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No nos gusta que nos amenacen
C

onsternados, rabiosos, como diría el poeta. Así amanecimos el 3 de enero en Cuba con la noticia del ataque estadunidense a Venezuela, que costó la vida a casi un centenar de personas, entre ellas 32 combatientes cubanos que defendieron al presidente Nicolás Maduro en Fuerte Tiuna. Ni uno solo se entregó, pese a la superioridad del fuego invasor, las armas sónicas, los misiles y los drones. “Tuvieron que matarlos, porque no se rindieron”, se repite una y otra vez en nuestras calles.

El secretario de Guerra, Pete Hegseth, reconoció que los miembros de sus fuerzas especiales descendieron de los helicópteros en “medio de una lluvia de balas” disparadas por los cubanos, y Trump admitió, sorpresivamente, en una entrevista con Fox News, que los militares de la isla a quienes se enfrentaron “son muy duros, son buenos soldados”. A medida que se conocen detalles de lo ocurrido en la madrugada del primer sábado de enero, el dolor por la pérdida de los compañeros se ha traducido en una afirmación pública de soberanía, en desprecio por los invasores y en orgullo nacional.

Hoy llegan a La Habana los restos mortales de los militares y comenzarán los homenajes a los caídos, que estaban en Venezuela sin que ello implicara “pago” a Cuba por servicios de seguridad, como ha recordado el canciller Bruno Rodríguez Parrilla. En un mensaje publicado en X, dijo que la isla “no recibe ni ha recibido nunca compensación monetaria o material” por ese tipo de ayuda solicitada al gobierno, en contraste directo con Washington, que practica el “mercenarismo, el chantaje o la coerción militar” como forma de relación entre las naciones.

Muchos han recordado en estos días que el internacionalismo cubano ha sido política de Estado, pero también una causa popular. A pesar del lodo que ha tratado de echar sobre la colaboración médica cubana la gentuza que hoy administra el Departamento de Estado, más de 400 mil trabajadores de la salud han cumplido misiones en 160 países durante seis décadas. De esa práctica histórica nació la frase de Fidel Castro “multiplicar los médicos y no las bombas” para salvar al mundo.

Pero las bombas son música para los oídos de Donald Trump. Tras el ataque artero a Venezuela ha amenazado a Groenlandia, Colombia, México e Irán, a ciudades de Estados Unidos –Mineápolis, Portland y Chicago– y, por supuesto, a Cuba. En uno de sus comunicados le chilló al gobierno de La Habana: “No habrá más petróleo ni dinero para Cuba. ¡Cero! Lleguen a un acuerdo, antes de que sea demasiado tarde”. No fue un exabrupto, sino otra pieza de su método: desprecio hacia el otro, presión económica y, al final del camino, zarpazo militar.

Ese marco explica por qué el antimperialismo se reactiva con fuerza cuando la amenaza deja de ser abstracta. El corte del flujo energético venezolano, las presiones sobre México y la intención explícita de convertir el petróleo en instrumento de coerción contra Cuba han operado como catalizador en un país castigado hasta lo indecible. Pero en contextos así, la sociedad reordena prioridades: las críticas internas no se disuelven, pero tienden a subordinarse a una lógica de defensa nacional.

Para Trump y para el siniestro Marco Rubio, secretario de Estado, que ya puede decir –con toda propiedad– que tiene sangre cubana en sus manos, Cuba es un “Estado fallido”. La etiqueta les sirve para justificar excepcionalismos –bloqueos, sanciones, operaciones encubiertas–, pero resulta endeble cuando se contrasta con la evidencia histórica. Desde 1959, sucesivas administraciones estadunidenses han apostado por la asfixia económica o el aislamiento diplomático como vía rápida para una “solución” política en Cuba; ese desenlace no llegó. La historia de esa expectativa recurrente es, precisamente, la crónica de un fracaso.

Con las honras fúnebres vuelve a ponerse en juego, más que el futuro de Cuba o de Venezuela, una lección que las potencias aprenden y olvidan cíclicamente: ningún pueblo acepta de buen grado que otros decidan por él. La superioridad militar o económica puede imponer tutelajes con altos costos y espectáculos políticos, pero rara vez garantiza la victoria.

Un video donde aparece Fidel Castro se ha vuelto viral en estos días, como lengua franca de la vida pública y de las redes en Cuba. Es de 1980, cuando Ronald Reagan amenazaba al país que ya había pasado por una invasión, ataques terroristas, guerra bacteriológica y el sempiterno bloqueo: “No nos gusta que nos amenacen”, dice Fidel. “No nos gusta que traten de intimidarnos. No nos gusta... Además, nuestro pueblo hace tiempo que ha perdido ya la idea de lo que es el miedo”. Esperemos que entiendan los gringos que eso, exactamente, es lo que acaban de probar los cubanos en Venezuela.