abría preguntarse por qué la gente enciende el aparato de televisión cuando acaba de anunciar que está cayéndose de fatiga y quiere descansar. ¿Las imágenes televisivas serían propicias al relajamiento del cuerpo y de la mente? ¿Provocan adormecimiento de los sentidos y del espíritu capaz de remplazar el reposo que da el sueño?
Sin duda, la televisión tiene el don de provocar en el televidente una pasividad mental que permite descansar al espectador de las imágenes que aparecen en la pequeña pantalla casera. Sin contar que, a diferencia de una oscura sala de cine, es posible cambiar de canal y buscar lo que nos parece más agradable y nos facilita el reposo de la inteligencia y del espíritu.
Mientras se miran distraídamente las imágenes que aparecen en la pantalla y se escuchan sin necesidad de poner atención las palabras que llegan hasta nosotros a través de las bocinas, es posible dejar vagar los recuerdos y la imaginación, sin llevar a cabo el menor esfuerzo de concentración o de memoria. Además, tiene la enorme ventaja de permitir un suave adormecimiento que no necesita del menor esfuerzo ni acto voluntario.
Carlos Monsiváis, si mal no recuerdo, había bautizado a la televisión como “caja idiota”. Aunque acaso la “caja idiota” sea más bien la mente vacía que se deja penetrar por cualquier palabrerío, sin resistir tampoco a la avalancha de imágenes, sean violentas o uniformes, que aparecen en cascada frente a sus ojos.
Sí, en efecto, la pequeña pantalla tiene la virtud de impedirnos pensar e, incluso, poner orden en los recuerdos que brotan en cascada sin necesidad de un ordenamiento cualquiera. Al contrario, su desorden permite un paseo casi placentero por momentos que creíamos olvidados y vuelven de repente a aparecer casi novedosos.
La lectura de un libro, así sea la más ligera de las novelas, exige un esfuerzo mínimo: el de leer. Ver la televisión no necesita una concentración excesiva ni tampoco de un orden cualquiera. Tanto es así que el telespectador puede cambiar de canal cuantas veces desee y cuando se le antoje, sin obligarse a seguir una trama o una discusión.
El único problema es que, la mayoría de las veces, no es posible encontrar un programa que pueda satisfacer la necesidad de distraerse un momento. Sí: de distraer la atención de las inquietudes diarias, más o menos íntimas, que ocupan y desbordan los momentos de tranquilidad que deseábamos ofrecernos.
Para resumirlo en una frase: la televisión tiene la virtud de impedirnos caer en pensamientos inquietantes porque su bondad por excelencia es la de evitar cualquier idea que pueda cruzar por la mente y dar pie a una reflexión cualquiera, por banal e intrascendente que parezca.
Conozco a más de una persona que enciende su aparato televisivo para propiciar el sueño dejándose adormecer por la uniformidad del volumen de sonido y las formas de las figuras limitadas a la pequeña pantalla. Por violentas que sean estas imágenes, nunca tendrán la carga mental y emotiva de las cosas vividas en la realidad.
Así, acaso no se equivocan quienes buscan el descanso que puede ser la ausencia de pensamiento frente a la pantalla de televisión. Se equivocan, en cambio, quienes pretenden inspirarse de lo que ven en los canales televisivos para ver surgir el pensamiento en su cabeza.
Cabría reconocer que la reflexión necesita de la palabra, ese misterioso instrumento que permite nombrar seres y cosas con un nombre que habitan y los habitan. Y la televisión nos regala con imágenes, pero no posee la palabra. Sus sonidos pueden subir y bajar de volumen sin que la emotividad que podrían exhalar se haga presente por sí misma. De ahí tal vez la comicidad de muchas escenas cuando no son acompañadas del sonido y el significado de la palabra.
La palabra guarda su secreto. Ese secreto que es su sentido y sólo existe en ella. Acaso palabra y pensamiento no pueden existir una sin otro, otra sin uno. Y cada lengua, ¿no es un molde del pensamiento?












