n año pasó y la imaginación falló: nada que celebrar. Trump sigue su ominosa ruta hacia el colapso global y nosotros asistimos a la callada como forma oficial de comunicación. Poco o nada que deliberar, mucho para asumir como única vía.
No es nuestra, pero el gobierno parece gozar esa impuesta e improductiva unanimidad. No se trata de volver al juego de las cifras, que de modo tan infortunado el presidente López Obrador hizo suyo como forma oficial de la aritmética; lo que tenemos enfrente, vecinos del Gólem y ciudadanos en estreno, es la creación de un sentido de México en un mundo acosado por el delirio y en una economía que se mueve a través del lodo, pero sin atender a ninguna referencia.
Todo es ocurrencia, pero el cambio de época que antecediera el remolino actual nos indica la conveniencia de no quitar mente y mirada de un pasado que no termina. El presente continuo tan aborrecido por las mentalidades racionales, como la del siempre recordado Norbert Lechner, parece haberse impuesto a concepciones de toda especie, aferradas y vetustas sensibilidades y creencias, o en busca de nuevas maneras de entender nuestro mundo. Loca ironía, cuando lo aconsejable pareciera ser limpiar la mirada y calibrar el pulso. Y, de ser necesario, rectificar el rumbo.
Subsistimos bajo un cambio de época, obligada consumación de una atropellada época de cambios, absorbidos por un torbellino que se presta a imaginar los más oscuros panoramas, donde la multiplicación de nacionalismos, conflictos bélicos, flujos migratorias, desastres climáticos, ampliación de vulnerabilidades y desigualdades facilitan la multiplicación de discursos grotescos e irracionales. Desde ahí caciques de toda laya manipulan sociedades e imponen criterios de evaluación y lealtad.
Buena parte de los países europeos resienten su cercanía con una geopolítica cuyo diseño dejó de ser funcional y ven el avance imparable de su cambio demográfico, dominado por el envejecimiento y las migraciones. Y, aunque en el continente asiático parecen despuntar impetuosos proyectos, no parecen tener bases suficientes que apoyen una reproducción duradera de su fuerza de trabajo, una cohesión social con posibilidades de dar paso a regímenes políticos de participación e intercambios democráticos.
En palabras del economista Dani Rodrik: “Europa no proyecta hoy ni fortaleza económica ni cohesión política. Su confianza en sí misma parece haber tocado fondo como lo demuestra la forma en que la UE ha cedido ante las amenazas arancelarias de Trump.
“Los líderes europeos esperaron durante mucho tiempo que la integración aumentara el poder y la influencia de la región en el escenario global. En cambio, la UE parece haberse convertido en una casa a medio camino permanente que fomenta la parálisis.
“Trump ha (…) facilitado que China se haga pasar por el adulto responsable de la sala, y Xi se ha enfundado con gusto el manto del (…) ‘Estado de derecho internacional’ (…) Pero nadie debe engañarse sobre la naturaleza del régimen chino (…) China sigue siendo un país altamente autoritario” (“¿Quién modelará ahora la democracia?”, Project Syndicate, 9/9/25).
Entre nosotros, desde nuestro “Extremo Occidente”, pedazo del mundo llamado así por el político y diplomático Alain Rouquié, hemos pasado del malestar en la democracia al pleno abuso de las reglas democráticas construidas, no sin grandes dificultades. Además, nuestra economía registra un crecimiento a ras de suelo y díficilmente se puede sostener que el bienestar social tenga avances sostenibles en el tiempo; sigue en reserva la hora de la igualdad propugnada hace más de una década por la Cepal. Y postulada constitucionalmente por los mexicanos.
Hay que repetirlo: México requiere crecer y dar empleos suficientes para dar sostén a su sociedad. Hay que insistir en el punto. Invertir más para que el crecimiento sea sostenible; aumentar la tributación de los más ricos y gastar mejor. Se trata de que el Estado cuente con el financiamiento necesario para cubrir con eficacia (desde luego con transparencia) las necesidades, asumir sus prioridades, máxime si por fin se considera la inoperancia de la austeridad, absurdamente llamada política, que nos ha llevado a graves deterioros de servicios, bienes e infraestructura. Y humores.
Rotas las reglas fundamentales, necesitamos (re)definir nuestro perfil productivo, contemplar modernos vínculos entre industria, territorio y población que nos permitan contar con una infraestructura dinámica y un sistema energético congruente con un desarrollo sustentable. Se trata de recuperar y actualizar la capacidad del Estado y de la sociedad misma para hacer política económica, para trazar estrategias que tengan en la igualdad y la equidad sus criterios centrales.
Tareas mínimas que parten de la capacidad que todas las fuerzas políticas y actores sociales tengan para llegar a un acuerdo democrático, tejer una voluntad colectiva que haga propios el valor y el sentido de la justicia social.












