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Algoritmos, recetas y poder: lo que la IA sí puede –y no– hacer en salud
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a escena parece sacada de una novela breve sobre el futuro inmediato: un presidente anuncia, con entusiasmo tecnológico, que un algoritmo atenderá a su población las 24 horas del día. Sin filas, sin papeles, sin espera. El médico deja de ser una persona y se vuelve interfaz; el acto clínico, antes basado en el examen y la palabra, se reduce a un procesamiento de datos. La promesa es simple y se repite como mantra: eficiencia. El mensaje de fondo es otro. El Estado ahora cabe en una aplicación.

Así presenta Nayib Bukele su apuesta por la inteligencia artificial (IA) en salud. Y como ocurre con toda promesa tecnológica formulada desde el poder, conviene mirarla con lupa. No por rechazo al cambio, sino por responsabilidad pública, porque en salud, el problema nunca es la consulta aislada. El problema es lo que viene después.

El punto ciego de la asistencia farmacéutica

Buena parte del debate sobre inteligencia artificial se queda en el primer contacto: el triaje, la orientación, la receta digital. Pero la salud no se resuelve en la pantalla. Se resuelve –o fracasa– en la asistencia farmacéutica, en que el medicamento indicado exista, llegue, se entregue a tiempo, se use bien y se continúe.

Un sistema puede dar millones de “consultas” y aun así fallar si la prescripción no se alinea con guías terapéuticas, si el medicamento no está disponible o resulta inaccesible, si no hay seguimiento ni continuidad o si el incentivo empuja a prescribir más, no mejor.

La IA, usada sin conducción pública, puede acelerar ese fracaso. Automatiza la prescripción, pero no garantiza el tratamiento. La tecnología puede democratizar el acceso a una pantalla, pero sin logística soberana, el derecho a la salud se queda atrapado en un código de barras que nadie puede surtir. Multiplica contactos, pero fragmenta cuidados.

Ése es el riesgo de los modelos centrados en la interfaz y no en el sistema.

No es neutral: reproduce el modelo que la hospeda

Un algoritmo no corrige un sistema fragmentado, lo replica, sólo que a mayor velocidad. Si el modelo de fondo es comercial, la inteligencia artificial optimiza volumen. Si el modelo es público, territorial y gratuito, la IA puede optimizar continuidad. Por eso el debate no es tecnológico, es institucional.

Cuando la IA se monta sobre redes privadas de dispensación, sin regulación fuerte, sin protocolos nacionales y sin responsabilidad sobre el tratamiento completo, la asistencia farmacéutica queda relegada a una externalidad. El medicamento deja de ser un bien público y se vuelve un resultado contingente.

En salud, eso no es innovación, es precarización sofisticada.

Dónde sí puede funcionar

Conviene decirlo con claridad. La inteligencia artificial sí puede ser herramienta poderosa en la asistencia farmacéutica, pero sólo bajo ciertas condiciones.

Funciona cuando refuerza la prescripción racional y apoya al personal de salud con guías, alertas y criterios homogéneos; cuando integra receta, abasto y dispensación, reduciendo quiebres en el tratamiento; cuando permite trazabilidad, seguimiento y farmacovigilancia reales; cuando fortalece el primer nivel de atención en lugar de sustituirlo, y cuando opera bajo conducción estatal, con reglas claras, datos públicos y objetivos sanitarios que no responden a una lógica comercial. Funciona, en definitiva, cuando los datos de salud de la población no son entregados como materia prima a grandes corporaciones tecnológicas, sino que permanecen bajo resguardo y uso exclusivo del Estado para la planeación sanitaria.

En ese contexto, la IA no remplaza médicos ni farmacias, ordena el sistema. Reduce errores, mejora la planeación y protege al paciente.

Tecnología sin política es sólo velocidad

El entusiasmo presidencial por la tecnología es comprensible; lo peligroso es la fantasía de que el algoritmo puede exonerar al Estado de su responsabilidad política.

En salud, cada algoritmo encierra una decisión sobre qué se prescribe, a quién, con qué prioridad y con qué responsabilidad sobre el resultado. Automatizar sin responder por la continuidad terapéutica no es modernizar, es eludir.

La pregunta de fondo no es si la IA llegó a la salud; eso ya ocurrió. La pregunta es a qué proyecto sanitario sirve.

Porque entre la promesa del algoritmo y la realidad del tratamiento sigue habiendo algo insustituible: un sistema público capaz de garantizar que el medicamento correcto llegue a la persona correcta en el momento correcto. Todo lo demás es ruido digital.