Apuntes sobre el son cubano, a propósito de su nombramiento como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad
l son se ejecutó en sus comienzos en las regiones suburbanas del oriente cubano, por lo que se considera de origen campesino. Se mantuvo sólo en esa región de la isla hasta principios del siglo XX, cuando llegó a La Habana.
El son “prendió” en Cuba a nivel nacional entre 1925-1930, época en que tuvo en los sextetos y septetos el más adecuado vehículo de expresión. Esto se debió fundamentalmente a un hecho de carácter económico, pues el apogeo del son coincidió con una aguda crisis económica a nivel mundial y no era entonces fácil ni operante que los músicos vertebraran grupos con muchos ejecutantes como en las orquestas.
Además, los soneros eran gente que pertenecía al sector poblacional más pobre y no contaban con recursos para recibir instrucción musical que les permitiera ser tomados en cuenta en agrupaciones profesionales de procedencia académica. La flauta puede y suele tocarse “por casualidad”, pero no de oído. Cosa bien distinta es la que ocurre con el tres, la guitarra, el bongó, las maracas, las claves, la botijuela y el contrabajo, que son los instrumentos del son en el sexteto. Cuando a este sexteto se le adicionó la trompeta y se convirtió en septeto, la riqueza sonora fue notoria.
En cuanto a la forma literaria de la composición y el canto, los recursos primaros de este género fueron el estribillo y la regina. La “regina” es la denominación que dan a la cuarteta los campesinos del oriente de Cuba, como una muy vieja utilizada por el genial músico cubano Alejandro García Caturla en su Son de los cafetales para grupo coral: La muerte me está buscando / Pa’ llevarme al cementerio / y como me vio tan serio / me dijo que era jugando. Los asuntos del son se vieron muchas veces determinados por la ingerencia de las firmas discográficas estadunidenses que operaban en el país usufructuando el auge de los ritmos cubanos. Es el caso de las empresas Columbia y RCA Victor, que se mantuvieron en franca competencia grabando a destacadas agrupaciones como El Sexteto Habanero (RCA), y el Sexteto Occidente de María Teresa Vera (Columbia), para luego disputarse el fenómeno Matamoros en abierto pugilato que ganó la empresa del perrito.
Los discos de las agrupaciones soneras del momento fluyeron a raudales en un mercado ávido, lo que develó el gran negocio de la grabación. Surgió entonces el sello Panart, el primero netamente cubano, como franca competencia al monopolio estadunidense, y en una lucha parejera llegó casi a desplazarlos.
Tras el éxito de Panart, varios empresarios locales se animaron a entrar al negocio. Según historiadores y conocedores del tema, se ha logrado estimar una cifra de aproximadamente 200 sellos discográficos cubanos que surgieron desde los años 40 y principios de los 60, los cuales ampliaron las propuestas musicales entre melómanos particulares y vitroleros. A fines de los años 30, el son ya era el ritmo más popular de Cuba e imperaba en todo el mundo. Su influencia se dejó sentir en la literatura cuando Nicolás Guillén lo introdujo en la poesía, logrando una verdadera revolución en ese arte.
Este primer libro de Nicolás Guillén fue editado en octubre de 1931. Un año antes, el 20 de abril de 1930, aparecieron en la página literaria del Diario de la Marina, como adelanto, ocho poemas que el poeta cubano tituló Motivos de Son. Cuando el notable ensayista español Miguel de Unamuno recibió y leyó los 27 poemas que recoge el libro Songoro Cosongo, expresó a su autor que éstos lo habían impresionado “como poeta y como lingüista”. En una misiva señalaba: “los he leído y vuelto a leer, se los he leído a amigos míos y he oído hablar de usted a García Lorca. No he de ponderar la profunda impresión que me produjo su libro, sobre todo ‘Rumba’, ‘Velorio de Papá Montero’ y ‘Motivos del son’”.
Luego añadió: “la lengua es poesía. Y más que vengo siguiendo el sentido del ritmo, de la música verbal, de los negros y mulatos. Usted habla, al fin del prólogo, de ‘color cubano’. Llegaremos al color humano, universal o integral. La raza espiritual humana se está siempre haciendo. Sobre ella incuba la poesía”.
Con su carta, Miguel de Unamuno, una de las más destacadas figuras de la literatura hispánica y universal, daba el espaldarazo a un cubano mulato camagüeyano cuyas generales eran poco conocidas hasta entonces, tanto en Cuba como en el exterior. Fue así como el son cubano entró en la poesía, generándose de tal suerte una revolución a nivel universal en este arte.












