Opinión
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La sofisticación de lo Rupestre
E

ntre las décadas de los 70 y principios de los 80, el rock mexicano reflejaba las transformaciones sociales, políticas y culturales, particularmente de la ciudad capital. Los espacios de expresión cultural, casi en su totalidad, estaban siendo institucionalizados o cooptados por el partido político en el poder. Había que inventarse los espacios.

El mundo de la llamada Nueva Canción, emanada de los movimientos musicales del folclor y la protesta, fue en muchos casos donde se formaron los rupestres, quienes se distinguieron por criticar las condiciones sociales que enfrentaban los jóvenes, con un lenguaje distinto, en muchos sentidos, influidos por la protesta radical y militante de figuras como Judith Reyes, José de Molina, Enrique Ballesté o León Chávez Teixeiro.

Tras el cierre de espacios para el rock, las peñas folclóricas fungieron como espacios propicios para los proyectos culturales de una “izquierda musical” en transformación. Cuando el canto nuevo se vuelve más comercial y la protesta sufre una profunda desbandada, muchos de los “cantonoveros”, focloristas y protestosos, tomarán la carretera del rock, el blues, el jazz y la fusión, resultando las peñas como semilleros no sólo de los futuros exponentes de la trova, sino también de un rock mexicano particular, y el movimiento Rupestre, entre otras propuestas musicales de honesta originalidad, tomando postura frente a la etiqueta mercadológica llamada “rock en tu idioma”. De ahí la importancia de Rockdrigo y su insistencia en explicar la sofisticación de la guitarrita de palo; música en construcción que experimenta con ritmos populares e instrumentos tradicionales; blues, son, huapango, conservando una temática que apele a la realidad social; un rock desde el lenguaje y las experiencias cotidianas de la juventud urbana mexicana.

En una entrevista con Antonio Malacara, Rokdrigo expresó: “Yo pienso que aunque haya mucha gente que escriba canciones de que todo está bien bonito y de que no hay bronca con nada, la cuestión está tosca, loca. Está más dura que en el tiempo de los hippies, cuando muchos adquirimos conciencia de que todo el sistema que te imponen es una mentira. La mayor parte de las rolas comerciales que se escriben son puras mentiras. Se le engaña a la gente, no se le dice la verdad, se le están vendiendo paraísos artificiales ”.

El Manifiesto Rupestre rechaza el virtuosismo, la tecnología y la academia musical; lo cual no impidió propuestas de gran calidad: Rockdrigo, Jaime López, Roberto González, Carlos Arellano, Paco Barrios, Rafael Catana, Emilia Almazán, Nina Galindo o Armando Rosas, entre muchos otros. Para Rockdrigo, el nombre aglutina una serie de actitudes:

“No la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla, como acostumbran los no rupestres, pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores.”

Los roqueros que se arriesgaban a este lenguaje más crudo y cotidiano, sin renunciar a la intención poética, se enfrentaron al cierre de espacios, redadas y pretextos para evitar conciertos, por eso la importancia de foros como el Tianguis cultural del Chopo, el Foro Tlalpan, el Foro Isabelino, el legendario Rockotitlán; librerías como Gandhi, El Ágora o Eureka; El hijo del Cuervo, la Rockola; lugares que, en términos de Rafael Catana, representaron la ruptura con las peñas, las cuales se volvieron más para la clase media alta, donde se podía escuchar jazz, heavy o techno, más fácilmente que a un rupestre. Jaime López opina que en los 80 el rock se volvió folclor al retomar elementos de la cultura popular. Un profundo giro que regresa a la guitarra y la voz, en la búsqueda y construcción de, señala Tere Estrada, “verdaderas historias del albur y juegos de palabras, giros citadinos y de la frontera norte para integrarse a una realidad ‘chilanga’: cruda y cruel, apasionada e indiferente.” De ahí su particular significación, de ahí también su sofisticación

Estos músicos desafiaban la tecnología y las industrias culturales; reivindicaban talento e ingenio cuando no se contaba con el dinero necesario para acceder a esas tecnologías. Lo central era la subversión que para el rupestre significaban una guitarra y una voz, ante la sofisticación que suponía la tecnología. Voces que cantan en nombre de los jóvenes que sólo vieron pasar la prometida modernización y participaron de una nación que no fue.

Cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos
prisionero iluso de esta selva cotidiana,
y como hoja seca que vaga en el viento

* Autora de Cantar de fuego