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Breve historia del lodo
L

a campaña de difamación contra Andrés Manuel López Obrador empezó en marzo de 2004, con los llamados videoescándalos, un montaje urdido por el logrero Carlos Ahumada bajo instrucciones de Diego Fernández de Cevallos y Carlos Salinas de Gortari que ya en fecha tan temprana pretendía dar una sepultura definitiva a la trayectoria del político tabasqueño. Siguió, sin solución de continuidad, con el intento de desafuero (2005) y con la intoxicación sistemática de la opinión pública que llevó a cabo en la campaña electoral de 2006: el “peligro para México”. En años más recientes, la reacción echó a andar un sitio de Internet denominado “Pejeleaks” que difundía mentiras calumniosas contra AMLO y su familia; Enrique Krauze y sus empleados echaron a andar la Operación Berlín para sembrar falsedades e incluso se propaló una versión fantástica sobre una imaginaria residencia de lujo en La Toscana, un fraccionamiento exclusivo de Las Lomas, que estaba conectada por un largo túnel subterráneo con el austero departamento de Copilco en el que López Obrador vivía por ese entonces. Algún opinionero de la reacción llegó a decir que el candidato presidencial de la coalición Hagamos Historia estaba financiado por Moscú, fantasía que él mismo respondió con humor aclarando que el loro de Moscú era un pájaro que vivía en su rancho de Palenque.

Las calumnias no han sido sólo en contra de la persona, sino también en contra del proyecto: tras el triunfo de 2018, del “seremos Venezuela” se pasó al “ya somos Venezuela” y en los entornos del partido más documentadamente embarrado con el narcotráfico, que es Acción Nacional, se urdió una expresión proyectiva: Morena, se dijo, había conformado un narcogobierno, y en los ámbitos del priísmo, generador de la más devastadora corrupción que ha padecido el país, se pretendió caracterizar como corrupta a la presidencia de AMLO y ahora, por mera inercia, a la de Claudia Sheinbaum.

En todos los casos, estas insidias caen por su propio peso: si las sociedades venezolana y cubana han sufrido dolorosas caídas en sus niveles de vida y de bienestar por efecto de la guerra económica de Washington en contra de los países respectivos, López Obrador y la actual Presidenta han equilibrado la defensa de la soberanía nacional con hábiles estrategias de negociación con los gringos a fin de evitar que la agresividad de la Casa Blanca provoque afectaciones económicas mayores en las que la población acabaría pagando el pato. Por otra parte, el primer sexenio de la Cuarta Transformación marcó el punto de inflexión de la hasta entonces creciente tendencia de la violencia delictiva y el paso de la “guerra contra la delincuencia” a la política de construcción de paz ha estado dando frutos. En el paroxismo del absurdo, la reacción vernácula pretendió esgrimir las frecuentes visitas de AMLO a Sinaloa como prueba de sus supuestos vínculos con el narco, cuando fueron, más bien, prueba de responsabilidad y convicción, puesto que era allí, uno de los epicentros de la descomposición generadora de criminalidad, en donde el Estado debía hacer acto de presencia con mayor énfasis. Por lo demás, las acusaciones de corrupción masiva son desmentidas de manera contundente por los billones de pesos que los gobiernos de la 4T han podido destinar a la construcción de obra pública y a los programas de bienestar, gracias a las políticas de combate a la corrupción y la evasión fiscal y a la austeridad de sus gobiernos. Esos recursos contrastan con la insignificancia de la obra de infraestructura y de acciones de bienestar de los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto.

Es en este contexto que se sitúa la abundante bibliografía antiobradorista, de la que son claros exponentes El rey del cash: El saqueo oculto del presidente y su equipo cercano (2022), de Elena Chávez, La historia secreta: AMLO y el cártel de Sinaloa (2024), de Anabel Hernández y, más recientemente, Ni venganza ni perdón (2026), de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez. Desmentir de manera puntual y exhaustiva el contenido de esos libelos exigiría un espacio y un tiempo equivalentes a los que sus autores invirtieron en escribirlos, es decir, sería una deplorable pérdida de tinta y tiempo, innecesaria por cuanto todos ellos exhiben una ausencia elemental: la de las pruebas. Independientemente de las motivaciones personales tras la elaboración de cada uno de esos textos –lo que tampoco viene mucho al caso– y de otros por el estilo, es pertinente, en cambio, ver el contexto que los hermana: una guerra de lodo que viene de muy atrás y que el año pasado y el actual ha ganado momento, articulación y masividad por el avance de la ultraderecha en el mundo, impulsada desde Washington, Buenos Aires y Madrid, y del que la reacción antimexicana se ha colgado como cabús. Véase, si no, el ruido mediático, muy lodoso también, del que han ido acompañadas las presentaciones en sociedad de esas bombas de lodo.