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Prodigios yucatecos
L

a península de Yucatán es tierra de prodigios, comenzando por su distintiva orografía que está conformada por una gran plataforma de rocas calcáreas marinas que ha venido emergiendo del mar desde hace millones de años.

Esto provoca que el agua permanezca en sus entrañas y para disfrutarla nos brinda los cenotes, con sus maravillosos interiores que forman caprichosas esculturas de piedra caliza.

No es de extrañar que para la antigua cultura maya, además de fuentes de vida, los consideraban sitios sagrados. Entrar en sus aguas y sentirse abrazado por la monumental caverna es toda una experiencia mística.

Y seguimos con los portentos, en la Reserva de la Biosfera Río Celestún, declarada como tal en 2000, con el propósito de proteger el frágil ecosistema formado por unas lagunas de baja profundidad y alta concentración en sales. Éstas, junto con algunas otras de la península, son la morada de la única colonia de flamenco rosado que existe en el norte del continente americano.

Para verlos se alquila una lancha que cruza velozmente la laguna y, de repente, en la lejanía se advierte lo que parece un gran muro rosa, se disminuye entonces la velocidad y conforme nos acercamos se distinguen cientos de aves de vivo colorido que va del rosa pálido a un rojo flama.

Muy despacio, el experimentado conductor se acerca para verlos en toda su plenitud, pero guardando una prudente distancia para no disturbarlos. Son la aves más bellas y elegantes, con sus cuellos largos y esbeltos, sus picos curvos rematados en color negro, que combina con el interior de sus estilizadas alas. Caminan como princesas reales y de pronto entrecruzan sus cuellos, no sé si de juego o en señal de cortejo. Es una experiencia única que se puede tener entre noviembre y marzo.

Para cerrar con broche de oro, muy cerca está el pueblo con restaurantes en la playa, donde puede uno echarse un chapuzón y disfrutar deliciosa comida del mar. Nosotros fuimos al Pámpano, donde degustamos las mejores manos de cangrejo que he probado.

El periplo peninsular continuó al día siguiente con una visita a Uxmal, la impresionante ciudad maya, cuya arquitectura ha inspirado a varios de nuestros mejores arquitectos contemporáneos.

Los primeros pobladores, que eran agricultores, se asentaron hacia el año 800 aC y construyeron algunas plataformas donde levantaron sus viviendas. Al paso de los años, esa comunidad rural se volvió cada vez más compleja, hasta transformarse en un importante centro político-administrativo. En ese periodo se realizaron obras hidráulicas para recolectar y conservar el agua potable, para lo cual construyeron chultunes (cisternas) y conformaron aguadas con las depresiones del terreno.

Entre los años 200 y 600, Uxmal adquirió el estilo arquitectónico propio de la región, el llamado Puuc o de la serranía yucateca. A partir del año 600 se transformó en una de las capitales regionales más importantes de los mayas del norte, desarrollando una variante del Puuc a la que se le ha denominado Tardío, estilo que se caracteriza por la profusión de motivos serpentinos en forma de barras bicéfalas.

Desde el año 700 la ciudad ejerció un fuerte poder económico y político en una gran región. Durante este periodo llegaron los Xiues a Uxmal y trajeron nuevos elementos ideológicos y culturales que se reflejaron en la arquitectura y decoración escultórica de gran parte de las construcciones y prevaleció de manera preponderante el culto a Quetzalcóatl o Kukulcán.

Alrededor de 1200 Uxmal vivió su última etapa, se produjo una ruptura en el desarrollo histórico regional que provocó la caída y abandono de la ciudad, la cual fue ocupada esporádicamente para realizar alguna actividad religiosa en los templos y edificios.

Por fortuna se conserva gran parte de la portentosa arquitectura y ornamentación que la distingue de las otras ciudades mayas. Para mencionar algunas: la Pirámide del Adivino, el Cuadrángulo de las Monjas, el Juego de Pelota, el Palacio del Gobernador y la Casa de las Palomas.

Sus construcciones son representativas del estilo Puuc, con muros bajos lisos sobre los que se abren frisos muy ornamentados. Los famosos mascarones del dios de la lluvia: Chaac, con sus grandes narices que representan los rayos de las tormenta –que inspiraron las lámparas del Palacio de Bellas Artes– y serpientes emplumadas con las fauces abiertas de las que emergen seres humanos. Es una visita deslumbrante.

En memoria de Hernán Lara Zavala y su gran libro Península, Península