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Que sea invierno absolutamente

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▲ En Culiacán, Sinaloa, donde ayer fueron identificados cinco de los 10 mineros de una empresa canadiense desaparecidos en enero, se exhiben las fotos de otras víctimas de ese delito, colocadas por los familiares.Foto Afp
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asan demasiadas cosas al mismo tiempo. La Casa Blanca nos bombardea sin piedad, exigiendo una atención que, a decir de Simone Weil, cuando es pura y sin mezcla se vuelve una oración. Nada más lejos que el acto de rezar estos días. No tengo tiempo de leer los 3 millones de páginas de los papeles de Epstein que el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha liberado, con un mes de retraso, este 30 de enero de 2026. Tampoco me puedo evadir de ellas, siniestras y nauseabundas como son. ¿Dónde quedó Maduro, por cierto? ¿Existe Groenlandia? No dejemos nunca de insistir en Palestina. En una reunión, hace no mucho, uno de los comensales aseguró que era adicto al presente. Lo decía como si se tratara de una virtud. Entre una cosa y otra, yo he resuelto leer poemas al azar, como si mi destino y el de la humanidad se escondiera en algunos de sus encabalgamientos más oscuros, y escribir textos que no voy a publicar.

Decía Virginia Woolf que ser inédito era un estado de gracia. Seguramente esas no fueron sus palabras exactas, pero el mensaje que recuerdo de algún ensayo luminoso era que la libertad más cierta de la escritora se hallaba justo antes del primer libro. Contraria a la prisa que carcome a tantos autores, la Woolf recomendaba alargar esta etapa a toda costa, asegurando que, una vez atravesado el umbral de la publicación, ya no habría manera de volver a escribir un texto sin o fuera de expectativa alguna. El reto es siempre, cada vez, escribir un primer libro. Tal vez sea por eso que, en estos días de azoro y confusión, de rabia y de disenso, escribo incansablemente y con ahínco para no publicar nada.

Espero que mis editores no estén leyendo esto.

No puedo abundar mucho, por razones obvias. Pero estoy segura de que mi decisión de no publicar estos textos que dominan buena parte de mis mañanas no se relaciona con sus temas, puesto que no abordo ahí asuntos prohibidos o inconvenientes (¿y qué podría resultar inconveniente en una época dominada por las narrativas pedófilas de los billonarios?) que deban resguardarse, timoratos o pudorosos, de las miradas ajenas. Tampoco es que sean textos desaliñados que no merezcan lectura alguna, puesto que dedico bastante tiempo a su revisión. Finalmente, no es un acto de autocensura.

Recuerdo que Alberto Giacometti, el escultor suizo que se mudó muy joven a París, estableciendo su taller en el número 46 de la calle Hippolyte Maindrom, en el barrio de Alesia, enterró algunas de sus estatuas en el patio interior de su estudio para protegerlas de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Jean Genet vio en este gesto la posibilidad de un arte radical, ajeno a la circulación comercial que en lugar de dirigirse al pasado o al futuro, y mucho menos a la eternidad, se abocaba “al gran pueblo de los muertos”. Sólo hay que recordar que Giacometti desenterró las esculturas cuando regresó a Francia una vez terminada la guerra. La idea, sin embargo, es seductora. Me gustaría pensar que, al final, imprimiré esas páginas y las ataré con un listón de seda antes de enterrarlas en un sitio del que nunca hablaré. Será una ceremonia solitaria, realizada nada más para proteger el escrito de la violencia circundante y alejarlo tanto como sea posible de los canales de circulación del daño. Sabemos, junto con el narrador francés Antoine Volodine, que el enemigo también merodea entre los lectores con su turbia mirada distante.

Tampoco es que sea una idea nueva. En 2014, en lo que podría ser denominado un proyecto de postergación que disiente del presente, la artista escocesa Katie Peterson, en conjunto con la Biblioteca Pública de Oslo, echó a andar La Biblioteca del Futuro, una iniciativa que se propone salvaguardar 100 manuscritos de autores reconocidos en la Sala del Silencio, ese espacio alucinante, hecho de madera y vidrio, donde permanecerán sin ser leídos o publicados por 90 años. Eso, entre otras cosas, es alargar el tiempo y apostar por el futuro, tal vez la más tentativa de las conjugaciones verbales hoy. Más un rechazo que una prórroga. Tal vez las dos.

El poema de líneas alucinantes que leí hace rato, en el substack que mantiene la poeta y traductora Robin Myers, es de la poeta tunecina-estadunidense Leila Chatti. Que sea testigo. Lobo. Mordedura de escarcha, finura brutal. / Que sea asombro. Brevemente. Bruma –que se retuerza hacia el sol. / Que el invierno aniquile, pero dulcemente. Si aúlla, que aúlle. / Que sea atroz, agridulce, sublime. El título del poema es Si ha de ser invierno, que sea invierno absolutamente. La traducción es mía.