Política
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De luto por Venezuela, una lección histórica de dignidad
N

o hay adjetivos suficientes para calificar a quienes aplauden la intervención armada del Imperio sanguinario en un país hermano. Me los ahorro aquí y los dejo para las redes sociales. También dejo el análisis sobre la incalificable, ilegal, brutal agresión a Venezuela. Así que mejor déjenme hacer lo que sé hacer: contar una historia que, creo, es ejemplar.

El general de división Victoriano Huerta Márquez había recibido la confianza del presidente legítimo de la República para enfrentar una situación preocupante pero ya controlada. Impulsado por el embajador de Estados Unidos, Huerta traicionó la palabra dada, aprehendió al presidente y al vicepresidente, y bajo amenaza a ellos y a sus familias, los obligó a renunciar. Al día siguiente, se hizo nombrar presidente por una Cámara de Diputados tomada por la soldadesca y amenazada por las bayonetas, y tres días después ordenó el asesinato a mansalva del presidente y el vicepresidente. Entre el 18 de febrero y el 7 de marzo hubo una orgía de sangre en la que se asesinó a más de mil ciudadanos. Perpetrados esos crímenes, instauró una dictadura militar. Huerta es el antecesor directo de Pinochet y Videla, y el más criminal e inenarrable de los tiranos de nuestra historia. Sin ambages.

Pero miles y miles de mexicanos reaccionaron y se levantaron en armas. Y en Estados Unidos hubo un cambio de gobierno, y el nuevo presidente, Woodrow Wilson, fue retirándole su apoyo. Entonces, Huerta buscó el respaldo de Gran Bretaña y Alemania. Y para evitar perder todas las concesiones que las empresas estadunidenses habían ganado durante el Porfiriato, Wilson ordenó que los infantes de marina ocuparan Veracruz y Tampico.

Mister Wilson justificó la acción argumentando que era en defensa de la libertad y la democracia ante una tiranía sangrienta, y del orden constitucional mexicano, representado por el jefe de la Revolución, Venustiano Carranza. Pero éste, en lugar de comportarse como una vulgar Corina Machado, dio una lección que los apátridas venezolanos y los miserables aspirantes a traidores que en México tenemos, ignoran desde su ambición, su odio y su ignorancia.

El 21 de abril de 1914, los infantes de marina desembarcaron en Veracruz. Por órdenes de Huerta, la guarnición abandonó la ciudad sin presentar combate, pero los cadetes de la Escuela Naval Militar y vecinos armados sí lo hicieron. Los poderosos acorazados anclados frente al puerto lo bombardearon, causando graves daños, y los marines avanzaron masacrando a los defensores, de los que se calcula murieron varios miles, por unos 300 invasores muertos. Wilson esperaba el respaldo de don Venustiano Carranza y nunca se esperó su respuesta.

El 22 de abril, Carranza envió una enérgica nota a Wilson señalando que no se agredía a un gobierno usurpador e ilegítimo, sino a la nación mexicana, y era un acto atentatorio contra nuestra soberanía, al que la nación sabría responder:

“Los actos propios de Victoriano Huerta nunca serán suficientes para envolver al pueblo mexicano en una guerra desastrosa con Estados Unidos, porque no hay solidaridad alguna entre el llamado gobierno de Victoriano Huerta y la nación mexicana... Mas la invasión de nuestro territorio, la permanencia de vuestras fuerzas en el Puerto de Veracruz, o la violación de los derechos que informan nuestra existencia como Estado soberano, libre e independiente, sí nos arrastraría a una guerra desigual, pero digna, que hasta hoy queremos evitar.”

Por lo tanto, para mantener la paz y amistad, invitaba a Estados Unidos a cesar sus actos hostiles y retirar las fuerzas que ocupaban Veracruz, pidiendo que buscara el arreglo de cualquier diferencia con el único gobierno legítimo de la nación, por él representado. La enérgica posición de Carranza se sustentaba en el nacionalismo, que era una de sus convicciones más profundas. Trataba también de adelantarse a la previsible reacción del gobierno de Huerta, que usaría (y usó) la invasión para mostrar a los constitucionalistas como lacayos de los estadunidenses y traidores a la patria.

A su vez, Pancho Villa, tras una primera declaración desafortunada, dejó ver que no toleraría que la invasión avanzara, y advirtió al enviado personal de Wilson que si eso pasaba, él entraría a Texas al frente de 25 mil soldados bien armados y fogueados. La amenaza no era vana, pues Estados Unidos tardaría semanas en reunir su poderío militar para enfrentar a un ejército así. Villa habría dicho a sus íntimos, en Ciudad Juárez, que luego de la invasión, era imposible pensar en “amistad y mutuo respeto” entre los dos países. Posiblemente esta reacción fuese real, aunque luego la atemperaran el propio Carranza y hombres de confianza de Villa.

Esa es la lección, canallas sin patria de allá y de aquí: ni siquiera ante un Victoriano Huerta se llama o se aplaude que el imperio yanqui profane con sus plantas nuestro suelo.