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El clivaje de la despoblación
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as estadísticas parecen ser cada día más incontrovertibles: la era de la despoblación ha comenzado. Se trata de un fenómeno global que abarca tanto a las naciones ricas como a las más pobres, a los países del norte y a los del sur, a las más disímbolas clases y franjas sociales.

En la actualidad, las tasas de natalidad son inferiores a las de mortandad en México, China y Pakistán. En Europa occidental, el descenso absoluto de la población total se inició hace más de una década. En España, Italia y Grecia han surgido cientos (si no miles) de pequeños pueblos casi abandonados. Pueblos fantasmas, que antes albergaban a miles de pobladores, tradiciones ancestrales y culturas profundas. Hoy la maleza los ha empezado a devorar. Ya no hay quien los habite. En Rusia y Europa oriental, la mayoría de los jóvenes han emigrado sin retorno; se les puede ver deambulando en los guetos y las calles extraviadas de las ciudades occidentales.

Las tasas mínimas de remplazo de la población (2.1 hijos por cada mujer) quedaron atrás hace años en India (1.8), Australia (1.4) e Irán (1.3). La tendencia afecta por igual a sociedades vinculadas al islam, el catolicismo o el budismo. Corea del Sur es el caso más impactante: en promedio, una mujer coreana da a luz a menos de un hijo, lo cual significa que muchas de ellas no pasarán por la experiencia de la maternidad (ni los hombres por la de la paternidad).

En rigor, se trata de un viraje demográfico que no sólo toma por sorpresa a sociólogos, economistas y científicos sociales, sino a la formas más profundas y sensibles en la que sociedades enteras perciben el futuro. Todo en el mundo contemporáneo estaba concebido, planeado y preparado para hacer frente a un crecimiento gradual de la población. Hoy, simplemente, estamos impreparados conceptual, política y anímicamente para hacer frente a un orden en vías de su despoblamiento.

Los demógrafos se han apresurado a urdir e imaginar teorías que expliquen este súbito giro. Se trata de aproximaciones precarias e iniciales, aunque sirven como punto de partida para la discusión. En principio, su objeto de estudio es prácticamente imposible de pensar. ¿Cómo adentrarse simultáneamente en las condiciones de vida de cientos de millones de personas que habitan en las más disímbolas latitudes geográficas, religiosas y sociales? ¿Cómo acercarse a sus mentes y a sus corazones? Nadie ha inventado hasta ahora la etnografía global, y es improbable que suceda.

Sin embargo, como sugiere la socióloga Jenny Mowely, en este ámbito existe un factor que, por más inexpugnable que sea, resulta finalmente decisivo: el misterioso objeto del deseo femenino. Toda especulación sobre los orígenes sociales, económicos y sicológicos de la despoblación que viene comienza en una simple y elemental pregunta: ¿cuántos hijos desea tener una mujer y por qué? Son ellas las que deciden el pulso del mundo, esta peculiar inversión del Zeitgeist.

Durante décadas, la idea predominante fue que a más bienestar económico y social, el número de hijos tendía a decrecer. Hoy esta idea se ha revelado como inexacta y debe ser revisada. Países tan pobres como Níger y Malawi muestran tasas de remplazo poblacional negativas. En México, la zona primordial de despoblación es el mundo urbano, y la franja social con la mayor tendencia es la clase media baja. Es decir, una franja con expectativas muy definidas que la actual sociedad no puede satisfacer. El boom demográfico mexicano de los años 60 y 70 ocurrió en un orden en que el Estado cubría algunas de estas expectativas (educación, salud, alimentación), que hoy, después de la tormenta neoliberal, recaen exclusivamente sobre la individualidad de los padres y una estructura familiar cada día más precaria.

La incorporación masiva de la mujer a la fuerza de trabajo representa otro factor sustancial. Una joven de 20 años que trabaja 10 horas en una gasolinera y gasta tres horas diarias en transporte, en lo último que va a pensar es en tener más de un hijo. Pero el centro decisivo de esta tendencia poblacional tiene su origen probablemente en la crisis del orden familiar. La idea de la familia estable y nuclear es una entidad del pasado. El aumento en las tasas de divorcio, la posposición de la edad de matrimonio, la nueva cultura de “vivir solo” sitúan a las mujeres frente a una perspectiva inédita. La idea de tener hijos estaba ligada a afianzar y asegurar el orden familiar. Hoy, nada de esto está asegurado. Ninguna mujer tenderá a procrear si esta seguridad no está garantizada.

Por su parte, a los hombres les resulta cada día más difícil comprometerse. Sobre todo porque los costos para conservar un orden familiar recaen cada día más en su individualidad.

Sin duda, el actual sesgo apocalíptico que domina a la sociedad influye de alguna manera. ¿Traer hijos a un mundo en el que sólo les aguardan el crimen, la destrucción y la sobrexplotación?

Lo único cierto es que nos aguarda un mundo menos habitable y más agónico.