uchos años después, un hombre viejo y ciego lo soñó en América. Aficionado a esa magia menor que es la poesía decidió dedicarle, hacia el final de su vida, uno de los versos que serían su testamento.
Esa noche dejó escrito en su memoria, que el lobo de su sueño era “una sombra que está sola y que busca a la hembra y siente frío”. Era el último lobo de Inglaterra que fue cazado en el reino de Enrique VII hacia el año 1500. De nada sirvió a la fiera ese futuro sueño del poeta. Lo cercaron los hombres para matarlo a hierro.
Borges no imaginó que esa persecución monstruosa contra los lobos alcanzaría a América. Otros hombres en este continente, como los reyes sajones, sólo vieron una de las dos caras del lobo. No la de la loba que alimentó a Rómulo y Remo después de rescatarlos del río Tíber, sino la de la bestia feroz de Caperucita roja: ese cuento de hadas sin hadas recogido por Perrault y los hermanos Grimm, y multiplicado por el cine, el teatro y los cómics. La encarnación del mal.
Los lobos en México han sido cazados con la misma ferocidad que los sajones referidos por el poeta argentino.
En los años 40, México y Estados Unidos implementaron campañas de exterminio de estos animales en nombre del progreso que medían en el número de cabezas de ganado. Se valieron de venenos, trampas y fomentando la caza de manera impresionante. Ofrecían recompensas por lobo muerto. En Estados Unidos lograron exterminarlos y en los años 70 sólo quedaron unos cuantos ejemplares en nuestro país.
El biólogo Óscar Moctezuma, director del Comité para la Conservación de Especies Silvestres, refiere que prácticamente desde la Colonia se combatió al lobo. Se invadió su hábitat con ganado y se le cazó sistemáticamente. Pero fuertes y astutos lograron sobrevivir hasta mediados del siglo pasado, cuando “se sintetizó un nuevo veneno conocido como el 10-80”. Una formula prácticamente indetectable: no tenía aroma, color ni sabor y era sumamente letal.
Y fue por esa persecución masiva cercana a la extinción que un grupo de biólogos decidió rescatar la especie. En la década de 1970 se estimó que en México no quedaban más de 50 lobos repartidos entre Durango, Sonora y Zacatecas. Afortunadamente, un grupo de conservación en Estados Unidos presionó a su gobierno para que incluyeran al lobo mexicano como especie en peligro, pero al carecer de lobos pidieron al gobierno mexicano permiso para capturar algunos. La recuperación fue un éxito. Repoblaron con lobos mexicanos Nuevo México y Arizona, donde siguen vivos.
En México, en cambio, terminó por desaparecer. Sólo quedaron unos cuantos en cautiverio. Dos murieron por deshidratación en el zoológico de Hermosillo, otros más en los zoológicos de Aragón y de Chapultepec. Moctezuma y otros biólogos, investigadores y conservacionistas decidieron recuperar al lobo mexicano… en México. Pidieron algunas parejas a sus homólogos estadunidense y después de varios años de estudio y cuidados pudieron liberar seis parejas en Sonora, en una zona de reserva.
En unos cuantos meses los lobos fueron envenenados o muertos a tiros... en una zona “protegida”. No se investigó nada y a nadie se sancionó. La lección fue clara: se pueden matar animales en peligro de extinción en una reserva natural protegida sin consecuencias.
Afortunadamente, el convenio binacional México Estados Unidos establecido en 1999 continúa. Hace unos días, en el contexto de ese acuerdo, la Secretaría del Medio Ambiente del estado de México concretó el traslado de cuatro ejemplares de lobos desde Timilpan hasta el Museo del Desierto, en Saltillo, Coahuila, como parte del proyecto.
El coordinador del parque de Zacango dio a conocer el pasado 7 de febrero que sólo existen en el mundo 600 ejemplares, por lo que se requieren estrategias científicas y colaborativas para lograr su supervivencia. La idea es preliberarlos y reintroducirlos en su hábitat natural.
¿Sobrevivirán estos lobos mexicanos en México o seguiremos importándolos de Estados Unidos para hacerlos morir a tiros o envenenados? Si los más de mil perros franciscanos con la gran atención mediática que han tenido no han logrado sobrevivir a su “resguardo” gubernamental y han estado muriendo, ¿quién dará cuenta de esos cuatro lobos que habrán de liberase en el futuro?
¿Se impondrán los estigmas y falsas creencias medievales? Quedarán condenados a sobrevivir como registro fotográfico, motivo de óleos, series y películas de hombres lobos? ¿Los recordaremos únicamente en el monumental lobo Fenrir que devoró a Odín en un tiempo mítico en el que se abandonaron las lealtades y las leyes, y cuyo acto anticipó el fin del mundo? ¿Sólo vivirán como el lobo forastero de Caperucita roja, depredador de los márgenes del bosque que prueba la virtud de la comunidad a decir de Marina Werner? ¿Nos contentaremos con encontrar en su astucia predatoria el impulso sexual que lo hizo meterse en la cama de la abuela? ¿ O nos habremos de conformar con percibir el instinto salvaje del animal que vislumbró Herman Hesse en El lobo estepario?
Qué triste será sólo encontrarlo en uno de los últimos endecasílabos de Borges que lo atraparon furtivo y gris en la penumbra última o en las sonoridades de Rubén Darío en Los motivos del lobo, donde el poeta nos hizo ver en el remoto año de 1913, poco antes de morir, que el cruel depredador somos nosotros y no el lobo que terminaremos por extinguir.












