Antojadiza prohibición de 500 años de tauromaquia con el pretexto de evitar maltrato al toro de lidia en la plaza, no a las especies en los rastros
o que se ve se prohíbe; lo que se hace en lo oscurito, no, aunque el maltrato y “sufrimiento” de otros animales sea peor que en las plazas, como ocurre en la mayoría de los rastros y mataderos del país, a donde ya no llega la sensibilidad de las autoridades antitaurinas y sus legisladores trepadores, pues matar y desollar con procedimientos rudimentarios, por decir lo menos, las especies destinadas al abasto público, además de costumbre milenaria y redituable negocio para muchos sectores es requisito indispensable de la cadena alimenticia. Quizá un día sepamos los motivos reales de este acoso gubernamental contra una tradición mexicana hoy debilitada y vulnerable gracias al autorregulado desempeño de los taurinos y al desinterés de sucesivas autoridades.
En su disertación sobre los orígenes de la fiesta en México, el investigador y bibliófilo taurino Salvador García Bolio, señala: “Nuestra tauromaquia es tradición multicentenaria que nace con raíces entrelazadas a la propia historia e identidad. El 13 de agosto de 1521 cayó Tenochtitlan y cinco años después, el 3 de septiembre de 1526, en la quinta Carta de Relación que Hernán Cortés envió al rey Carlos V, se encontró el antecedente más antiguo de un suceso taurino en nuestro país: ‘Otro día que fue de San Juan, 24 de junio, como despaché este mensajero, llegó otro, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…’
“Nuestra tauromaquia –añade el también creador del portal Bibliotoro– surge antes de las apariciones guadalupanas (1531) y de que fuera establecido el primer virreinato de la Nueva España el 17 de abril de 1535. Tenemos ya el toro y la costumbre. En 1528 el cabildo ordenó y mandó que se corran toros y jueguen cañas… En 1529 que se corrieran siete toros… al igual que el año siguiente. Y en 1535 pide a las carnicerías escoger 100 toros buenos… para los próximos festejos. ¿Toros buenos? En 1535 sólo se seleccionaban toros de entre los silvestres, salvajes y montaraces y con estos se dan los recurrentes festejos taurinos durante los siguientes siglos hasta finales del XIX, cuando ganaderos mexicanos adquieren reses de lidia en España, dando lugar al surgimiento la ganadería brava en el país.
“Durante el siglo XIX, antes y tras la prohibición de Benito Juárez, de 1868 a 1886, se presentó la coyuntura para dar paso a la tauromaquia actual, con cambios significativos al terminar la prohibición. Luis Mazzantini debuta en México el 16 de marzo de 1887 con toros de la hacienda de Santa Ana La Presa. Otros matadores españoles llegan a nuestras plazas y muestran las nuevas normas y formas del espectáculo, refrescándolo. En ese 1887 cuatro plazas fueron inauguradas en la capital: San Rafael (20 de febrero), Colón y Paseo (10 de abril), y Coliseo (18 de diciembre) y tres ofrecieron una temporada de verano: la San Rafael, 25 corridas, y Colón y Paseo, 22 corridas.
“En 1816 nace Luis G. Inclán, novelista, prolífico editor y destacado taurino, empresario en las plazas de toros del Paseo Nuevo, en las ciudades de México y de Puebla. Si bien su nombre nunca figuró en los carteles, actuaba en la parte correspondiente al jaripeo y coleadero, de ahí que obtuviera gran fama. En 1862 publicó Suertes de tauromaquia. Explicación de las suertes que ejecutan los diestros en las corridas de toros, sacada del arte de torear escrita por el distinguido maestro Francisco Montes, publicada en México por Imprenta de Inclán. Consta de 30 estampas taurinas con un texto descriptivo cada una de ellas. https://www.bibliotoro.com/acervo/2915.pdf. En 1865 aparece el primer tomo de Astucia, considerada la mejor novela mexicana del siglo XIX, y al año siguiente el segundo”, concluye García Bolio.












