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Desde otras ciudades

El limoncello, el sabor del sur de Italia

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▲ Tienda en Amalfi con artículos ligados al limón amarillo y gran variedad de botellas de limoncello .Foto Alia Lira Hartmann
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as plantaciones de limón amarillo dominan buena parte del paisaje del sur de Italia. A diferencia del verde, el primero es de mayor tamaño, con una cáscara más dura y un aroma más intenso, aunque menos ácido.

Los artículos de la región con estampados del limón amarillo son incontables, desde vestuario para damas, trajes para algún caballero que se atreva a lucir sus encantos bajo este singular atuendo, artículos para la cocina, vajillas, cubiertos, servilletas, jarrones, bisutería o cosas para la oficina. La intensidad del color pareciera iluminar cualquier espacio evocando los paisajes del mar Mediterráneo y los huertos cercanos a la costa.

Es una invitación a saborear un estilo de vida bajo la caricia del sol, donde el limón amarillo pareciera haber robado su color directamente de los rayos del astro rey. La bebida tradicional del sur de Italia es el limoncello; no se trata solamente de un licor, su preparación es un ritual, una tradición doméstica en que cada familia tiene su propia receta que se ha transmitido por generaciones.

A diferencia de otros licores industriales, el limoncello tiene un fuerte vínculo con lo artesanal y familiar. Su preparación pasa de abuelas a nietos con pequeñas variaciones, ya sea más o menos alcohol, un toque distinto de azúcar o los tiempos de maceración. En muchas casas prepararlo es un acto casi ceremonial ligado al calendario agrícola y a la cosecha del fruto. El limoncello es, sin duda alguna, un símbolo del sur de Italia.

Es originario de la región de Campania, especialmente de la costa de Amalfi, de Sorrento y de la isla de Capri. De hecho, los limones de Sorrento cuentan con denominación de origen protegida. Históricamente se documenta que surgió de la relación ancestral entre el ser humano y el limón, un fruto que llegó a Italia probablemente gracias a los árabes en la Edad Media y que encontró en estas tierras volcánicas y soleadas un entorno ideal. Ocupa un lugar especial en la mesa de las familias italianas, se puede servir frío, generalmente como digestivo después de las comidas.

No se trata de un bebida como el vino, que acompañe el plato principal ni interrumpe la sobremesa: contribuye a la amenidad que suele caracterizar el tiempo alrededor de las mesas italianas. Se puede incluso hablar de una especie de filosofía: el limoncello no acelera, tampoco embriaga de golpe, sino más bien prolonga la conversación, el descanso y la convivencia.

También es una expresión de la hospitalidad italiana. Ofrecer limoncello casero a los invitados es una forma de agradecer la visita y dar la bienvenida al compartir algo propio e íntimo que es parte de la familia. En muchos pueblos del sur rechazarlo puede incluso considerarse descortés.

En décadas recientes, el limoncello ha trascendido fronteras y se ha convertido en un producto de exportación e ingrediente habitual de la coctelería internacional. Las presentaciones suelen ser en vistosas y decoradas botellas. Sin embargo, en Italia conserva su dimensión cultural original: la de un producto ligado al territorio, a la memoria y a la vida cotidiana. Más que bebida, es una metáfora líquida: intenso y luminoso, con un brillo especial sin perder la sencillez de su apariencia, pero sobre todo profundamente arraigado a la identidad y al placer de compartir.