elipe Leal ha trabajado para conseguir y llegar a este artículo, que es todo un proceso que se ha repetido y que parte de la memoria, la percepción y el discernimiento.
La conmemoración de los 500 años de la tauromaquia en México se inscribe del 24 de junio de 1526 al 24 de junio de 2026, tomando de referencia histórica el suceso documentado en la Quinta carta de relación de Hernán Cortés, fechada el 3 de septiembre de 1526, en la que se relata que el 24 de junio, Día de San Juan: “se corrieron ciertos toros y hubo regocijos de cañas y otras fiestas...”
Por ello, el conmemorativo 2026 tiene de fecha simbólica central el 24 de junio; a lo largo de todo el año se llevarán a cabo actividades académicas, culturales, sociales y conmemorativas, que engalanarán los festejos taurinos.
A lo largo de cinco siglos, la tauromaquia se ha consolidado como expresión cultural compleja, mestiza y viva, resultado del encuentro de tradiciones europeas con cosmovisiones indígenas. No puede comprenderse como fenómeno aislado, sino como proceso histórico de larga duración que ha dialogado con todos los contextos sociales, políticos y culturales de México.
El toro de lidia se convirtió en el eje de la fiesta y en un símbolo cultural de fuerza, carácter y respeto a la naturaleza. Adaptado al territorio mexicano, dio origen a un linaje propio que forma parte de la economía rural, del paisaje y de la identidad del campo mexicano, así como de una tradición ganadera especializada que se mantiene viva y vigente.
La conmemoración de los 500 años no es un ejercicio de nostalgia, historia o pasado, ni de confrontación, sino un acto de memoria, libertad y responsabilidad cultural. Su propósito es estudiar, explicar, dialogar y proyectar la tauromaquia como un patrimonio cultural vivo, favoreciendo una comprensión amplia, informada y plural, tanto hacia el interior del mundo taurino como hacia la sociedad en su conjunto: todos los estados de la República Mexicana, sus ciudades y pueblos, comunidades indígenas, creencias religiosas, distintos estratos económicos y ciudadanos comprometidos con sus tradiciones religiosas, culturales y festivas.
Adentrarme en Freud coleccionista es para mí un encuentro sumamente emotivo en el que confluyen, entre tantas otras cosas, los recuerdos de mi vida como sicoanalista, el enigmático y misterioso encuentro con el sicoanálisis, así como la obligada marginación-exilio del sicoanalista del mundo de los objetos reales; matizada a su vez por la curiosidad y el asombro y la consternación que surgen al adentrarse e intentar profundizar en la parte artística y a la vez íntima de Freud.
Surgen entonces, y nos envuelven, evocaciones y recuerdos de lecturas particularmente deslumbrantes como El Quijote, ese recuerdo infantil de Leonardo da Vinci o el Moisés de Miguel Ángel que nos develan el museo imaginario de Freud. Escenario freudiano donde resuenan sus propias palabras cuando aludía a la semejanza entre la arqueología y el quehacer sicoanalítico; cuando, abriendo el alma a sus lectores, confesaba con entusiasmo su vocación de arqueólogo, rastreando con pasión y paciencia ejemplares las profundidades del inconsciente.
Adentrarse en el consultorio de Freud provoca en mí una emoción singular por la constancia en el espacio, en el aire, de un “algo” que apenas puede enunciarse; una sensación de sortilegio, de hechizo, de algo del pasado que intriga por completo; ya perdida la impronta febril, nos desliza dentro de una diafanidad de espejos, conservando una luz que nos conduce a decir: “¡Pero esto es verdad y asimismo no es!” Emoción que me recuerda las palabras de Freud al llegar, acompañado por su hermano, a la Acrópolis, envía una carta a Romain Rolland en la que pregunta: “¿Entonces todo esto existe efectivamente tal como aprendimos en la escuela?”












