La autora señaló que la base de su creatividad proviene de “un diálogo profundo” con el silencio
Jueves 5 de febrero de 2026, p. 2
Su música es caminante y onírica, en términos literales. “Comienzo a crear mientras estoy en la caminadora o cuando camino al aire libre. Después de 20 minutos, entro en otro estado, no sé si es como de meditación, y ahí es donde se me ocurren ideas. También a partir de sueños o al despertarme”.
Así describe Gabriela Ortiz Torres el origen de su acto creativo, mismo que la llevó a obtener el domingo tres premios en la 68 entrega de los Grammy, incluyendo dos por su álbum Yanga, además de otro por su pieza Dzonot.
Los primeros dos galardones fueron al Mejor Compendio de Música Clásica y Mejor Interpretación coral, mientras Dzonot fue reconocida como la Mejor Composición Clásica Contemporánea, un hecho histórico para la música de concierto latinoamericana, posible también gracias a la participación de la Filarmónica de Los Ángeles, dirigida por el venezolano Gustavo Dudamel.
De semblante feliz y sereno, la compositora nacida en 1964 en la Ciudad de México ofreció ayer una conferencia de prensa en la Facultad de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México, su alma mater y donde se desempeña de profesora.
Fue un encuentro gentil, pero también revelador, como cuando la autora señaló que la base fundamental de su creatividad proviene de “un diálogo profundo” con el silencio. “Es muy importante, el silencio es la conciencia del sonido; transcurre en el tiempo y te permite dibujar con el sonido. Tengo que estar en paz y conmigo misma para tener ese espacio de creatividad”.
Para Ortiz, la música es, en esencia, un acto de comunicación humana, y en el sonido, en la composición, subrayó, ella ha encontrado “la mejor manera” para expresarse.
De su proceso, sostiene que no requiere fórmulas académicas, sino que se nutre de la experiencia humana intensa. “La vida es el mejor alimento de la creatividad. Un artista se nutre de vivir. Si tú no vives con intensidad, si no estás abierto a lo que la vida te puede ofrecer, pues no sé entonces de qué vas a hablar, y eso incluye temas sociales y personales; puede incluir cosas muy duras, como la muerte”.
Citó, por ejemplo, la música de Gustav Mahler, de la que aseguró que en una sola sinfonía se encuentra el resumen de la condición humana. “Está la naturaleza, la muerte, la desesperación, la ternura”, detalló y agregó que componer también es una forma de autoconocimiento.
Concepción de Yanga
Sobre Yanga, refirió que la idea surgió a partir de que el flautista Alejandro Escuer, su esposo, la alentó a conocer y adentrarse en la historia de Gaspar Yanga, el cimarrón libertador, tras la lectura de una novela. Fue una investigación que la cautivó.
“Yanga pertenecía a la nobleza del Congo y llegó a México en el siglo XVI como esclavo. Logró escaparse, se replegó en la sierra y fundó pueblos llamados palenques. Era como una especie de Robin Hood. Negoció con la corona española y fundó el primer pueblo libre de América, San Lorenzo de los Negros, hoy Yanga, en 1612”.
En esa historia encontró también un reto fascinante para explorar en términos musicales, ya que implicaba las tres raíces de México: la afromexicana, la de los pueblos originarios y la europea.
El proyecto inicial era una ópera, pero debió archivarlo varios años, desempolvarlo y transformarlo cuando Gustavo Dudamel le encargó una nueva obra para la Filarmónica de Los Ángeles, que se programaría junto a la Novena Sinfonía de Beethoven.
“Yo decía: ‘auxilio, socorro’, ¿qué hago al lado de la Novena de Beethoven?”, recordó con humor. Lo que optó fue escaparse de esa colosal sinfonía y hacer algo completamente diferente. “No podía competir. Me pareció que Yanga representaba esa idea de libertad, pero podíamos abordarla desde este lado, desde este continente”.
Así, invitó al ensamble de percusiones Tambuco, de México, porque para ella era muy importante incluir la sonoridad en los instrumentos. “No es (una obra) literal, no va a sonar a un son veracruzano o algo de origen africano. Lo único que me propuse es que los instrumentos fueran de origen africano llegados a este continente. Eso vino a enriquecer nuestra música”.
A la pregunta de qué significa ser premiada como mujer latina en el actual contexto de Estados Unidos, Ortiz respondió en primer lugar que fue en ese país, y no en el nuestro, donde se le abrió la oportunidad de grabar dos discos dedicados a su música orquestal.
En tono crítico, acusó la falta de apoyo institucional suficiente en México para la música y el arte en general, ilustrándolo con la desaparición “de un plumazo” de orquestas, como ocurrió recientemente con la de Boca del Río, Veracruz, “sin que nadie diga nada”.
Haber obtenido tres Grammy en las citadas categorías es para ella relevante, al esperar que abra la voz a otros compositores latinoamericanos que “han luchado mucho”. También “de todas las mujeres compositoras que están allí, de todos esos intérpretes mujeres y hombres que han estado trabajando. Tenemos grandes músicos en Latinoamérica y nos cuesta mucho trabajo esa visibilidad y que se nos toque”.
De lo político, recordó que en aquella nación se vive un momento muy complicado, sobre todo en términos de migración. “Por eso, me parece importante que estos reconocimientos sean en este momento, porque hay una parte de la población de ese gran país que es Estados Unidos que también está resistiendo, hablando de esto y tratando de cambiar las cosas”.
Sobre las protestas contra las políticas migratorias del ICE vistas en la ceremonia de los Grammy, la compositora se pronunció con firmeza: “los artistas tienen ese derecho. En un problema así, que está violando los derechos humanos, ¿por qué te vas a quedar callado? Si pueden utilizar una plataforma así de visible, me parece fundamental”.
Perseguir los sueños
Al dirigirse a todos quienes desean dedicarse a la música, en especial las niñas y mujeres, Ortiz Torres les dijo: “sí ha sido difícil y es un largo trabajo, pero si ésta es tu pasión, debes perseguir ese sueño, tienes que trabajar muy duro. El talento no es suficiente”. Advirtió que su propio camino lleva más de 30 años.
Para concluir, Ortiz subrayó que lo más valioso para ella no son los premios, sino poder escuchar su música, y reconoció en ese sentido la gran importancia de los intérpretes, sin los cuales, remarcó, no podría haber música.
“Olvidarse del intérprete es un grave error. La música sobre todo de la segunda mitad del siglo XX tuvo para mí el gran error de olvidarse del intérprete y del escucha, y resultó ser una especie de ejercicio sumamente hiperracional, donde lo que más importaba era el proceso, no el resultado. Ahí hay que tener mucho cuidado, porque para mí sí es esencial el resultado.”











