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Adiós a Guillermo Monroy
A

diós a Guillermo Monroy. Ciento dos años ha robado al arte. Ciento dos años has dado una imagen extraordinaria a México, a nuestro México, con esfuerzos heroicos, no solamente como discípulo de Frida Kahlo, sino como muralista. Ciento dos años de los cuales tu casi hermano, Arturo Estrada, fue mano derecha también del gran Diego Rivera.

Te conocí de manera insólita en una de las fiestas que organizaba la juventud comunista y en la cual escuché, por primera vez en voz tuya y de tu hermanita, nada menos que la canción mexicana titulada La bruja. Te recuerdo aún sin barba, porque de tu barba habrá que hacer un artículo siempre. Ciertamente, en aquella ocasión tuve oportunidad de llenarme de orgullo conociendo a Rosaura Revueltas, aunque bajo la mirada explosiva de Diego Rivera, de cuya mesa había tenido yo la audacia de solicitar a la gran actriz que bailara conmigo.

Pasando el tiempo, Guillermo para honrar y combatir con la imagen de Ho Chi Min, dentro de las filas comunistas, fue dejándose crecer la barba hasta casi llegar a los pies. Él fue discípulo de Frida en la nombrada escuela La Esmeralda, a la cual llegaba en un momento de sus altibajos amorosos con Diego la gran artista, ahora de fama internacional.

Me es inolvidable, algo de lo más inolvidable de mi vida, aquel encuentro en la ciudad de Guanajuato que organizó el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, donde nos encontramos, yo, sin tanta barba, y Gerardo Cantú, además de Arturo García Bustos, el genial grabador del Taller de Gráfica Popular.

El tiempo y la distancia nos separaron y nos dieron caminos diferentes pero similares, en cuanto a la búsqueda de un arte combativo. Me perdí muchos momentos de combate con los pinceles como rifles y los colores como balas, y esto persiguiendo batallas cromáticas en las cuales la pólvora se convierte en rojo de cadmio, en verde, en azul, y los objetivos ya no son de mayor combate sino la búsqueda y la denuncia de la verdad.

Vemos en nuestra ruta que el muralismo mexicano es inmortal, que nada dejará de ser, de sumarse al patrimonio cultural de México.

Queden, para los que están acumulando años y esfuerzos para enriquecer este país maravilloso que es México, las nuevas armas y teorías, queden para todos aquellos que aún jóvenes tengan de su patria el amor de los grandes muralistas. Adiós, Guillermo Monroy, aunque sabemos que no te has ido, sino llegado al Parnaso de un México cada vez más democrático.

* Muralista