Opinión
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Universidad e intervención
L

a agresión contra Venezuela ha creado un balance de fuerzas muy desfavorable para México y para el resto de América Latina. Si pese a la heroica resistencia de los guardias cubanos y venezolanos las fuerzas de Estados Unidos pudieron realizar un ataque armado en la capital, capturar al presidente de la república y llevarlo ante una corte estadunidense, entonces mucho más de eso se vuelve repentina y amenazadoramente posible.

Cada vez se exigirá más a México y cada vez será más difícil y problemático contrarrestar y resistir. De ahí que para nuestro país no se pueden repetir los errores del pasado, como cuando en los años 80 se rechazó la unidad latinoamericana y México negoció solo la deuda. Ni cuando en los 90 desdeñó las iniciativas de vinculación con fuerzas obreras y educativas de los tres países y sus propuestas y advertencias. Estos huecos significaron altos costos en la educación, aunque, debe decirse que, pese a ser importantes, no borran, ni cambian la historia.

Después de más de 200 incursiones militares de Estados Unidos contra México (ver recopilación de García Cantú) las y los mexicanos no podemos olvidar ni debemos dejar de ser radicales en nuestra exigencia de respeto. Más cuando hay ya profundos cambios de correlación mundial y en el capitalismo que hoy afectan críticamente a Estados Unidos. Todavía en los años 90 –con el neoliberalismo– las y los mexicanos éramos considerados “socios”; ahora hay un nuevo y difícil clima que diluye aquellas ilusiones. Lo que sí queda, y bien arraigado en la educación y la universidad, es la transformación neoliberal que se les impuso como parte de la adecuación del país al nuevo marco trinacional.

El anteriormente vigente proyecto de universidad democrática, abierta, crítica y orientada a las necesidades amplias de conocimiento de comunidades, organizaciones, regiones y personas, fue sustituido por la concepción de la universidad pública como institución de paga, vertical y autoritaria, de acceso restringido, internamente segmentada y, con el uso de conceptos vacíos, como el de calidad e innovación, orientada a las necesidades empresariales, gubernamentales y de las élites locales y trasnacionales. Como esta universidad resultó incapaz de responder a las demandas de más cupo, tuvieron que crearse instituciones públicas de bajo costo y nula participación y democracia institucional: las universidades tecnológicas, las del bienestar y profesionales (como la Rosario Castellanos y la de la Salud).

El resultado ha sido intrascendente: ni en cupo, ni en orientación, las universidades y escuelas están cercanas a la altura de lo que necesita de su educación un país y una región que vive en amenaza militar. Se requiere una educación con una intensa participación institucional, comunitaria y ciudadana; para formar en la defensa y resistencia a una ciudadanía con conocimientos profundos de la historia del país y de los objetivos sociales de las profesiones. También, con una conexión intensa de investigación y difusión con los procesos de liberación locales, regionales y nacionales. Porque de ellos surge la fuerza política, cultural y social capaz de sustentar durante siglos las luchas por la soberanía, la independencia y la creación de núcleos de poder en naciones latinoamericanas y en el mundo. Núcleos que sirven de contrapeso a las potencias hegemónicas. Y requiere de procesos democráticos, acceso libre a la educación gratuita, y sustituir a la actual costosa y conservadora burocracia neoliberal, mediante la creación o fortalecimiento de fórmulas de gobierno que contengan una mayor y decisiva participación estudiantil-académica.

Es esto urgente porque la derecha que reina en las instituciones ha generado una ceguera ante la realidad del país y una hiriente inequidad institucional. El conjunto de funcionarios y superacadémicos de la UAM, por ejemplo, tiene ingresos de hasta 190 mil pesos mensuales (Gómez Mena, C., La Jornada, 11/01/2026), mientras una mayoría del personal administrativo y académico (asistentes, asociados, ayudantes, temporales) puede llegar a ganar menos de 10 mil pesos al mes.

Al crear y vivir oficial y confortablemente esta desigualdad –sin criticarla y, menos, eliminarla– la universidad contribuye a justificar la desigualdad nacional. Sólo el sindicato (Situam) está en desacuerdo y con su demanda salarial y emplazamiento a huelga para el próximo 1º de febrero, respalda la petición implícita de una distribución equitativa del recurso disponible. De manera que no queden en la miseria los que ahora más ganan, pero que haya estabilidad y mejores ingresos para el resto, contratación de más profesores, admisión de más estudiantes y, por tanto, lo más necesario en esta nueva época, una más fuerte y activa comunidad, consciente de su país y de su ahora peligrosa circunstancia. Así, en la universidad, Donald Trump habrá perdido la más importante batalla.

* UAM-X