as palabras con carga moral importan en política: violación es una de ellas. Sin embargo, no es tan simple como tener un nombre para un problema.
“Cuando las palabras tienen un significado moral o legal serio, esto puede convertirse en un motivo o pretexto para quienes se niegan a aplicarlas: ‘No pudo ocurrir eso. Él no es así’. Se postulan diferentes sentidos del término. Por lo tanto, es necesario afirmar nuestro derecho a usarlas para nombrar problemas moralmente serios, dado el riesgo de que este derecho potencialmente genuino se erosione”. Esto escribió Kate Manne en su ensayo sobre la misoginia en el primer periodo de Trump, Down Girl. Tan sólo siete años después, los medios hablan de los archivos de Jeffrey Epstein como “sexo con mujeres jóvenes” y no de violación de niñas. De “fiestas salvajes” y no de tráfico de seres humanos. De la lista de los clientes famosos, más que de las niñas, quienes, como se lee en un correo, “no son como las drogas, porque se pueden volver a usar”. Los medios sacan las listas de invitados, los vuelos, se pelean por demostrar si hay más republicanos que demócratas, más liberales que cristianos. Nadie habla de ellas.
Nombrar el daño que hizo este grupo de la élite financiera, política y tecnológica a miles de niñas es no dejar que lo cubra la neblina que la propia publicación de más de 3 millones de archivos tendió a fabricar. Al no separar entre testimonios jurados, investigaciones policiacas, de correos y agendas personales y, a su vez, éstos de las denuncias anónimas en el teléfono de la FBI, lo que se pretende es crear tal caos que ya no se pueda distinguir entre información y conspiraciones. Se descuidó a las víctimas que vieron aparecer sus nombres sin su consentimiento o sus imágenes, mientras se testaron los nombres de los poderosos que mandan correos confesando que disfrutaron un “video de torturas”. Es una operación de desinformación desde el Departamento de Justicia que pretende que ya no importe la verdad, que son las heridas de esas niñas.
La operación se sustenta desde la misma idea que la ultraderecha del trumpismo tiene de una víctima: alguien que quiere llamar la atención y exagera, que quiere recibir lo que no se ha ganado por vía de la conmiseración o su forma política: la acción afirmativa. Pero lo que ha sucedido es no sólo que el trumpismo denuncie a las mujeres, los gays y los afroamericanos con una supuesta “cultura del victimismo”, sino que la ha expropiado para uso exclusivo de los hombres blancos y cristianos. No hay más víctima que ellos. Todos los tratan mal. Al apropiarse del discurso de las víctimas reales, los hombres poderosos evitan hablar de su lugar de privilegio al decirse marginados y ridiculizados por lo que opinan sobre el aborto, la posesión de armas, el matrimonio gay, las razas y la bandera confederada. Para más “discriminación”, sus descendientes güeros disminuyen en proporción a los latinoamericanos, negros y asiáticos. Éstos, además de los gays, los trans y las lesbianas, utilizan su marginalidad para ganar puestos que no les corresponden y “se saltan la fila” de lo que corresponde a los blancos porque son los únicos calificados para detentar la autoridad. El cambio de peso del victimismo –de los vulnerables a los privilegiados– es profundamente racista y sexista porque parte de una idea colonialista: que los patrones merecen que sus esclavas los atiendan, respeten, obedezcan, amen y consuelen, mientras las mujeres no pueden hablar de sus violencias sin ser tachadas de buscadoras de atenciones que no merecen. Así, a dos niñas de 14 años, un juez de la causa contra Epstein en Miami las obligó a decir que eran prostitutas y adictas. Todo el sistema judicial descreyó de sus testimonios, desestimó investigaciones sobre la base de que querían sacar dinero a sus victimarios y generó un ambiente de hostilidad entre jueces, policías y representantes en el Congreso. Al final, obligado por el Congreso mediante una ley específica sobre el archivo Epstein, el Departamento de Justicia tomó los 3 millones de páginas y las aventó como pudo por una ventana. Todavía hace unos días, Trump dijo: “Ya se publicaron los 3 millones. El Departamento de Justicia tiene mejores cosas que hacer”.
Pero existe otro sostén para el silenciamiento/borramiento de las niñas violadas en la red de Epstein y Ghislaine Maxwell: los desechables. El sistema de ganadores/perdedores que engendró el capitalismo tecnológico, que devalúa a todos los que no tienen miles de millones de dólares, millones de seguidores o varios grados académicos. La élite es la de la lista de clientes de Epstein, lo mismo invirtiendo en criptomonedas o casas en Marruecos que en yates, redes de tráfico de niñas, que en una teoría de alguno de los científicos invitados que justifique que los genes de los poderosos son superiores a los del resto.
Pero es ese sobrante devaluado y descartado el que no aparece en los medios a pesar de estar constituido por las únicas víctimas. La lista de clientes es de quienes están en la cima de un sistema utilitario que ya ni siquiera considera a las personas por sus cuerpos, sino por la experiencia que les dan a sus usuarios. Como las drogas. Esta evaporación de los demás como sujetos materiales que se lee en los correos publicados por el Departamento de Justicia está en sintonía con el capitalismo de la nube y de la IA. No es anecdótico que los billonarios de la tecnología digital estén todos en la lista de clientes o contactos. O los gurús de moda de lo intangible. Lo inmaterial parece ser el único refugio para no encontrarse con los ojos de los otros, aunque lo que esté sucediendo sea una violación sexual a una menor de edad. Y si no existen los cuerpos de las niñas, tampoco existen los daños físicos, sicológicos y morales que se les han causado y que cargan todas estas miles de mujeres hoy. Ellas tienen derecho a que sus heridas sean tomadas en serio, que sean reconocidas como tales y que alguien pueda poner a los abusadores frente a un jurado. Pero, hasta ahora, lo que se escucha entre el griterío es un silencio vergonzoso.












