l mundo está salvando a Pedro Sánchez, superviviente de mil naufragios. El momento es extraño en España. Los grandes números económicos sonríen, pero bienes de primera necesidad como un techo bajo el que vivir son cada vez más inalcanzables e infraestructuras como los ferrocarriles hacen aguas. En el Congreso de los Diputados, los delicados equilibrios derivados de la frágil mayoría que lo sostiene, fuerzan al gobierno a pactar un día con Podemos la regularización de medio millón de migrantes que ya viven sin garantías mínimas entre nosotros, mientras al siguiente acuerda con los nacionalistas conservadores vascos del PNV mayores facilidades para desahuciar a familias vulnerables.
Así las cosas, Sánchez busca fuera el oxígeno, las alegrías y la épica que la cotidianeidad doméstica le niegan. A su favor juega un contexto global macabro que deja muy barato erigirse en un campeón de la decencia, el humanismo y el sentido común. Si la vara con la que medirse son Donald Trump y Elon Musk, aquí cualquiera es Nelson Mandela.
Esta semana, Sánchez ha anunciado una futura prohibición del uso de redes sociales entre los menores de 16 años. Los dueños de Twitter (X) y Telegram han hecho el resto. Elon Musk, grosero y directo, llamó al inquilino de la Moncloa “sucio”, “tirano”, “fascista” y “traidor al pueblo español”. Pável Dúrov, el dueño de la red de mensajería de origen ruso, fue algo más fino y sibilino. En un largo mensaje a todos los usuarios de Telegram –que para algo es suyo–, acusó a Sánchez de “nuevas regulaciones peligrosas que amenazan vuestras libertades en internet”. También habló de “sobrecensura”, “criminalización” de las redes sociales y de ataque a la “exploración libre de ideas”. Vaya una sorpresa, ver que la gran alternativa a WhatsApp tampoco es la panacea.
Sánchez, que no es manco en estas lides, echó mano de uno que sí lo era: “Deja que los tecno-oligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”, escribió. Y a lomos de rocinante, condena a la insignificancia a su principal adversario, Alberto Núñez-Feijóo, quien mide bien y trata de recordar que ellos ya propusieron la prohibición hace unos meses.
La corriente es favorable a la prohibición y sólo la extrema derecha de Vox, que sin redes se queda sin chiringuito, se ha opuesto a la medida.
La pugna entre los dos marcos posibles para discutir del tema es fabulosa. No siempre es tan clara la importancia que tiene delimitar el terreno en el que se va a producir un debate. Porque al hilo de la prohibición de las redes sociales, podemos hablar de libertad de expresión y participación, como proponen Musk y Dúrov, o de la protección de los menores, como hace el gobierno español. ¿Quién está en contra de la libertad? ¿Quién en contra de proteger a los menores de contenidos y redes sobre cuyos efectos dañinos empieza a acumularse evidencia? Quien se vea obligado a argumentar en contra de cualquiera de estos dos valores está condenado a la derrota.
Por eso es tan importante encuadrar el debate donde a uno le interesa.
Y a pesar de los intentos de Musk y Dúrov, la corriente en el Estado español corre a favor de la protección a los menores. El marco “no toquen a nuestros hijos”, con las truculencias derivadas de los papeles de Epstein en la retina, se impone a la supuesta libertad que abanderan los magnates de las redes. Es arriesgado decir esto en los tiempos que corren, pero diría que el grueso de la gente, al menos por estos lares, sigue arqueando una ceja al ver a multimillonarios envolviéndose en la bandera de los derechos colectivos.
No sé, Rick, eso de ver llorar por nuestras libertades a un magnate con cuatro nacionalidades que puede dirigirse desde su móvil a 8 millones de usuarios sólo en España tiene algo de sospechoso. Ni que estuviésemos hablando, además, de la idealizada Ágora de Atenas, en la cual cada orador espera su turno para exponer educadamente sus argumentos mientras escucha con respeto y atención la opinión contraria.
Existen argumentos válidos contra la prohibición. Tanto ideológicos como prácticos. Prohibir, así en general, pocas veces suele ser la mejor de las opciones, y sigue sin estar nada claro cómo se va a llevar a la práctica dicha prohibición. Y si a los jóvenes les vamos a prohibir las redes por nocivas, ¿el resto vamos a seguir usándolas como si nada? No es, probablemente, el mejor mensaje para los adultos del futuro.
Y, sin embargo, algo hay que hacer. Las redes sociales realmente existentes no son un espacio neutral. Esta es la idea-fuerza que debe regir cualquier aproximación a la materia. Quien quiera profundizar, la Oficina de Ciencia y Tecnología del Congreso de los Diputados español publicó en octubre pasado un estupendo repaso de la evidencia disponible.
Son un negocio que invierte mucho en la captación y retención de la atención de los usuarios, la materia prima con la que obtiene ingresos. Y en ese camino, los patrones de diseño persuasivo adictivos, engañosos y oscuros son la norma que guía al algoritmo. No son redes, son telarañas.












