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Una sensibilidad subterránea
N

unca se sabrá qué fue más humillante para la cerda de Falisiere, si la pena de muerte que se le decretó por un crimen no del todo explicado o el hecho de que la hayan llevado al cadalso vestida con ropajes humanos. En 1386, en la localidad de Falisiere, un pequeño poblado situado en la baja Normandía, se escenificó un juicio contra una cerda acusada de atacar a un niño. Durante nueve días de deliberaciones, con la cerda siempre presente escuchando el juicio (se desconocen los argumentos de la defensa, por ejemplo, si actuó en defensa propia frente a una amenaza circundante), fue condenada a morir en una ejecución pública. Para ello, se le vistió con ropas de un ser humano y la pena sumaria se llevó a cabo frente a un centenar de cerdos con el fin de que “aprendieran la lección”.

Algo similar aconteció con el misterioso huevo que puso un gallo. En 1474, en la ciudad de Basilea, un gallo fue procesado penalmente por haber cometido el “inusual crimen” de poner un huevo. Se temía que del huevo naciera una criatura con “dudosas intenciones”. La nueva historiografía ecológica ha encontrado que varios papas excomulgaron a plagas enteras para obligarlas a que abandonaran ciertas regiones. Hacia 1510, el abogado Barthélemy de Chasseneuz se hizo célebre por la defensa de un grupo de ratas a las que un juez local acusó de la destrucción de las cosechas de Autun. Su argumento fue que los animalitos no lograron “asistir al juicio porque los caminos estaban llenos de gatos y temían por sus vidas”.

Estos juicios muestran, por paradójico que parezca, que –al menos hasta mediados del siglo XVI– los animales eran vistos (y tratados) como sujetos morales, es decir, con capacidad de juicio. Y en la época, un sujeto sólo podía ser considerado en tanto que moral si era percibido como criatura de Dios dotada de alma. Todo esto acontecía en los dos siglos posteriores a la teología animal divulgada por Francisco de Asís. Lo esencial de esta teología, según Giorgio Agamben, ligada al voto de altísima pobreza, no era que buscaba un lugar en el derecho canónigo, sino un nuevo pacto anímico entre los animales y los seres humanos, el cual integrara a ambos bajo el manto de una empatía compartida, sobre todo para contener la creciente brutalidad de los segundos sobre los primeros.

Hacia fines del siglo XVI, con el crecimiento de las ciudades renacentistas y la consiguiente proliferación de centros de devastación y matanza animal, este pacto anímico medieval acabó por diluirse. Vista con cierto detenimiento, la obra de Thomas Hobbes está dedicada a legitimar esta ruptura. El Leviatán, la metáfora animal del Estado, es un dispositivo artificial y, por ello, insensible. En realidad, Hobbes no negó a los animales la “capacidad de sentir”, les canceló figurativamente la posibilidad de establecer contratos con los seres humanos y, por ende, de ser considerados sujetos morales.

El propósito de esta cancelación residió en coartar toda forma de empatía con el mundo animal y transformar al ser humano en el soberano absoluto sobre la naturaleza, es decir, quien decide sobre la vida y la muerte de todos los seres que la constituyen. A partir de Hobbes, el concepto de lo animal devendría en el de la bestia, abriendo así el camino para su devastación moderna. Hoy sabemos que el “contrato anímico” de un perro o un gato que forma parte de una familia humana suele ser más duradero, integral e incondicional que el que pueden establecer los humanos entre sí.

Hay una realidad que ha cambiado. Es microfísica, íntima y particular. En las urbes actuales, millones de familias e individuos han retornado al “pacto anímico” con el orden animal. Es un retorno apenas susceptible, casero y subterráneo, se podría decir. Los animales han vuelto a convertirse en sostén emocional y tranquilizador, que contiene la angustia de la marcha de la individualización. Perros, gatos, tortugas, peces, pájaros, hasta iguanas, se han transformado en una personal contención de la nueva soledad, la que se está forjando en los abismos de la seducción digital. La pregunta es si esta revolución capilar y subterránea ha devenido en la fábrica de una nueva sensibilidad social.

Un acontecimiento que nos hace pensar en ello es el triunfo (todavía no del todo logrado) de los franciscanitos sobre la intención de las fraccionadoras de terrenos y el Gobierno de la Ciudad de México de llevarlos a la desaparición, cuando no a su liquidación.

Lo que asombra en el movimiento social y, sobre todo, moral que se inició el 11 de diciembre para protestar por el súbito traslado de centenares de animalitos a tres seudorrefugios, con las inclemencias que esto acarreaba, es la velocidad con que la opinión pública logró impedir que una fuerza tan abrumadora como la que representan las fraccionadoras de terrenos sembrara sus negocios sobre la devastación de cientos de seres que habían encontrado un resguardo en el Refugio Franciscano. No imagino ningún otro tipo de frente social capaz de lograr esos resultados.