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China: la construcción de otro mundo posible
A

nte el paisaje de decadencia evidente de la civilización occidental, y cuando la idea de una esperanza histórica para la humanidad parecía haberse extinguido, emprendí un viaje a China. No buscaba confirmar ninguna tesis previa; el desplazamiento fue casi accidental. Sin embargo, esa experiencia alteró profundamente mi visión del mundo contemporáneo, mostrándome que otro tipo de proyecto civilizatorio ya no era una utopía lejana, sino una realidad en marcha, y que la historia puede enseñarnos a proyectar alternativas posibles, aun en medio del caos global.

La milenaria China se erige hoy como una de las fuerzas más dinámicas de nuestro tiempo. Representa el crecimiento más veloz de un país en la historia moderna y un sistema económico y político singular. Ha sabido sortear inmensas dificultades históricas para consolidar una civilización que celebra su pasado milenario y se proyecta con determinación hacia el futuro.

En el año en que nací, 1978, Deng Xiaoping inició la gran apertura económica de China sin abandonar los principios socialistas de su antecesor Hua Guofeng ni de Mao. Logró conjuntar visiones que parecían incompatibles desde la perspectiva liberal: un Estado arraigado en una visión socialista junto con la activación de un modelo económico impulsado por inversión extranjera, dando lugar a una economía mixta bajo la regulación plena del Partido Comunista.

Durante los años 90, China pasó de ser la gran maquiladora barata del mercado global para convertirse en un centro de manufactura de alto valor. Este proceso, consolidado a partir de 2010, la transformó en la potencia tecnológica e industrial que conocemos hoy. Desde 2016, es la principal economía mundial, según el Fondo Monetario Internacional.

Nada de esto sería posible sin una planificación meticulosa del desarrollo social, político y económico. Para los liberales que defienden el libre mercado sin control del Estado –y se presentan como enemigos absolutos del comunismo– conviene recordar que toda esta organización es fruto de los planes quinquenales que emanan del Partido Comunista, iniciados en 1953 con Mao en el poder. Esto también es posible gracias a la historia de un país que atravesó guerras civiles, hambrunas e intervenciones externas. China denomina al siglo XIX “el siglo de la humillación”, periodo en el que perdió territorios estratégicos y aceptó tratados desiguales impuestos por potencias occidentales y Japón. De esa experiencia surgió un profundo sentido de unidad nacional, soberanía y protección de sus fronteras.

Dos mil años de influencia del pensamiento confuciano han moldeado una perspectiva política distinta a la occidental. El tejido político chino es sólido, producto de largos procesos históricos; no puede juzgarse de manera superficial. A menudo se dice que en China no hay democracia, pero la realidad es que el pueblo participa de manera mucho más directa en el rumbo político que en Occidente, en una forma de “democracia sustantiva”, ejercida a través de consultas locales, sindicatos, asambleas populares y el Congreso Nacional del Pueblo. No es multipartidista –modelo que en su alternancia genera inestabilidad–, sino que tiene un sistema basado en la meritocracia: gobierna quien ha demostrado mérito como pensador, dirigente y servidor público.

China redefinió el socialismo: el mercado funciona como medio, no como fin, y sectores estratégicos como energía, transporte o banca dependen del Estado, que regula la economía para garantizar competencia saludable. Desde los tiempos de Mao hasta hoy, existen escuelas de marxismo en cada universidad y es obligatoria la formación en filosofía marxista, historia del Partido Comunista y pensamiento de Mao, Deng y Xi. El marxismo en China se estudia y se practica, no es propaganda.

Hace poco leí un artículo en El Economista que me maravilló: el fundador de Huawei, una de las grandes empresas tecnológicas multinacionales, es dueño sólo de un por ciento de su empresa, el resto pertenece a los trabajadores y a un comité sindical que administra el programa de propiedad accionaria. Este ejemplo concreto muestra con claridad la diferencia social entre China y Occidente: aunque hay ricos, el Estado y el Partido regulan sus acciones para impedir el enriquecimiento ilimitado. Ese principio marca una de las diferencias estructurales más profundas entre China y las democracias liberales contemporáneas.

China no sólo genera riqueza: construye equidad, estabilidad y un proyecto civilizatorio con sentido histórico. Hoy, este proceso ofrece una lección para el mundo contemporáneo: pensar lo imposible y proyectarse hacia un futuro compartido, donde la coordinación entre Estado, sociedad y cultura permita la construcción de alternativas viables y sostenibles.

* Creadora escénica, compositora y actriz