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La economía de la violencia y el burnout
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ice Byung-Chul Han que la economía de la violencia está dominada por la lógica de la acumulación. “Cuanta más violencia se ejerce tanto más poderoso se siente uno”.

La acumulación de poder para matar “genera una sensación de crecimiento, de fuerza, de poder, de invulnerabilidad y de inmortalidad”. ¿Esa sensación la habrá experimentado el presidente Trump? ¿Los enmascarados agentes del ICE?

Como sea, “el gozo narcisista que conlleva la violencia sádica se explica justamente por ese aumento de poder”, escribe el filósofo Byung-Chul Han en su libro más reciente, Capitalismo y pulsión de muerte, publicado por Herder. Aunque no aborda directamente la actual efervescencia social en Estados Unidos, nos ayuda a entenderla con sus reflexiones.

“Matar protege de morir. Uno se apodera de la muerte matando”. ¿La violencia ejercida en Mineápolis obedecerá a esa lógica perversa? Para Han, la acumulación de actos violentos es similar a la del capital: el aumento de capital significa la disminución de la muerte, “genera la ilusión de un tiempo infinito”.

Pero esa separación de la vida y la muerte que constituye la economía capitalista genera “la vida no-muerta, la muerte en vida”. Su afán de “una vida sin muerte” acaba siendo mortal: “los zombis del rendimiento, del fitness o del bótox”.

En su búsqueda de un control total y una eficiencia extrema, el capitalismo crea espacios de muerte limpios y ordenados, donde la vida se convierte en un proceso mecánico. Las personas son reducidas a máquinas, obligadas a funcionar y producir, argumenta Han. ¿Eso no describe el alarmante crecimiento del burnout? ¿El percibir la vida sólo en términos de rendimiento?

Para “sobrevivir” en este sistema, nos enterramos en vida: acumulamos capital (riqueza muerta) que, irónicamente, destruye el mundo vivo. Este impulso de convertir todo en objeto inerte revela una fascinación malsana con la muerte. Así, en su intento por dominar la vida, el capitalismo termina matándola, creando una existencia que no está viva, sino que es como la de un muerto viviente.

Hace tiempo en el teatro Schaubuhne, de Berlín, Antonio de Negri y Byung-Chul Han discreparon sobre las posibilidades para cambiar las estructuras creadas por el neoliberalismo. A Negri, comunista declarado, le entusiasmaban las multitudes que toman las calles como, supongo, las que hoy se oponen a los abusos del ICE en Estados Unidos e Italia.

Han, por su parte, no creía posible un cambio radical, una revolución que modificara el statu quo. La razón: el neoliberalismo había cambiado las reglas de producción imperantes. Anteriormente, en las fábricas, la explotación, los opresores y los oprimidos eran claramente identificables, pero ahora, con la uberización de la vida, el obrero se convirtió en empresario de sí mismo. “Quien fracasa hoy se culpa a sí mismo... Uno se problematiza a sí mismo en lugar de problematizar a la sociedad”.

La actual obsesión con los datos y la inteligencia artificial para producir, apunta Han, convierte incluso el pensamiento en un cálculo frío, y los recuerdos vivos son remplazados por memoria digital. ¿Ha notado que los algoritmos nos sugieren “recuerdos” para compartir? Los centros de datos son para el filósofo coreano como tumbas de información. “Sólo los muertos se acuerdan de todo. Las granjas de servidores son lugares de muerte”.

Y lo que es mejor: antes se creía estar ante un Estado que indagaba información de ciudadanos contra su voluntad. “Hoy nos desnudamos voluntariamente. Es esa sensación de libertad la que hace imposible las protestas”. Ahora los agentes de ICE sólo deben entrar a las redes sociales de alguien para conocer su domicilio, su lugar de trabajo, sus horarios, sus rutas.

Para explicar su argumento sobre la imposibilidad de los cambios radicales da por ejemplo el caso de Corea. Tras la crisis financiera que padeciera el país y que provocara fuertes movilizaciones sociales, primero fueron sometidas con violencia y, después, reprogramaron las reglas del juego. Convirtieron en empresarios a los trabajadores. ¿El resultado? Una bonanza económica con espejismo de bienestar, pues se incrementaron los estados de depresión y burnout y se llegó a construir un sistema de país que es líder en suicidios a escala mundial. Se aplica “la violencia contra sí mismo en lugar de querer cambiar la sociedad”.

Lejos de las academias que evitan abordar desde la filosofía asuntos de actualidad, Byung-Chul Han los busca en forma decidida. En Capitalismo y pulsión de muerte da cuenta del “totalitarismo digital”, cuya novedad ahora son las gafas que literalmente escanean nuestro campo visual; el “dataísmo” que todo mide: nuestros parámetros corporales, nuestra ingesta de calorías, nuestras enfermedades, los ciclos de nuestro sueño. Y no falta su reflexión sobre las fotos digitales, las selfis, que son fotografías “sin recuerdo ni historia”, sin amplitud ni profundidad temporales; la pornografía y la belleza (a la belleza le resulta esencial el encubrimiento); la actual crisis del arte que incluye a la literatura, que “es quizás una crisis del amor”, porque elimina al otro y, por supuesto, lo digital, que es para él un punto de inflexión histórica como fue la lectura o la imprenta.