l fin de semana pasado el Teatro de las Artes del CENART recibió la siempre bienvenida presencia del grupo Aksenti Danza Contemporánea (que cumple 35 años de actividades) para un programa doble que refrendó la calidad de las propuestas y el nivel de las ejecuciones que son el santo y seña de la compañía; como sustento sonoro (más abstracto en la primera pieza, cien por ciento narrativo en la segunda), dos obras seminales del repertorio del siglo XX: el Concierto para violín de Igor Stravinski y esa monumental partitura que es El mandarín milagroso de Béla Bartók. En ambas fue claramente perceptible la mano coreográfica experta de Duane Cochran, fundador y director de Aksenti, quien aquí lleva créditos más amplios también por el concepto y la dirección de escena. ¿Dirección de escena? Oh sí, y con amplia justificación, por lo mucho que hay de teatro en ambas obras.
Desde la primera de ellas quedó claro que Cochran no es un coreógrafo dogmático que se apegue y se aferre a una sola escuela técnica o un solo estilo narrativo (Graham, Limón, Cranko, etc.) sino que asimila, procesa y transforma esas y otras influencias para decantarlas en una expresión que se vale por igual de lo angular apretado que de lo curvilíneo fluido para sus propios fines; el resultado es un apreciable flujo orgánico en el trazo y la realización coreográfica. En el Concierto para violín, Cochran diseña un sugestivo contraste entre la flexibilidad del movimiento y los incisivos acentos de la música (que incluye fugaces sombras del diabólico violín de La historia del soldado, también de Stravinski), logrando una componente dinámica volátil y transparente, aunque no exenta de concentrada energía, en la que alterna con eficacia las pinceladas narrativas de lo ritual y lo amoroso-desamoroso con episodios más abstractos dedicados al gozo lúdico del movimiento. Cochran, también músico de excelencia, atiende y alude tanto a la estructura del concierto como a sus trazos melódicos y rítmicos.
Al levantarse el telón para El mandarín milagroso, el espectador intuye, sabe que será testigo de una representación de altos vuelos. El impacto visual es inmediato: escenografía, vestuario, iluminación, dan forma a un ambiente decadente, decrépito, oscuro y ominoso que es ideal como sustento físico de la tétrica historia original de Menyhért Lengyel, destacado escritor de bulevar de la Hungría de la primera mitad del siglo XX. Las caracterizaciones individuales tienen una fuerte presencia teatral: en la construcción de los personajes de Cecilia Contreras como la seductora y de Yoshio Córdoba como el mandarín destaca, entre otras cosas, su polarizado y a la vez complementario contraste. Ella, rabiosa, angustiada, fascinada y a su vez también víctima; él, hierático, inescrutable, resiliente y consumido por sus propios demonios. Ella, en particular, es una presencia femenina que de inicio rebosa sensualidad y, después, una sexualidad ruda, cruda y peligrosa. A lo largo del desarrollo escénico se explora también con intención el conflictivo rol de la mujer como carnada y como señuelo, que no es asunto menor. Con ellos dos como columna vertebral, la interacción con los demás miembros del ensamble resulta compacta y eficaz.
Uno de los elementos más interesantes de esta versión del milagroso mandarín bartokiano es el hecho de que su flujo narrativo toma en cuenta (y perfila de diversos modos) las varias trilogías propuestas en el argumento: tres rufianes, tres víctimas, tres intentos de seducción del mandarín, y tres ataques en su contra. Otro concepto muy bien concebido y utilizado es la escenografía en varias alturas, lo que permite a Cochran articular la sórdida historia de Lengyel-Bartók en un amplio universo tridimensional que le permite añadir a la danza, el teatro y la acrobacia, por ejemplo, algunas pinceladas de parkour. Este es uno de los detalles más atractivos de este Mandarín milagroso, gracias al cual se logra una intemporal (e inquietante) mezcla de lo retro-arcaico con lo posmoderno.
Muy importante asunto en esta notable función de danza-teatro: música en vivo para ambas piezas, y muy bien interpretada; por Sebastian Kwapisz (violín) y Abd El Hadi Sabag (piano) para Stravinski, y el propio Sabag con Józef Olechowski en piano a cuatro manos para Bartók. Claramente, un programa de danza-teatro que vale mucho la pena ver y, sí, también, escuchar. La oportunidad, imperdible, los días 20, 21 y 22 de febrero, en la Sala Miguel Covarrubias del CCU.












