a promesa de Donald Trump de deportar a todos los migrantes indocumentados –ahora calificados como criminales para facilitar su captura– cada vez se complica más. Ya no es sólo un asunto de financiamiento: existe una resistencia generalizada de la población frente a la manera en que se realizan los operativos, a las detenciones arbitrarias de vehículos y a la invasión de la propiedad privada para llevarlos a cabo.
Los ejemplos aislados de solidaridad con los migrantes se han convertido, en muchos casos, en una respuesta masiva de la población, que se opone a las redadas y al accionar de la migra (ICE). La suma de muchos episodios, que podemos ver todos los días en las redes sociales, llegó a un punto de inflexión con el asesinato de Renee Good, a quien podríamos calificar como solidaria, amiga de la causa migrante y madre de familia. Pero lo que ha causado mayor impacto es el asesinato a sangre fría de una ciudadana y, para ponerlo en el contexto racial que se vive y se practica del otro lado, una mujer blanca.
Los múltiples videos de la escena muestran a Renee hablando con los oficiales, con la ventana abierta, mientras maniobra su coche para salir de una calle bloqueada por el operativo. Su pareja filma la escena; luego sube al vehículo y, poco después, se escucha un insulto por parte del agente y tres disparos, a quemarropa, en la cabeza. No hay ningún video que indique peligro alguno para el oficial del ICE por un posible atropello ni intención de la conductora de hacerlo.
No obstante, la versión federal, presentada por la secretaria de Seguridad Nacional , Kristi Noem –responsable del accionar del ICE–, afirma que se trató de “terrorismo doméstico” y de un intento de atropellar al oficial. Una versión similar, y aún más aderezada, fue la del vicepresidente J. D. Vance y la del propio Trump. Por su parte, tanto el alcalde de Mineápolis como el gobernador de Minesota ofrecieron una versión totalmente distinta.
Éste es, quizá, el ejemplo más claro de la polarización que existe en Estados Unidos, tanto en la opinión pública como entre demócratas y republicanos. Justificar un asesinato a sangre fría, a la vista de todo el mundo, se ajusta de manera clara y precisa a la creciente inmunidad de la que gozan los agentes del ICE: tienen carta blanca para hacer lo que quieran.
Al mismo tiempo, afloran con cada vez mayor frecuencia las pulsiones profundas de una verdadera simpatía, respeto y cariño hacia la comunidad migrante. Hace ya un tiempo quedé muy impresionado por el testimonio de una mujer blanca y estadunidense que narraba en TikTok su apuro por ir a participar en una manifestación contra la migra en la ciudad de Los Ángeles.
Cuenta que de joven era bastante acelerada y que se relacionó con un grupo de jóvenes de origen mexicano. Con uno de ellos tuvo un hijo y su madre la expulsó de la casa. Como no tenía dónde ir, se fue a vivir con su suegra. Allí permaneció algunos años y relataba que, para su suegra, ella era su hija y su nieto lo más preciado; vivió feliz durante ese tiempo. Luego se separó y tuvo otro hijo con una persona distinta. Aun así, podía volver a esa casa y siempre era recibida con el mismo cariño.
El día de la manifestación no tenía con quién dejar a sus hijos y los llevó a casa de su ex suegra para que los cuidara. No podía faltar a esa cita: su madre biológica la había despedido y abandonado, mientras una madre mexicana la había acogido. Ya no había relación con su ex novio, pero persistía, de manera muy profunda, un vínculo afectivo con esa familia y con esa comunidad que estaba siendo acosada y perseguida.
Vivir dentro de otra cultura, en el seno de una verdadera familia, la transformó para siempre, y esa experiencia se convirtió en solidaridad y posicionamiento político, en un momento en que toda la comunidad migrante y latina es acosada y perseguida.
No todo es color de rosa. Muchos de los miembros del ICE son de origen latino o mexicano; son especialmente valorados por ser bilingües. Los vemos hablar en español y pedir papeles. Muchos de ellos son incluso más rigurosos que los propios gabachos, como si tuvieran que demostrar públicamente su fidelidad y compromiso.
La solidaridad y la resistencia se enfrentan a otra actitud muy estadunidense: la de ser vigilantes, la de sentirse con la obligación de denunciar al vecino que hace ruido, al compañero de trabajo que llega tarde, o a cualquier persona que pasea o se estaciona en el barrio y es considerada sospechosa.
La política antinmigrante de Trump activa estos mecanismos de respuesta en la sociedad estadunidense, que se siente amenazada por los migrantes, al considerarlos criminales. De este modo se ha generado una dinámica del miedo en ambos lados de la ecuación. Es racismo puro y duro: si los negros, por el solo hecho de serlo, generan miedo y rechazo, ahora los migrantes –equiparados a criminales– también.












