dificar un imperio que dure mil años ha sido la ambición de trágicas aventureras y aventureros. Personajes controvertidos y pueblos obedientes formaron su coro. Pocos lo han conseguido. Otros, aunque hayan llegado cerca, no se les reconoce: los venecianos, además de los egipcios, fueron, quizá, los que lo lograron a medias. Y ello sin haber conquistado con sus armas al mundo, entonces “conocido”. Utilizaron otros medios, también eficaces para imponerse: sus navíos para las cruzadas, la diplomacia y el comercio. Hasta que llegó Napoleón y les arrebató la continuidad, en 1809. Su importancia inició después de haber sobrevivido varios siglos, siguientes a la destrucción del imperio romano de occidente: año 450 dC.
Hitler y sus secuaces, mucho después, lo plantearon como añoranza. Trágica ilusión del Reich alemán que causó devastación y muerte. En estos confusos días, parte de la élite americana sueña con prolongar su tambaleante hegemonía al costo que sea. Han liderado la actual esfera global de poder ya bien entrada la segunda centuria. Aunque, según señales y analistas, todo apunta hacia un declive paulatino, pero cierto, de su preponderante posición. Abundan los indicios que señalan hacia la incapacidad y decadencia de sus posibilidades reales para alcanzar, siquiera, la mitad de este milenio en tal posición La emergencia, cada vez más reconocida de otras potencias, les obligan a ceder parte de sus esferas de influencia y dominio.
No han renunciado, empero, a sus capacidades y beneficios de potencia mundial dominante. Antes bien, las han, celosa, secretamente a veces, reafirmado. Confían, crecientemente, en sus músculos financiero, de mercado, tecnológico, de inteligencia y, sobre todo, militar.
El propósito es prolongar sus bastos privilegios como imperio que han sido y desean seguir siendo. En la ruta para lograr tan ambicioso cometido, han redoblado sus mandatos y desplantes. Aunque, ahora, ante la incapacidad de, simplemente, imponerse con cierta naturalidad y medios distintos, reinciden, cada vez más, en actitudes y prácticas de castigo, chantaje y de amenazas cotidianas. Ahora, lo importante parece ser, finalmente, dominar, subyugar, al costo que sea necesario, para imponer condiciones y obtener utilidades concretas. Los países periféricos a su entorno vital no tienen más opción que obedecer, subordinadamente, al que consideran inapelable mando. O, como a veces sucede, aceptando, subordinadamente, sus indicaciones. Tal actitud y propósito se revela, inescapable, en sus varios desmanes. No paran mientes para atropellar a un país. Lo hicieron en Irak, Vietnam, Libia o México. Y lo hacen también en Venezuela por resistirse a seguir sus directrices. Maduro y su gobierno pretendían negociar su abundante petróleo en divisas lideradas por la moneda china. Una tentativa muy por fuera de sus posibilidades reales. Como a varios de los nombrados anteriormente, a Maduro le costo la invasión, extracción y cárcel el intento.
El presente apunta hacia un equilibrio entre Estados Unidos y una creciente coalición, integrada por varios países, (BRICS) Ya se introdujeron –aunque todavía incipientes– intercambios de fuerza y posturas firmes que puede, incluso, derivar en conflictos mayores. Es un arreglo que mucho depende de sus propios liderazgos y, en especial, de la intensidad de las ambiciones que desplieguen dichas élites, en especial las gringas. Y ahí estriba, precisamente, el peligro actual. En la entronización de esas ilusas élites en el rejuego del reacomodo geopolítico. Se tienen, incluso, que considerar a las élites que provienen del medio empresarial o las del ámbito público, militar y académico. Todas ellas se van rebelando como coaliciones preponderantes en la conducción de estrategias para el reacomodo continuo de grandes esferas de fuerzas. La terrible aportación que adelanta la actual administración del presidente estadunidense, Donald Trump, hace que, el ambiente general sea, por demás, inestable. Alerta sobre arraigadas posturas de un entorno cargado a la derecha, poco ilustrado pero voraz. Pero las actitudes y valoraciones son parecidas, casi idénticas. No varían en cuanto se tratan de imponer condiciones unilaterales. El sueño por los siglos está ahí.
En el fondo de la exigencia trumpiana de apoderarse de Groenlandia reposa ese desbocado intento de ser recordado por muchos años. Todas las rispideces provocadas por los desplantes, los abusos, caprichos o errores en el uso de la fuerza, se pueden difuminar con logros, aventuras, apañes de valiosas posesiones. El mecanismo democrático-electivo, como esperanza de control interno, puede usarse, pero es, también, cambiante y manejable. Los retenes, incluso los contrapesos de fuerza y negociación que introducen otras naciones poderosas, obligan, a tomar decisiones de pertenencia. La medida adoptada para matizar cualquier inclinación recae, en mucho, sobre el lugar geográfico ocupado y el grado de soberanía propio.












