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Europa: momento de definiciones
L

a Estrategia de Defensa Nacional para 2026 difundida el viernes por el Pentágono establece como prioridades “la defensa del territorio nacional y la disuasión de China”, mientras las alianzas y los socios deberán “tomar la iniciativa frente a amenazas que son menos graves para nosotros, pero más para ellos, con apoyo crucial, pero más limitado, por parte de Estados Unidos”, mensaje que en Europa se lee como una retirada de Washington de la contención de Rusia, considerada en el documento una amenaza “persistente pero manejable”.

Después de cinco años de trumpismo, la sustitución del imperialismo transatlántico por el unilateralismo estadunidense no toma desprevenidos a los gobernantes del viejo continente. De hecho, el jueves 22, la Unión Europea efectuó una cumbre de emergencia para replantear su relación con Estados Unidos y prepararse ante nuevas crisis desatadas por el peculiar entendimiento trumpiano de las relaciones internacionales.

En días pasados, tanto el presidente francés, Emmanuel Macron, como el canciller alemán, Friedrich Merz, habían reconocido la necesidad de articular estrategias de defensa autónomas de Washington, es decir, reconocer que han llegado a su fin casi ocho décadas de gestión conjunta de un área de influencia que se extendió a todo el globo desde la desaparición de la Unión Soviética. Sin embargo, al mismo tiempo que asumen su soledad geopolítica, los dirigentes europeos redoblan su obsesión de aniquilar a Rusia como potencia con intereses soberanos. El problema para Europa es que no puede articular una política independiente de Estados Unidos mientras se mantenga en guerra con Moscú, y no puede enfrentarse a Rusia sin el paraguas nuclear y el armamento estadunidense. Bruselas y Londres han de elegir entre dos objetivos inconciliables.

Para comprender cómo se llegó a este punto, es preciso remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial. En la posguerra, supeditar su defensa y buena parte de su política exterior a Washington permitió a la Europa capitalista construir robustos Estados de bienestar: mientras Estados Unidos quemaba recursos virtualmente ilimitados en la carrera armamentística con la Unión Soviética, las potencias europeas levantaron inéditos sistemas educativos, de salud, vivienda y seguridad social, gracias a los cuales la economía de mercado tomó un rostro humano que disipó el atractivo del socialismo y enterró, se creía que para siempre, la combinación de desigualdad y odio a la diferencia en que surgieron los fascismos.

Hoy, esa lógica no tiene sentido: los Estados de bienestar se han erosionado hasta volverse irreconocibles por el avance gradual pero constante del neoliberalismo, y la delegación de la defensa ya no representa ningún ahorro cuando Donald Trump obliga a sus socios a destinar un irracional 5 por ciento del producto interno bruto al gasto militar. En este nuevo contexto, Bruselas encara una disyuntiva: o renuncia a la política de arrinconar a Rusia o completa la destrucción en curso de los Estados sociales para alimentar la maquinaria bélica, sin ninguna certeza de triunfo en el campo de batalla al que se apresta a acudir.

El auge de los discursos y los partidos de ultraderecha en toda Europa anticipa con claridad el resultado de tomar el segundo camino: la hiperconcentración de la riqueza, la pérdida de derechos sociales básicos y la inequidad echan a las mayorías a los brazos de fascistas (eufemísticamente llamados “populistas de derechas”), cuya táctica consiste en usar a minorías como chivo expiatorio de los males generados por el capitalismo. En la primera mitad del siglo XX, las fobias occidentales se dirigieron contra los judíos, mientras ahora lo hacen contra los inmigrantes no blancos y los practicantes del islam, pero la dinámica es la misma, y la única manera de parar la marcha hacia el abismo consiste en restaurar el bienestar de las clases trabajadoras antes de que su justo malestar sea instrumentalizado por políticos y empresarios sin escrúpulos.

Los recursos para hacerlo existen y no es ningún misterio dónde encontrarlos: basta con revertir los ruinosos recortes de impuestos a los ultrarricos y gastar con sensatez las fortunas que hoy se desvían a la guerra y la preparación para la misma. Esto último exige la coexistencia pacífica con Moscú, para la cual basta con renunciar a la expansión de la OTAN hacia el Este, lo cual, además, es un compromiso suscrito por Occidente durante la desintegración de la URSS. En este sentido, es necesario recordar que la invasión a Ucrania nació de la insistencia del ex presidente estadunidense Joe Biden y sus socios europeos en atravesar una línea roja explícita al sumar a Kiev al pacto antirruso. Si desistiera de ese delirio imperial en el que ya ni siquiera puede contar con el apoyo de Washington, Europa recuperaría un importante mercado, a su proveedor más fiable y barato de energía, y liberaría el presupuesto tan necesario para blindar a las democracias liberales de la amenaza neofascista.