e niña, durante 10 años, pude ver la torre Eiffel y por alguna razón pensé que había bajado del cielo y que algún día se elevaría y no la volvería a ver. No era yo más alta que tres manzanas encimadas y en la casa me decían Petite Pomme, Manzanita, por mis cachetes colorados. A Kitzia, mi hermana, le decían Kiki. Vivíamos mi hermana y yo en la rue Berton, en una casa con jardín que es ahora la embajada de Turquía. Hace años, al regresar a Francia, quise acercarme a las rejas que daban la rue Berton, pero dos gendarmes de azul marino, muchos botones, kepi tieso y redondo nos ordenaron: “circulez, circulez”. Queríamos ver nuestro jardín, sólo nuestro jardín, a través de los barrotes. Lupe, la nana de mi hermanito Jan, causaba sensación. Mi hermana y yo presumíamos a nuestro hermanito, a quien le llevaba yo 14 años, porque nació cuando mi papá regresó de la guerra. “Vous venez des colonies?”, preguntaban los gendarmes porque los franceses solían creer que el mundo era suyo y habían colonizado hasta los magueyes.
–Je suis mexicaine –decía yo en francés.
Kitzia, mi hermana, se enojaba: “no hay que dar explicaciones a los sirvientes”. Yo siempre las pedí, y por eso he hecho tantísimas entrevistas.
Todas las tardes, a eso de las tres o cuatro, teníamos que ir a “tomar el aire” y bajábamos corriendo por la rue Berton con un palito en la mano tras de nuestros aros que rodaban muy rápido y nos obligaban a hacer ejercicio. Caminar por los márgenes de piedra del río Sena, a la altura del Seizième Arrondissement, fue un aprendizaje, un peligro y nuestra primera aventura. El agua era de plomo gris y muy peligrosa; los enamorados la escogían y Charles Trenet aún no había cantado ¡La Seine! ni Dulce Francia. Teníamos que considerar el flujo del agua nuestro enemigo, pero entonces los niños franceses de ocho, nueve o 10 años sólo tenían miedo a los alemanes, “les boches”, como les decíamos en la calle.
Caminábamos felices. Regresábamos con las mejillas enrojecidas, de la mano de la institutriz. En la margen de piedras redondas y ya frente a la rue Berton, jugábamos al caballo y el cochero, yo siempre fui el caballo. Seguí siéndolo hasta que Kitzia murió, pero ahora mi trotecito cochinero ya no es tan alegre, aunque procuro salir a caminar frente al monumento a Álvaro Obregón, en Chimalistac. Antes desafiaba las escalinatas y subía y bajaba la pirámide, pero ya no lo hago porque me falla mucho la vista del ojo izquierdo y no me vaya yo a desmoronar como un montón de piedras, así como el Pedro Páramo de Juan Rulfo, aunque sé que a él eso le gustaría.
“Es normal que ya no pueda”, (me consuelo), voy a cumplir 94 años y a esa edad ya no se cuece uno de un hervor. Tampoco se ven muy bien las letras en la pantalla de la bendita computadora, compañera de vida.
Mamá caminaba mucho más que nosotras. Atravesaba uno y otro puente del Sena todos los días hábiles para ir a Schiaparelli donde trabajaba, invitada por Elsa, hasta que estalló la guerra y entonces manejó una ambulancia. Antes de la guerra, mamá salía mucho en la noche con vestidos y abrigos largos shocking pink, de Elsa. La invitaban a todos los bailes; mi papá la conoció en uno de los Rothschild.
A la casa de alta costura Schiaparelli iban a probarse vestidos Marlene Dietrich y Dolores del Río. Mamá me contó que Dolores del Río tenía un triángulo perfecto de pelos negros bajo los brazos y otro más perfecto aún entre sus piernas. Marlene Dietrich se miraba más al espejo y era más exigente y segura de sí misma que Dolores.
A mamá, Elsa Schiaparelli le prestaba vestidos de noche y trajes de día. Algunas tardes, mamá nos llevó a Schiap y todas las vendedoras nos regalaban cachitos de tela shocking pink para que hiciéramos vestidos a nuestras muñecas, pero las dos cosíamos muy mal por más que lo intentáramos. Más tarde, a mí me gustó mucho coser pañuelos con orillas de llorar. Quizá por esa razón quise tanto a las costureras de San Antonio Abad, en el terremoto de 1985, a partir del momento en que Evangelina Corona y yo nos abrazamos frente a un edificio que se había desmoronado en un montón de piedras, a cuyo lado los automóviles pasaban despacio y con mucho espanto.












