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Lo roto precede a lo entero
Periódico La Jornada
Domingo 8 de febrero de 2026, p. a12

Los 125 infraensayos del libro Lo roto precede a lo entero, de Cristina Rivera Garza, surgidos de su blog No hay tal lugar: U-tópicos contemporáneos, exploran lo cotidiano, el cuerpo y la escritura como acto crítico. Parten de lo minúsculo para cuestionar grandes “verdades”, acogen el sinsentido y permiten una escritura honesta. Esta edición especial traduce la experimentación digital a lo impreso, con imágenes, traducciones y disposición editorial que reconfiguran el medio y dialogan con lo roto y lo entero. Con autorización de El Colegio Nacional, reproducimos en estas páginas algunos de los breves textos que integran el volumen.

once.

Yuki 7: una historia titular

Me mandó (1964) Un beso de Tokio. Y dijo, claro está: (1965) El nombre del peligro es mujer. No supe si creerle o no, pero reí igual. Su trajecito se prestaba para eso, su cabello corto, sus aretes. Quería que me prestara sus botas largas y ponerme su bikini. Era mayo, supongo, o junio. Quería, sobre todo, conocer sus cuarteles secretos. Por eso acepté ir a (1966) La cita romana, para (1967) Atrapar a una seductora. Los ojos son, a veces, redes. O armas.

Viajar es lo mío, eso se sabe.

Llevaba poco en la maleta y menos en el corazón. Hubo noches de luna llena. Hubo persecuciones. No imaginé, por supuesto, que en el camino sería testigo del (1968) Asesinato en Milán ni que todo se llenaría poco a poco de (1968) Tres dedos de intriga. Ella estaba acostumbrada a todo eso, (1969) La rosa de Tokio, (1970) El diamante en bruto. Pero yo no. Yo todavía estaba bajo la impresión de que sólo existía (1972) Una manera de morir. Estaba equivocada, naturalmente. Morir es cosa fácil, y repetitiva. Es fácil morir en (1975) La isla salvaje del Dr. Calamari, por ejemplo. O en la calle. O en la piscina. O de tiempo.

Pero es bueno, mientras tanto, tener un cuartel secreto.

veintiocho.

La otra velocidad del libro

Desconfío de los libros que se dejan leer rápidamente. Sucede más o menos así: el lector toma el libro por la recomendación de un amigo o por la atractiva portada o por la fuerza del primer párrafo o por el prestigio de la autoría de sus páginas. El lector se sienta y abre, no sin cierta parsimonia, el libro. El lector lo huele, embebido. El lector pasa las yemas de los dedos sobre las letras impresas como si de verdad no pudiera ver nada. El lector empieza. Y ahí, justo en ese momento, se da inicio a un vertiginoso viaje en un tobogán de letras que no terminará sino dos o cinco horas después. El lector no se levanta para comer o contestar el teléfono. Lo que es peor: el lector no interrumpe la lectura ni para hacerse del lápiz con el que subrayará, es decir, con el que re-escribirá, el libro que lee.

¿Una lectura ideal? Lo dudo. ¿Un buen libro? A veces. ¿Un libro fácil de leer y digerible? Seguramente.

Tres confesiones en un párrafo minúsculo: sospecho del libro que se lee “de una sentada” y que me pide, como un amante celoso, una atención única y, además, pasiva; sospecho del libro que, aspirando a borrar al mundo que hace posible su lectura, cree que puedo sustituirlo.

