como lo siguiente: intente usted, señor Kurtág, ligar dos notas, una con la otra, solamente dos notas. Nada más.

Y fue así como surgió una revolución musical. Desde entonces, György Kurtág se concentró en lo breve de la abundancia. En lo breve por abundante. La vida es breve pero abundante: György Kurtág está por cumplir 100 años.

Estableció un nuevo orden de las cosas. Por ejemplo, el uso de la jerga técnica de los compositores lo convirtió en un divertimento y encontramos así indicaciones en sus partituras que tienen un significado poético al mismo tiempo que puramente técnico: “clusters of instants” son racimos de instantes mientras el término cluster refiere un racimo de notas que suenen al mismo tiempo, como un géiser al caer.

Lo suyo es el fragmento, la pavesa, el instante. En su obra lo mínimo no es nimio sino abundante, vasto. Un monumento en movimiento.

Los analistas suelen compararlo con Anton Webern (1883-1945), integrante, con Alban Berg y Arnold Schoenberg, del movimiento conocido como La Segunda Escuela de Viena y es autor de obras de brevedad extrema.

Ciertamente, György Kurtág mamó de las enseñanzas de esos maestros que hicieron su revolución en Viena pero también de autores inimaginables, desde Perotin, ese mago medieval que prefiguró el estilo polifónico, hasta el más salvaje de los varios Stravinsky, por sus distintas etapas creativas, pasando por supuesto por la Segunda Escuela de Viena pero también por Brahms y Schumann y Beethoven y Pierre Boulez.

El periodista musical Tom Service lo ubicó muy bien: la obra de Kurtág involucra la reducción de la música hasta el nivel del fragmento mínimo, el instante, con piezas o movimientos de obras que duran apenas unos segundos, o un minuto, a lo mucho dos minuto.

El ciclo de canciones para soprano y violín titulado Kafka Fragments, por ejemplo, dura 55 minutos pero está hecho de 40 movimientos pequeños, a partir de las libretas de Franz Kafka, citas de sus diarios, sus cartas, sus pensamientos.

Otra de las bondades de la música de György Kurtág es su inmenso amor por la literatura. Aprendió muchos idiomas para deleitarse con las obras originales. Estudió ruso para leer a Dostoievsky. En esa incursión se hizo experto en los grandes poetas rusos: Mijail Lermontov, Ana Ajmátova, Ossip Mandelstam, Marina Isvetaieva, Sergei Yesenin, Alexander Blok.

Ese amor por la poesía resultó en obras maestras de la música escritas por Kurtág, al igual que las Seven Songs a partir de textos de la gran poeta húngara Amy Karolyi, o su impresionante Requiem por un amigo, a partir de poemas del húngaro György Dalos.

También estudió griego antiguo para poner en sonidos textos de aquellas eras pero por mero placer, pues muchas de esas partituras siguen inéditas. Fueron ejercicios en busca del balance entre música y distintas formas literarias. Una búsqueda insaciable por la inmensidad del instante. Y por eso prefiere formas mínimas como el haikú, los aforismos, las máximas, poemas fragmentarios o incompletos, entradas de diarios, borradores de textos.

Ese amor por el misterio de la literatura lo llevó a escribir obras de larga duración y aliento, que le costaron penurias y desesperanzas (“antes de que me muera quisiera llegar a atrapar las palabras de Beckett en música”) hasta lograr eslabonar una nota con otra nota y nada más y luego hacerlas fluir en una novela río en su equivalencia musical. Uno de los resultados de esas tareas titánicas fue su ópera Fin de partie, basada en la obra de Samuel Beckett titulada Endgame.

Pero ese no fue el final del juego.

Gyorgy Kurtág encontró el placer de elaborar una nota con la siguiente de la manera más simple y trivial en apariencia. En 1973 comenzó a escribir sus “Elo-Játékok”, o Pre-Juegos que nacieron en cuadernos escritos para ser interpretados por niños y a manera de diario con la convicción de que los niños son los dueños de la libertad y tocan el piano sin temor a equivocarse y lo hacen siempre jugando. Así surgieron los majestuosos por breves Játékok, ó Juegos, que a lo largo de los años se convirtieron en ocho extensos tomos de obras muy breves que György Kurtág amaba interpretar con su mujer, Marta, sentados ambos en el mismo banco frente a un piano del que extraían todos los placeres humanos a cuatro manos.

Toda una poética de las formas breves. Microludios, les llamó Kurtág a estos micro juegos infantiles a partir de la convicción del compositor de que el piano en manos de un niño no es otra cosa que un juguete y producen notas que parecen incoherentes al principio pero adquieren un vaivén hipnótico brevísimo poseídos de intuición, magia e instinto.

Recomiendo con furor el disco titulado Gurták, Bach: Játékok, donde interpreta con su mujer muchas de esas piezas breves, empezando por la bellísima pieza titulada Flowers We Are, Mere Flowers y que tiene un subtítulo: con puntos suspensivos: … Embracing Sounds, sonidos que abrazan y abrasan en un instante que dura 31 segundos y que está hecho solamente con siete notas musicales.

Ese disco es toda una experiencia mágica, fascinante. Escuchamos, por ejemplo, agua, en oleajes, en vaivenes, en remolinos. Todo en instantes. Siempre breve el todo. Porque el todo es breve y lo breve lo es todo.

Escuchemos la música de György Kurtág. Alarguemos el instante. Permitamos que su música se abra y nos abrase, ábrase y nos abrace y nosotros abracemos entonces a este autor que en breve cumplirá 100 años.

Y eso que somos flores, nada más que flores.

X: @PabloEspinosaB

disquerolajornada@gmail.com