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Longevidad y creatividad
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odo parece indicar que existe una conexión entre longevidad y creatividad, y para ello procedo a citar casos concretos. El primero que salta a la vista es el de ese monstruo llamado Edgar Morin, que hoy tiene 104 años. Nació el 8 de julio de 1921 y ha publicado 102 obras, de las cuales 17, que incluyen diálogos, rediciones y nuevos libros, aparecieron en los últimos cuatro años. Ha recibido 14 premios internacionales y 26 doctorados honoris causa en 15 países. Sus dos libros más leídos son Introducción al pensamiento complejo y Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.

Conocí a Morin en 1971. Había ofrecido una conferencia en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México y, de manera inexplicable, nadie se acercó a dialogar con él. Platicamos muy brevemente y yo le obsequié mi ensayo “La evolución: un juego existencial”, que acababa de publicarse en la revista Biología (1: 20-24). El artículo describía una plataforma inclinada en la que se dejaban ir canicas (simulando organismos) que debían evadir varios hoyos colocados al azar (la selección natural). El concepto, que mi intuición juvenil convirtió en un juego de mesa, se volvió al paso del tiempo un tema clave y de mucha controversia.

De acuerdo con la inteligencia artificial, “... la evolución, entendida como un juego existencial, combina los principios biológicos de la supervivencia con la incertidumbre filosófica y la toma de decisiones estratégicas. Esta perspectiva abarca desde la teoría de juegos evolutiva –que modela cómo las estrategias biológicas compiten por la supervivencia– hasta una visión existencialista de la vida como un conjunto de apuestas valientes, aleatorias y continua”. Hoy existen juegos que simulan lo anterior como Spore, Ancestors y Evolution Survival. Spore, por ejemplo, ofrece 14 videojuegos de simulación de vida y estrategia para Apple Macintosh y Microsoft Windows; fue desarrollado por Maxis y diseñado por Will Wright. Simula la evolución de una especie desde las etapas más primitivas, hasta la colonización de la galaxia por parte del ser evolucionado.

Además de Morin, otros casos son el de Elena Poniatowska, que sigue superactiva a sus 93 años; Ervin László (93 años), húngaro, formidable filósofo de la ciencia empeñado en construir una nueva teoría general de la evolución y, además, pianista clásico. Mi muy querida maestra Margo Glantz, con quien sigo en contacto y quien me dio clases a mis 18 años, alcanzó ya los 95 años. Noam Chomsky, lingüista, filósofo, politólogo, intelectual y activista estadunidense, alcanzará en unos días los 97 años. Bertrand Russell (1872-1970), el aguerrido filósofo, matemático, lógico y escritor británico, ganador del Premio Nobel de Literatura, vivió 98 años. El francés Claude Lévi-Strauss (1908-2009), una de las grandes figuras de la antropología mundial en la segunda mitad del siglo XX, llegó a 101 años.

Por su parte, James Lovelock (1919-2022) fue un médico, meteorólogo, escritor, inventor, químico atmosférico y ambientalista inglés famoso por la hipótesis Gaia, que visualiza a la Tierra como un sistema autorregulado; vivió 103 años. La máxima edad la alcanza Pere Quintana, farmacéutico catalán con 109 años. En el caso de los artistas, tenemos al famoso mimo francés Marcel Marceau (1923-2007), a la triada española de Pablo Picaso (1881-1973), Salvador Dalí (1904-1989) y Joan Miró (1893-1983), y otros más.

Permítanme terminar citando lo que afirmó Edgar Morin en una entrevista de julio del 2025 (https://www.youtube.com/watch?v=FNoait5TGP8): “La diversidad es el tesoro de la unidad humana; la unidad es el tesoro de la diversidad humana”... “Ya no puedo ignorar mi ignorancia”... “Mientras me envuelva la vida, la muerte se retrae”... “Nadie sabe nunca cuándo ni si es demasiado tarde...”