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La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro
C

onvaleciente, alumbrándose con velas por una huelga general, Julio Ramón Ribeyro escribía “El chaco”, cuento que le parecía prometedor. Sin un céntimo en la bolsa fumaba cigarros belgas y bebía un té aguado. Era de madrugada, poco antes de escuchar pasar a los obreros rumbo al Metro de Saint-Michel, cuando le llegó el recuerdo de una anécdota ocurrida no hace mucho que lo hizo olvidar por completo la penuria en que vivía y dejar el cuento a un lado. Tan vívido fue el recuerdo que lo registró en su diario el 28 de noviembre de 1961, cuando él tenía 32 años.

Hace unos días habían acudido a una vernissage de la legendaria galería Drouot André Pierre de Mandiargues con su mujer, Bona Tibertelli, y Octavio Paz. La expectación, como siempre, era grande en ese lugar donde las exclamaciones de asombro por una pieza y un murmullo incesante son parte del ambiente.

De pronto, entre los asistentes, apareció un poeta menor que escribía versos en español, ensayos en francés y estaba empeñado en hacerse una carrera literaria: Ricardo Paseyro. Al encontrarse con los tres contertulios que intercambiaban sobre las piezas exhibidas se le fue a golpes a André Pierre mientras le gritaba: “¡cocu!, ¡cocu!”, que significa en francés cornudo, pues Octavio Paz vivía con Bona, también poeta y pintora.

“Octavio Paz trata de defenderlo. Pero Paseyro, que es delgado pero violento, les pega a los dos”. Bona, “al ver maltratados a su esposo y a su amante, se lanza contra Paseyro y le muerde un dedo. Paseyro grita ‘¡concubine!’, y cae al suelo de dolor. Octavio Paz y Pierre de Mandiargues lo rodean y le gritan al unísono: ‘¡faux poete! ¡faux poete!’”

La tentación del fracaso es un diario deslumbrante por sus anécdotas, pero sobre todo por su escritura. Traslúcida, sólo aspira a que miremos lo que ve el escritor o verlo a él en sus días de penuria y amores frustrados. Lo escuchamos también contarnos como confidentes sus encuentros con su paisano Vargas Llosa subido ya al carro de la celebridad.

En Vargas Llosa encontró “una cordialidad fría que establece de inmediato… una distancia entre él y sus interlocutores”. Una tendencia a imponer su voz, “a escuchar menos que antes.

“Quizá una especie de indiferencia o de olímpica capacidad de flotación –estar presente y al mismo tiempo no estarlo– sea un privilegio del talento.

“Tengo la impresión de que cuando uno alcanza cierta fama vive más para los artículos, las relaciones mediatas de la nota, la correspondencia, el coloquio multitudinario de un congreso literario, la entrevista, que para la relación directa de persona a persona”. Todo eso dicho si restar mérito a su obra, que admiraba.

Imposible no dar cuenta de su brutal crítica a Borges, que se convirtió, quizás, en uno de sus mejores homenajes. Ribeyro escribe que no acudió a un homenaje al poeta argentino en París, “el más grande escritor vivo en lengua española” y a quien releía con placer porque se había vuelto “insoportablemente reaccionario”.

“Todos sabíamos que era un hombre de derecha, un caballero conservador, pero de allí a convertirse en apologista de Pinochet con el mayor desparpajo me irrita. Podía haberse quedado callado y le perdonamos sus viejas tomas de posición… Claro que todo esto será olvidado dentro de decenas de años, como se olvidan actualmente tantos detalles sórdidos en la biografía de grandes escritores. Pero no estamos viviendo en el futuro, sino en el presente. Quedarán sus libros, nos olvidaremos del hombre. Como a otros tantos, su talento lo salvará, a pesar de él.”

Días antes de morir, Julio Ramón Ribeyro recibió el Premio Juan Rulfo. Al autor de Pedro Páramo lo conoció en París el 29 de mayo de 1975 en casa de Manuel Scorza. Allí estaban Tito Monterroso, Alfredo Bryce, Sergio Pitol, Enrique Lihn “y gran cantidad de damas y señoritas”. Había mucho vino, pero Rulfo sólo bebía Coca-Cola. “Rulfo respondió a la imagen que me había hecho de él a través de referencias de amigos: discreto, escurridizo, hermético. Cabeza pequeña, cutis seco, contextura frágil”. Conversaron poco, pues Rulfo “fue acaparado por algunos caballeros y especialmente pegajosas damas”.

Ribeyro encontró en Chateaubriand a un escritor “modernísimo, a pesar de ser católico, monárquico, aristócrata y conservador”. Yo encuentro en Ribeyro a un escritor adelantado a su época que deberían leer los jóvenes de hoy. Su prosa fragmentaria va muy bien con los intereses de estos días, donde la vida privada se reparte en pedacería en las distintas plataformas de la web.

Enrique Vila-Matas, entusiasta lector del escritor peruano, ha encontrado en La tentación del fracaso “uno de los diarios literarios más fascinantes del siglo pasado”, donde vida y literatura son una y la misma cosa.

Escribe en el prólogo Vila-Matas que “el fragmento en Ribeyro viaja y baila por todas las líneas de su literatura, porque no pertenece a ningún tipo de registro concreto, sólo es literatura”. Así es.