Mi lectura ideal: tomo el libro e inicio una lectura atropellada y zigzagueante. Creo que puedo leerlo sin lápiz, pero pronto entiendo que no será posible. Interrumpo la lectura, busco el proverbial lápiz que nunca encuentro, veo el cielo, pienso en el libro dentro del mundo del libro y fuera. El libro me saca de quicio: es demasiado esto o muy poco lo otro, en todo caso lo aviento contra la pared. Juro que no volveré a abrir sus páginas. Salgo. Afuera no hago otra cosa más que pensar en el libro –en su escritura que es un obstáculo, en su estructura que me asquea o me asombra o las dos cosas juntas, en todos y cada uno de los elementos que me imposibilitan bajar por sus páginas como si estuviera en un tobogán–. Pienso, quiero decir, en todas y cada una de las cosas que me obligan a pensar en ese libro y no en cualquier otra cosa. Un par de horas después lo tomo de nueva cuenta. No sólo lo subrayo una y otra vez –una vez por el acuerdo, otra vez por el desacuerdo– sino que también escribo pequeños mensajes inentendibles en sus márgenes. Es ahí, en ese momento, cuando empiezo a pensar en otro libro –el mío–. El hijo de esta lectura que se convertirá, eso creo en el aquí y ahora de mi apasionamiento, en mi próximo libro. La convicción es tanta que, sin reparar en detalles, sin darme cuenta de lo absurdo de la situación, inicio la escritura de ese otro engendro en las últimas páginas, usualmente vacías, del libro leído. A medida que se acerca el final, cuando ya quedan sólo quince o diez páginas por leer, empiezo a sufrir –es un pesar absurdo, como todo en esta lectura, pero real– y, por eso, interrumpo la lectura una vez más. La postergo. Salgo. Me comporto como si no pasara nada, como si no estuviera yo dentro de las páginas de un libro. Hablo. Sonrío. Hasta puede que piense en el clima o en mis obligaciones cotidianas. Todo o cualquier cosa con tal de no cerrar sus páginas. Pero las cierro. Eventualmente todo libro debe cerrarse. Cuando lo hago, me consuela saber que lleva consigo, a través de los subrayados y los ilegibles mensajes en sus márgenes, mi marca. Es un libro mío. Se trata, a final y a principio de cuentas, de un libro mío. Un libro apropiado. Un libro fuera de sí.

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▲ Portada de Lo roto precede a lo entero, de Cristina Rivera Garza, editado por El Colegio Nacional

¿Una lectura ideal? Lo dudo. ¿Un buen libro? Con mucha frecuencia. ¿Un libro fácil de leer y digerible? Nunca.

El libro que me gusta es un libro con otro tipo de velocidad.

treinta y siete.

Una forma de demencia

Narrar me vuelve otro y otra de mí misma (y me vuelve otra de mi otro y otro de mi otra).

Narrar hace que mi relación con el mundo sea siempre triangular (y estoy consciente de que ésa es una figura divina).

Narrar me confirma lo que ya sabía: que no tengo acceso directo a lo Real.

Narrar hace que tenga Amigos Imaginarios.

Narrar provoca que el sexo ocurra siempre (por lo menos) entre tres.

Narrar me obliga a pensar en cosas como una novela no-narrativa (que no es, sin embargo, una anti-novela).

Narrar es una forma de demencia que se llama escritura, que es una forma de demencia que se llama pensamiento, que es una forma de demencia que requiere de narrarse a sí mismo.

Narrar me despierta a las cuatro de la madrugada y me obliga a mirar al mundo helado a través de la ventana creyendo, de manera categórica, que cada palabra me dará calor.

Narrar es una exageración. Francamente.

cuarenta y ocho.

La cruel conspiración contra la escritura

Conspiran los mediocres empresarios disfrazados de educadores que creen que la pueden convertir en dinero, ganancia, beneficio, propaganda.

Conspiran los placeres ofrecidos por el buen cine y la mejor música.

Conspira la Literatura, con sus cánones perversos y su Historia con mayúscula.

Conspiran los maridos, los amantes, los hijos, las amigas.

Las charlas de sobremesa conspiran.

Conspiran los premios y las promociones de libros y el así llamado medio.

Incluso el libro, que aparenta atraparla, que aparenta haberla detenido, conspira.

Conspiran las reglas (en todos los sentidos de la plural palabra).

El estilo, mientras se persigue y una vez encontrado, conspira.

Conspiran las computadoras, los teclados sin acentos, los sistemas que, justo como en 1988, se siguen cayendo.

Conspiran el yo y el ello y el superyó (sobre todo el superyó).

Conspiran los Nombres.

El mundo, tal y como lo conocemos, no es más que esta cruel y cotidiana (y por ello “natural”) conspiración contra la escritura. Porque cuando la escritura es, cuando se alcanza a sí misma, cuando se da, es puro anti-mundo. Es radical vértigo.