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La plataforma como concepto político
L

a reciente creación (en el contexto de las reuniones de Davos) del Consejo de Paz (Board of Peace), conformado por 19 países que entronizaron a Donald Trump como su líder vitalicio, y cuya función sería aplicar a diversos conflictos armados una fórmula similar a la que ejerció el plan de paz de Washington para legitimar la devastación de Gaza, ha suscitado (en la opinión de los expertos) una mezcla entre la hilaridad, el azoro y un franco y nuevo temor.

Hilaridad porque decretaron a un octogenario que confunde a Dinamarca con Islandia como su presidente vitalicio con derecho de veto absoluto. Temor porque el propósito del consejo es el mismo que persigue la Organización de Naciones Unidas (ONU) desde su fundación: lidiar con la gestión global de la paz. Al menos éste fue el argumento que sostuvieron 39 países que se abstuvieron de participar en su inauguración, como Francia, Alemania y Australia –“el consejo desafía claramente a la ONU”, dijo el primer ministro de Canadá–. ¿Realmente puede un organismo de tan sólo 19 países poner en entredicho a la ya de por sí maltrecha Organización de Naciones? ¿O se trata simplemente de otro intermedio de distracción masiva? ¿O del juego esquizo de la Casa Blanca que acaba por ocultar toda dirección definible de su actuación?

El costo por cabeza para participar en la cofundación de este nuevo grupo de filántropos hipotéticos fue de mil millones de dólares. Y el ejercicio del presupuesto quedará bajo exclusivo arbitrio de su presidente. ¿Quiénes aceptaron? Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes, Turquía, entre otros, y los usuales invitados de piedra, Milei, como la nota de color; el presidente de Paraguay también y Tayikistán. Putin bromeó sobre el asunto; dijo que se sumaría si la cuota se extraía del fondo de sus reservas incautadas por los bancos europeos desde el estallido de la guerra de Ucrania. Y no obstante, Bielorrusia, que hoy forma parte del complejo de Moscú, estará probablemente presente. ¿Qué pueden tener en común Arabia Saudita, Turquía y Estados Unidos más que la búsqueda de favores circunstanciales? A primera vista, sólo una vecindad realmente incómoda. Desde la perspectiva ideológica, todos están, digamos, a la derecha de Gengis Kan, no sin despreciarse mutuamente. En términos geopolíticos, lo que los separa supera, por mucho, a lo que podría unirlos; piénsese tan sólo en la postura frente a Israel. Y, sin embargo, las cosas pueden resultar más serias de lo que parecen. Tal vez exista la ambición de un plan mayor en esta suerte de delirio. Dos hipótesis al respecto: una de orden coyuntural y otra de más largo alcance.

La moneda estadunidense ha perdido gradualmente zonas de influencia. La emergencia de China, las regiones alternas de comercio, las sanciones económicas impuestas a más de 40 países… Todo ello ha provocado el repliegue sobre otras monedas, el yuan chino en particular. Pero el punto neurálgico de este desgaste hegemónico sucedió en junio del año pasado: el fin del acuerdo de los petrodólares con Arabia Saudita. Nada pudieron hacer Biden ni Trump para impedirlo. Desde 1974, el petrodólar fue la columna vertebral del bizarro sistema financiero de Estados Unidos, que hizo posible que fungiera como el principal acreedor de la deuda mundial y, a la vez, la nación más endeudada, crónicamente deficitaria. Durante medio siglo, todas las transacciones energéticas se realizaron en dólares. Washington podía imprimir papel moneda a discreción. Sin el acuerdo con Arabia Saudita, terminó esa época, y con ella el sostén hegemónico de Wall Street.

¿No fue acaso el motivo del secuestro de Maduro el hecho de que sus reservas petroleras ya se contabilizaban en yuanes? La ironía de esa brutal intervención es que será el propio chavismo el que capitalice las nuevas y terribles condiciones impuestas por el propio Pentágono a Caracas. Ahora tendrán fondos para financiar su política. Washington puede abducir a un presidente, no a un régimen entero. No sólo eso. Estados Unidos devino desde 2010 un productor de petróleo. Hoy, ya sin petrodólares, necesita mucho más para fijar el precio mundial sobre la base de controlar cuánto se produce o no. Durante dos décadas no requirió del petróleo venezolano. Hoy le urge. Por eso la brutalidad contra Venezuela.

Si se observa con detenimiento, el Consejo de Paz reúne a muchos de los principales productores de petróleo. Se asemeja incluso a un cártel, pero no lo es. Se trata de un cónclave más complejo y, sobre todo, inédito. Una parte central de la política actual de la Casa Blanca habla de un retorno a la era colonial del siglo XIX. Es decir, nos da la impresión de un déjà vu, uno de los más alucinantes males síquicos. Y la mayoría de sus críticos caen en este mal; la impresión de una “locura”.

Yanis Varoufakis comparó al consejo con la antigua Compañía de Indias, base del colonialismo inglés. Aunque ocurrente, la comparación es falible. Steve Bannon, uno de los ideólogos de MAGA, imaginó hace tiempo esta iniciativa: un poder internacional que funcione como una plataforma digital. La relación de sus miembros es casual, temporal y cambiante. La mayoría usan sus servicios y los propietarios cobran los dividendos. En una palabra: la privatización de la geopolítica mundial. Por factible se trata de una alternativa temible. Sólo queda observar si realmente funciona.