unca imaginé que la luz pudiera ser tan luminosa e intensa. No recuerdo haber visto tan definidos los contornos de las cosas como los veo ahora. Ni anteojos ni pupilentes me proporcionaron la vista tan nítida y tan penetrante como la tengo ahora. El milagro ocurrió a manos del doctor Sofiène Kallel, cirujano oftalmólogo, quien me operó los ojos para suprimir las cataratas crecientes que comenzaban a impedirme ver con claridad.
Ya hace algunos años había acompañado a Jacques Bellefroid al Centro Hospitalario Nacional de Oftalmología. Jacques ya no alcanzaba a distinguir la identidad de algún conocido al otro lado de la calle. Para trabajar en su computadora, se veía obligado a agrandar el volumen de los caracteres más de 50 por ciento. Pero Jacques era una de esas personas que niegan las enfermedades mientras pueden hacerlo y seguir llevando mal que bien la vida cotidiana. En el caso de la disminución de la visión, aparte del padecimiento inherente a la baja de vista, se corren muchos riesgos, tales como cruzar la calle y no ver a qué distancia viene un vehículo hacia donde pensamos atravesar al otro lado de la acera.
Irene Dumas, vecina y amiga, me describió con entusiasmo su operación de los ojos para suprimir las cataratas, en el Hospital de Oftalmología conocido como el Quinze-Vingts, nombre que le viene de una leyenda. El resultado de la multiplicación de 15 por 20 es 300, número de camas que tenía el hospital en un principio.
En el siglo XIII, Luis IX habría hecho construir este hospicio para socorrer a los 300 caballeros que los sarracenos hicieron prisioneros durante la séptima cruzada y cuyos ojos reventaron antes de ser liberados. Según Léon Le Grand, historiador del Quinze-Vingts, se trataría de una leyenda aparecida en el siglo XVI. En todo caso, el hospicio para socorrer a los ciegos fue fundado alrededor de 1260 por el rey San Luis de Francia.
Irene Dumas me dio además la excelente información de la gratuidad de las consultas y de las intervenciones quirúrgicas. Pedí la cita en el Quinze-Vingts y Jacques fue operado con éxito por el doctor Sofiène Kallel. Su asombro y su jubilación eran totales cuando salió de las operaciones. Por precaución, cada ojo es operado separadamente con un mes de distancia entre ambas intervenciones.
Así, cuando comencé a tener problemas de visión a causa de las insidiosas cataratas que iban creciendo en mis ojos, decidí hacerme operar por el doctor Kallel en el Quinze-Vingts. Mi único temor es a que este médico ya no ejerciera su profesión en el Hospital Nacional de Oftalmología y me viese obligada a buscarlo en algún hospital privado o a recurrir a un cirujano desconocido. Con suerte, el doctor Kallel seguía operando en este legendario centro médico.
Al igual que Jacques, las intervenciones se llevaron a cabo con un mes de separación entre ellas. El resultado me maravilló: era mejor de lo que me esperaba. Nunca soñé que pudiera verse con tanta nitidez ni que los colores pudieran ser más intensos. Como para preguntarse si la operación no logra perfeccionar la capacidad de la visión humana.
Además, no sé si se deba a mi buena suerte, veo perfectamente también de cerca. Puedo trabajar sin necesidad de anteojos, cosa que no ocurre a todo mundo después de la operación de cataratas. Jacques, por ejemplo, tuvo necesidad de usar lentes para leer y escribir. A Irene le ocurrió lo mismo: no puede leer sin anteojos.
Salgo a la calle para admirar el azul del cielo, los contornos de los edificios, el ramaje de los árboles, la nitidez de las sonrisas. Veo el mundo y su belleza con otros ojos. Así, me prometo larga visita al Museo de l’Orangerie para redescubrir Les Nymphéas, de Claude Monet, y admirar el estremecimiento de los nenúfares mecidos por el temblor del agua que pasa bajo el puente. Para escuchar el llanto de emoción que viene del fondo de la tela donde los sauces dejan caer sus lianas para abrazar con su beso los nenúfares.












